miércoles 3 de diciembre de 2008

NORAYES Y BOLARDOS


Para mi amigo, Roberto Suárez Prieto, sabio en norayes y bolardos


La bocana del puerto, hoy, está adornada de norayes; ayer eran sencillos postes o amarras para poder fincar en ellos los gruesos calabrotes que aseguraban los barcos al cai de muelle. Paseo por el “Muelle de Oriente” del Gijón del alma, en un día tan gris y frio como la memoria que me retrotrae a aquellos tiempos, ni siquiera tan antiguos, en los que este “Muelle de Oriente” era una variopinta mezcla de olores y colores, porque desde siempre había sido muelle de descarga de ultramarinos y carga de carbones, barbacana de alivio de un proceloso Cantábrico y feliz atracadero de “parejines” que venían a rular sus trabajosas cosechas marinas de singladuras eternas. Nada hay más entretenido, para el curioso fisgón del oficio ajeno, que ver la arboladura de un barco o, en su tiempo, ver volar los abarrotes sobre los estayes, sometidos al garete, camino a las umbrías bodegas.


Noray del Muelle de Oriente

El mar, la mar, todo lo que tiene que ver con ella está pletórico de palabras que le son propias, atesoran una jerga de mundo privado cuyo conocimiento lo hace a uno partícipe de sus vivencias. Mi compañero de paseo, los recuerdos de la infancia, me llevan a unos tiempos en que este muelle era bullicioso lugar representativo de la economía gijonesa, y representativo también de tantos y tantos hombres, “lobos de mar”, que por aquí cursaron. Pescadores de bajura, pero también de altura, lugar habitual y paradero de cazadores de ballenas y cachalotes, de cuyo recuerdo aún nos queda el gijonés “Tránsito de las ballenas” o “Cuesta del Cholo”, ahí mismo, cerca de la Rula, tránsito por el que, acabado el oficio, los marinos, se devolvían a su “Barrio alto”, Cimadevilla, la ciudadela romana, heroica y rebelde villa medieval, liberal villa burguesa, cerro inexpugnable de tiempos pasados. Supongo que, más bien, haya sido tránsito de los balleneros y no de las ballenas, que no me las podría yo imaginar trepar, aunque sea ligera cuesta del Cholo (hoy apercibida como cuesta del “porro”).

Recuerdo a su pie, en uno de los sitios más recogidos del nordeste de todo el Muelle, que era lugar predilecto de mareantes para poner las redes a secar y para componer las que, los avatares de la jornada, habían arranchado. Recuerdo rostros de adustos y curtidos mareantes, aquellos que tan bien pintó Moré, con la paciencia y la serenidad del hombre de mar que está en tierra firme, tejer trozos de red o acomodar relingas, en estas soleadas atarazanas donde comenzaba el “Tránsito de las ballenas”, oficio que manejaba cuerdas, mecates y cabuyas, oficio que es hermético en aquello de hacer nudos imposibles y que servía, también, para que el curioso paseante se recrease con la magia del mareante que manipula gazas, costuras, piñas, palletes, trenzados y cajetas. Y ha visto al mareante manejar sisal y cáñamo y yute y esparto y pita. Pero esto ya solo está en mi recuerdo, no hay atarazana si no hay mareantes.



Tránsito de las Ballenas y Cuesta del Cholo con “El Planeta



Cañón del siglo XVIII usado como bolardo


Los norayes se suceden unos a otros y siempre pensamos en quien fue el bárbaro que, en 1864, usó como bolardos férreos cañones del siglo XVIII empotrados en las rocas de cantería que formaban el cai de muelle. Algunos han sido recuperados y devueltos al complejo militar artillero llamado “Fuerte viejo” o “Casa de les pieces” y Batería del cerro de Santa Catalina, del siglo XVII, que defendía los accesos a la bocana. Pero la mayor parte siguen allí, inmutables al paso del tiempo excepto por la herrumbrosa capa de los óxidos que poco a poco los van carcomiendo, parecieran más bien un símbolo del pacifismo, allí empotrados boca abajo para disparos imposibles. Han visto pasar tantos y tantos barcos y han servido de sujeción de tantas atarrayas cuando en este puerto aún se podía encontrar esguila o adormilados pelones o carroñeras andaricas o tal vez de distraído apoyo al paseante gijonés habitual del Muelle.



Cañones del Siglo XVIII recuperados de ser usados como bolardos


Han pasado tantos oficios que hemos perdido sus jerigonzas, hemos perdido la jerga de mareantes como también hemos perdido la jerga de texeros o “tamargos”, la antigua “xíriga” del oriente asturiano, pero a mi me sigue cautivando la fuerza evocadora de sus palabras, vivimos en una lengua, vamos nombrando lo que nos es propio como si al nombrarlo no desapareciese jamás.

Ahí, en ese “Tránsito de las Ballenas”, contaba el Capitán Julián Ribot, el legendario lobo de mar del libro de Armando Palacio Valdés, “La alegría del Capitán Ribot”, que había comido los mejores callos de España en una tienda de vinos y comidas que él llamó “El Cometa”. Probablemente sea igualmente cierto hoy si lo hace en “El Planeta” (el sitio al que se refería) o en “El Mercante” o en “Las ballenas” pero, de lo que si estoy seguro es de que, el ambiente, los colores y los olores no serán los mismos. Ya no hay Rula y ya no hay gaviotas, no hay pescaderas de caja en la cabeza, solo hay recuerdos en el mismo marco de un día gris, lluvioso y frio, como la propia vida del que vive fuera de todo esto.

Y el pensativo caminante de este “Muelle de Oriente” está dulcemente melancólico, y, tristemente feliz, tal vez cavile junto con el Capitán Ribot en que un feliz final de vida sería cuando, evaluando nuestro pasado, la serenidad de la paz interior y el sentido armónico de nuestra vida podamos decir como él:


«Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta, no tendrá que llamar dos veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le diré, entregándole mi mano: 'He cumplido con mi deber y he vivido feliz. A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo. Aquí me tienes’»

“Fuerte viejo” o “Casa de les pieces” y Batería del cerro de Santa Catalina

martes 18 de noviembre de 2008

CUESTIONES HISTÓRICAS SOBRE PIZARRO


Francisco Pizarro


Uno de los más entretenidos libros sobre el Perú, tanto el precolombino como el virreinal y el republicano, es el libro “Cien tradiciones Peruanas” de Manuel Ricardo Palma Soriano

Ricardo Palma fue hijo de Pedro Palma Castañeda y de doña Guillermina Soriano Carrillo; nieto paterno de Juan de Dios Palma y de Manuela Castañeda. Nació en Lima el 7 de febrero de 1833. Desde joven tiene escarceos con la política desde el bando de los liberales, lo cual le lleva a participar en una conjura fallida contra el presidente Ramón Castilla que termina con su destierro a Chile durante tres años. La política le deparará los cargos de Cónsul del Perú, Senador por Loreto y funcionario del Ministerio de Guerra y Marina. Pero fueron las letras la actividad en la que destacó. Desde temprano empieza a escribir poesía y piezas teatrales, asimismo a realizar colaboraciones en periódicos del país. Tiene una gran presencia en la prensa satírica, en la que es un prolífico columnista y uno de los baluartes de la sátira política peruana del XIX. Empieza colaborando en la hoja satírica El Burro para ser posteriormente uno de los principales redactores de La Campana. Más delante funda la revista La Broma.

También es un colaborador asiduo de publicaciones serias como El Mercurio, El Correo, La Patria, El Liberal, Revista del Pacífico y Revista de Sud América. También actúa como corresponsal de periódicos extranjeros durante la Guerra del Pacífico. En (1872), se ve publicada la primera serie de su obra capital Tradiciones Peruanas.

Ricardo Palma Soriano
Lima 1833 – Miraflores 1919


A lo largo de su vida va publicando artículos históricos, trabajos de investigación como Anales de la Inquisición de Lima e incluso estudios lexicográficos sobre la variedad peruana del español.

El éxito cosechado por sus Tradiciones, y su incansable quehacer intelectual, lo convierten en una figura reconocida en vida, no solamente en su país, sino en todo el mundo de habla hispana, que lo acoge como uno de los escritores clásicos de prosa más amena del continente americano. Es miembro correspondiente de la Real Academia Española, la Real Academia de la Historia y de la Academia Peruana de la Lengua así como miembro honorífico de la Hispanic Society de Nueva York. En 1881 participa en la defensa de Miraflores durante la batalla de Miraflores del 15 de enero de 1881, en el Reducto Nº 2, al mando del coronel Ramón Ribeyro, donde las tropas invasoras luego de la batalla, incendiaron la ciudad incluyendo su casa. En 1883, es nombrado director y restaurador de la Biblioteca Nacional del Perú.

Contrajo matrimonio con Cristina Román Olivier; siendo padre de varios hijos. Su hijo Clemente Palma fue un destacado escritor, autor de cuentos fantásticos, generalmente de terror, influidos por Edgar Allan Poe. Su hija Angélica Palma fue una de las fundadoras del movimiento feminista peruano. Muere en la localidad limeña de Miraflores, en 1919.

Encantador escritor, Haya de la Torre dijo de él que era “Tradicionista pero no tradicionalista”, para José Carlos Mariátegui (Moquegua 1894-Lima 1930), el gran autor de “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, periodista, escritor y pensador socialista, Palma es “dueño de una burla que roe risueñamente el prestigio del Virreinato y el de la aristocracia”. Publicó entre 1872 y 1910 sucesivas series de “tradiciones peruanas”


José Carlos Mariátegui


Estas series nos hablan de relatos de la historia del Perú o relatos costumbristas muy al estilo de nuestro gran Mariano José de Larra, con mucho más valor literario que histórico dados los datos anecdóticos, las más de las veces, que llenan sus escritos y usando un lenguaje pletórico de refranes, proverbios y canciones y coplas.

En la cuarta serie, publicada en 1883,Ricardo Palma escribe “Tres cuestiones históricas sobre Pizarro”:



¿Supo o no supo escribir?
¿Fue o no fue Marqués de los Atavillos?
¿Cuál fue y dónde está su gonfalón de guerra?

I

¿SUPO O NO SUPO ESCRIBIR?



Casi todas las biografías, de mayor o menor extensión, lo mismo los opúsculos escritos sobre su vida, comienzan con los mismos juicios de valor sobre el analfabetismo de Francisco Pizarro. No podemos juzgar los niveles educativos de un castellano del siglo XV o del XVI a la luz de los conceptos que manejamos en el siglo XXI. Recordemos que a finales del siglo XV, cuando Cristóbal Colón comienza la larga andadura de convencer a alguien de que su empresa era factible, no hablaba ni portugués, ni castellano, su lengua materna era el genovés, que no era una lengua para ser escrita sino un dialecto hablado, lo cual dificultó enormemente la documentación escrita de sus requerimientos y explicaciones. Cuando Colón llega a Portugal era un, por decirlo de alguna manera, “analfabeto” en escritura. Será en Portugal, y posteriormente en Castilla, donde aprenderá a escribir los idiomas que aprendió a hablar, el portugués y el castellano, sobre todo este último pues el castellano estaba considerado como una “lengua educada”, incluso en el mismo Portugal. Su ortografía portuguesa, al escribir en castellano, hace presumir que aprendió primero el portugués que el castellano, si bien no nos han llegado manuscritos suyos en portugués. También aprendió a leer en latín porque era la lengua en la que estaban escritos la mayor parte de los manuscritos y este mismo idioma usaba para firmar los documentos cuando debajo de sus iniciales escribía “Xto Ferens”, que significa, traducido del latín, “el que lleva a Cristo”. Pero en la mayor parte de su vida fue un ágrafo completo.



Firma de Cristóbal Colón





Cristóbal Colón


En el siglo XV presenciaremos en Castilla el desarrollo de lo que se llamó Renacimiento en Italia y que nosotros, con nuestras propias particularidades llamaríamos Humanismo, que supuso un paso de gigante hacia la modernización de la sociedad en cuanto a la educación de las todas las clases sociales. Para 1450 ya existen en España 6 Universidades y ya se sabe que en todas las ciudades castellanas de más de dos mil habitantes ya había escuelas para la enseñanza del latín. La circunstancia histórica de la España Imperial condicionó la singularidad de un renacimiento cultural, de su desarrollo y evolución. Este periodo se caracteriza por un interés socio-político y económico de una burguesía incipiente. La cultura humanista preside la retórica de un discurso social en el que la felicidad del pueblo se supone debía provenir de la democratización cultural gracias a una lengua común, la lengua castellana.

Así nos describe, Antonio Martínez de Cala y Jarava (Lebrija, Sevilla 1441 — Alcalá de Henares, 5 de julio de 1522), más conocido como Elio Antonio de Nebrija, el nacimiento del castellano:



"La lengua castellana tuvo su niñez en los tiempos de los jueces y reyes de Castilla y León, y comenzó a mostrar sus fuerzas en tiempos del muy esclarecido y digno de toda la eternidad el rey Don Alfonso el Sabio, por cuyo mandato se escribieron las Siete palabras, la general Istoria, y fueron trasladados muchos libros del latín y arábigo en nuestra lengua castellana;... y así creció hasta la monarquía y paz de que gozamos"


Pero será en los tiempos del Humanismo en que, Elio Antonio de Nebrija, en el mismo año del descubrimiento de América, 1492, abre otro mundo de posibilidades al publicar la “Gramática de la Lengua Castellana” para el conocimiento de las letras entendidas estas como el arte de hablar y escribir correctamente. España vive un desarrollo cultural estrechamente unido a su evolución política. Queda reflejado que el desarrollo y evolución de una lengua implica y explica la historia cultural de los pueblos, su florecimiento o decadencia. Preguntado por Isabel la Católica sobre el sentido que tenía componer una gramática castellana, Nebrija destacó la importancia política de la lengua, y añadió:


“Una cosa hallo e saco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio”

Elio Antonio de Nebrija


El carácter unívoco de la lengua lo entendió perfectamente Elio Antonio de Nebrija al publicar en 1492 su famosísima “Gramática de la lengua castellana” (dividida en Ortografía, Prosodía, Etimología y Sintaxis). Este tratado tiene un contenido filosófico que llega mucho más allá de ser un sistema normativo para explicar las cosas con el mínimo de los recursos y principios. Dar cuenta de la realidad es una labor del lenguaje, así al fijar de modo uniforme las reglas de la comunicación verbal o escrita, en la diversidad de lenguas y modismos de la península es propender a la unión y a la cohesión. Esta será la argamasa que unirá a los pueblos hispanoamericanos y que forjará, al mismo tiempo, la fuerza política. Al mismo tiempo los trabajos de Francisco de Vitoria y de Luis Vives sentarán las bases humanísticas que serán el bagaje cultural que España transferirá a sus provincias americanas en un fenómeno de transculturización único en el mundo occidental.



Elio Antonio de Nebrija
explicando su Gramática


Pero no existía un sistema de educación popular de masas, solamente se educaba el que iba para letrado o para religioso. Estima el historiador e hispanista francés, Bernabé Bennassar, que entre 1540 y 1650 estaba alfabetizado un 90% de los nobles; y de las mujeres de la nobleza, aunque muchas sabían leer, no pocas no sabían escribir. Entre pequeños comerciantes, labradores y de otros oficios manuales estaba alfabetizado alrededor de un 40%. Y entre servidores domésticos, jornaleros y peones, prácticamente eran analfabetos el 100%, por lo que se puede estimar que a comienzos del siglo XVI eran analfabetos el 90% de la población. Tan es así que los primeros intentos de adoctrinamiento cristiano de la Iglesia con los catecismos del Padre Astete y del Padre Ripalda, a finales del XVI, contenían abecedarios para una primera ilustración y esta era práctica normal desde el siglo anterior.

Era de uso común, en la época de Isabel y Fernando, el nombramiento de ayudas de cámara con este encabezamiento:


«Y por cuanto vos, Hernándo Díaz de Rábaga, nos habéis probado no saber leer ni escribir y ser expedito en el manejo de la aguja, hemos venido en nombraros ayuda de nuestra real Cámara, ...»


Lo cual demuestra que el analfabetismo era bastante común en la época y que en nada desmerecía para poder acceder a un título.

Durante el siglo XV tenemos indicios de que en países como España y Francia ya se enseñaba a leer y escribir en lengua vernácula y no en las lenguas cultas como se tenían al latín y al griego. El desplazamiento es significativo en tanto se dejó el aprendizaje del latín para los estudios avanzados y se empezó a enseñar la lectura y la escritura en la lengua materna. En la Europa del siglo XVI existían preceptores de escritura quienes recibían a los alumnos en su casa o bien, acudían al domicilio de éstos. En esencia eran "particulares" –aunque en ocasiones organizados en gremios– que tenían cierta autonomía con respecto a las autoridades municipales y religiosas. En algunas regiones hubo preceptores itinerantes que recorrían pueblos y pequeñas comunidades ofreciendo sus servicios, pero era esta una práctica que solo se usaba en las altas clases dominantes, no era propia de siervos ni de señores de la guerra, la instrucción general podemos decir que estaba en sus comienzos en el siglo XVI. Y esta práctica de la instrucción será llevada, posteriormente, a las provincias americanas, específicamente en la Nueva España y en la Nueva Granada, con la novedad introducida, sobre todo por los Jesuitas, de enseñar el catecismo en lengua nativa.



Madonna de los Reyes Católicos, c. 1495


No es de extrañar pues que, Francisco Pizarro, un porquerizo de Extremadura, hijo natural de un alférez de los Reyes de Castilla y Aragón, Gonzalo Pizarro apodado “el largo”, y de una campesina y doncella de servir de Beatriz Pizarro, Francisca González Mateos, y que después habría de dedicarse a la guerra siguiendo a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, fuese analfabeto.

En el contrato que se firma en Panamá en Mayo de 1524 entre los capitanes Francisco Pizarro y Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque (testaferro de Gaspar de Espinosa proveedor de los fondos de la expedición), se deja constancia del analfabetismo de Pizarro y de Almagro:



“Y porque no saben firmar el dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, firmaron por ellos en el registro de esta carta Juan del Panés y Álvaro del Quito”



El cronista vallisoletano Agustín de Zárate (1514-1560) fue durante quince años contador del Consejo de Castilla y en 1543 fue nombrado contador de mercedes para el Virreinato del Perú y Tierra Firme. En 1544 va con la expedición de Blasco Núñez de Vela al Virreinato del Perú. Estando en este puesto la Audiencia de Lima le nombró como negociador entre los encomenderos, que estaban al mando de Gonzalo Pizarro y el Virrey. En el transcurso de las negociaciones fue hecho preso por Gonzalo Pizarro. En 1545 volvió a Castilla donde tuvo que enfrentar cargos por traición. En la corte y por encargo del Príncipe de Asturias, el futuro Felipe II, escribió una historia y descubrimiento del Perú, que narraba tanto la conquista por parte española como acontecimientos anteriores, teniendo como límite cronológico la muerte de Gonzalo Pizarro.



Firma autógrafa de Agustín de Zárate


En ese texto, que recibió como primer título “Historia y descubrimiento del Perú”, afirma que Pizarro solo sabía hacer dos rúbricas y así lo constató Ricardo Palma en la Biblioteca de Lima donde vio varios manuscritos con estas dos rúbricas y en alguno de ellos también vio que entre las dos rúbricas alguien, tal vez el secretario, había escrito “El marques Francisco Pizarro”. La rúbrica escribía:



Supuesta firma de Francisco Pizarro



Hay otros textos rubricados en varios archivos limeños y en el Archivo General de Indias donde Ricardo Palma asegura que la rúbrica que aparece tiene las mismas características caligráficas que las del amanuense que escribió el documento. De todos modos la disquisición sobre la veracidad o no de la rúbrica no necesariamente nos atestigua que supiese escribir más allá de eso, y lo que sí es definitivo es que no disponemos de ningún texto escrito atribuido a su mano mas allá de las posibles rúbricas antes dichas.





Su firma autógrafa de puño y letra,
estampada en el Acta de Fundación de Lima,
fechada el lunes xviij del mes de henero de el dicho año (1535)


En una bula papal del siglo XVI que se conserva en el Archivo General de la Nación del Perú aparece una supuesta firma de Pizarro. Y en otro documento llamado Protocolo Ambulante de los Conquistadores”, que data de 1533, considerado como el más antiguo del que tengamos noticia se guardan todas las escrituras sobre la repartición de tierras, de ganado, y se detalla que fueron aprobadas por Francisco Pizarro, quien estampó su propia firma. Según versiones, el conquistador era considerado analfabeto, pero sin embargo su firma –para darle valor a las escrituras– permanece impresa en las adquisiciones que se hacían y que quedaban inscritas en dicho libro, como por ejemplo la compra-venta de ganado vacuno signada con el número 191, considerada la más antigua.

De todos los libros referidos a su biografía o referidos a la conquista y descripción del Perú, no hay ni uno solo que mencione algún escrito o que mencionase que Pizarro estuviese alfabetizado. El historiador francés Bernard Lavallé, que ha escrito la biografía definitiva de Francisco Pizarro, también certifica el analfabetismo de Pizarro. Como todos los historiadores anteriores se afirma solamente esto pero no se hace una evaluación del significado del analfabetismo en su época y a veces pareciera que se quisiese valorar este dato a los ojos del tiempo presente como minusvalorando al personaje. Otro escritor peruano, Roberto Barletta Villarán, en una reciente biografía del conquistador también afirma su analfabetismo pero en estos términos:



“Una de las grandes virtudes de Pizarro, fue la de aprender lo más destacado de todos aquellos que fueran sus jefes. A pesar que toda su vida fue un analfabeto, se mimetizaba con ellos”

martes 7 de octubre de 2008

AUGE Y CAÍDA DE CIVILIZACIONES


Manto Paracas
Cultura Paracas
(200 AC-50 DC)



La historia de la humanidad es la historia de las sucesivas transculturizaciones, la historia es el relato del nacimiento de las culturas, su crecimiento, auge y decadencia de las mismas y su conquista por otras culturas más preparadas que las anteriores. La mayor parte de los relatos de la historia se ciñen a las más variopintas explicaciones de la decadencia de las culturas y de cuáles fueron los elementos determinantes de sus caídas y de sus extinciones. Y consideraremos cultura a lo que define el escritor y filósofo español, Santiago Alba Rico, al decir que una cultura es:


“…un conjunto de valores, creencias y reglas idiosincrásicas (la paideia de un grupo social) por oposición a las de otros grupos o comunidades humanas”

La historia de las culturas precolombinas es el gran libro abierto por el que podemos leer todas y cada una de las teorías históricas que explican el auge y caída de las civilizaciones. Se suele enaltecer en Hispanoamérica los grandes logros de la civilización incaica en contraposición de la destrucción efectuada por los españoles a partir de 1532. Un capítulo más de la famosa leyenda negra que no hay que desmayar en seguir desmintiendo .

Uno de los escritores más conocidos sobre el tema de la decadencia de las civilizaciones, Oswaldo Splenger, en su conocido libro “La decadencia de Occidente”, (Der Untergang des Abendlandes) vaticina el fin de la cultura occidental y de alguna manera cree que la siguiente civilización que la sustituirá será una civilización centrada en Latinoamerica. Si eso fuese así pareciera que se estaría cerrando un ciclo de casi tres mil años, si tomamos en cuenta que el auge de la civilización occidental nace en Grecia por los mismo años en que las grandes culturas americanas, precolombinas y más aún pre incas, auguraban en América una civilización que alcanzaría cotas similares a las de occidente, las grandes civilizaciones americanas de Caral, de Chavín de Huantar, Lima, Ismhay, Paracas, Wari, Chimú y Mochica que se extendería hasta el siglo XVI con los Incas.

Sobre estas mismas ideas abundó el Conde de Keyserling y fueron muy debatidas por los intelectuales del siglo XX y usadas profusamente para darle un nuevo realce a las conquistas políticas y militares conseguidas en el siglo XIX por la emancipación de España de los antiguos Virreinatos. Cuando estas ideas son llevadas a su paroxismo nos encontramos con la excesiva exaltación de las ideas indigenistas, sobre todo en aquellos países que tenían una historia antigua de grandes civilizaciones desde los años 2000 AC hasta el 1532 DC y tratan de encontrar en esas civilizaciones las explicaciones a los problemas del presente y las soluciones de cara al futuro.

Ciudadela y Wayna Pichu
Civilización Inca
(1440 DC-1532 DC)


Oswald Spengler supone que las culturas, al igual que los seres vivos, nacen y se desarrollan obedeciendo a un destino, llegan a su plenitud, decaen y mueren. Los hombres no ponen para ello ninguna iniciativa inteligente de su parte. La cultura es una gracia que llega de manera inesperada, un privilegio que se da casi milagrosamente. No les toca a los pueblos sino aguardar su prodigioso advenimiento. Es posible que no haya un camino inductivo hacia el auge en una cultura, pero lo que sí es evidente es la directa influencia de los mismos pueblos en sus propias decadencias y destrucciones. Las culturas que las sustituyen solo aprovechan las debilidades ajenas en el ejercicio de las fortalezas propias. La convivencia forzada o amistosa, con otras culturas, hará el resto.

La fase de “civilización” se caracteriza por drásticos conflictos sociales, movimientos de masas, continuas guerras y constantes crisis. Todo ello conjuntamente con el crecimiento de grandes “megalópolis”, vale decir: enormes centros urbanos y suburbanos que absorben la vitalidad, el intelecto, la fuerza y el espíritu de la periferia circundante. Los habitantes de estas aglomeraciones urbanas, comprendiendo al grueso de la población, se convierten en una masa desarraigada, desalmada, descreída y materialista, sin más apetitos que el pan y el circo instrumentados para mantenerla medianamente conforme.

Para Arnold Toynbee la cultura, o la civilización, es la totalidad de relaciones entre individuos, conservando su capacidad de iniciativa y cierto grado de libertad. Una civilización no es más que el resultado de la respuesta que un grupo humano plantea a los desafíos a los que se enfrenta, bien sean ellos naturales o sociales. No se pueden reconocer factores que determinen necesariamente la génesis y desarrollo de las civilizaciones, pero esto no significa que la acción de los hombres en la historia sea absolutamente libre y cree firmemente en la gran influencia de la religión en el transcurso de las civilizaciones y no en el determinismo.

Reconstrucción de un enterramiento
de la cultura Moche



El crecimiento de una civilización exige sucesivas respuestas creativas por parte de personas o comunidades que ofrezcan soluciones a los problemas que surgen. Las civilizaciones evolucionan haciéndose cada vez más complejas en sí mismas, y diferentes del resto de sus compañeras, a medida que van superando los distintos desafíos que se le oponen durante su crecimiento. Sin embargo, la respuesta que le otorga una civilización a un problema determinado acarrea consigo una autosatisfacción que resulta peligrosa para la misma. De hecho, observa Toynbee, no se da el caso de que cada desafío sucesivo sea respondido por la misma minoría creadora que resolvió el anterior, debido a que la antigua minoría creadora sucumbe a su propia autosuficiencia.

Chavín de Huántar
Cultura Chavín
(2100 AC-200 AC)

A este concepto de la evolución de las civilizaciones se le conoce como “némesis de la creatividad” y trata de explicar el por qué del colapso y muerte de las civilizaciones. Toynbee usa la palabra “némesis” extraída de la mitología griega. Némesis era la diosa Ramnussia, la diosa de la justicia retributiva, la venganza y la fortuna. También se considera que era la diosa griega que medía la felicidad y la desdicha de los mortales, a quienes solía ocasionar crueles pérdidas cuando habían sido favorecidos en demasía por la Fortuna. No es difícil entender por qué Toynbee uso el concepto de “némesis creativa”.

Pero esta némesis creativa puede darse de dos formas, una pasiva o “hybris” (confianza desmedida en uno mismo), por la cual las civilizaciones, después de alcanzar sus máximos creativos se abandonan en la autoconfianza y se duermen en sus laureles provocando la hipertrofia de sus estructuras sociales cuando se suplantan las partes por el todo, también se la llama idolización de la solución obtenida.

Se considera la existencia de una némesis creativa activa cuando, por el contrario de la pasiva en la que nada se hace, en esta es la hiperactividad llevada al frenesí. Por esta némesis, por ejemplo, el militarismo que ayudó a construir el Imperio Romano, fue la causa por la que el mismo colapsó, lo mismo que le ocurrió al Imperio Carolingio y al Asirio. Toynbee también nos propone el ejemplo de la Iglesia Católica que fue exitosa en la famosa querella de las Investiduras con el papa Gregorio VII pero que después de eso llevó a los excesos que desembocaron en la gran reforma protestante de Martín Lutero.

De un modo u otro, el agotamiento del poder creador es el que determina la decadencia de una civilización, cuando un grupo minoritario no es capaz de ofrecer nuevas soluciones a los nuevos problemas planteados. Cuando esto se presenta, la civilización puede adoptar alguno de estos caminos: la adaptación gradual, la revolución o la monstruosidad social. Y muchas veces esto sucede en un cortísimo tiempo, digamos que el tiempo es menor cuanto más modernas son las “civilizaciones”.

En la adaptación gradual una civilización se va adaptando a la nueva, solapándose con ella, tomando de ella lo que la satisface y abandonando de la propia lo que no le sirve. La civilización que podríamos llamar Hispanoamericana es un clásico ejemplo de adaptación pacífica, la transculturización se logró sin mayores luchas sociales. Recordemos la comparación entre los siglos XVI al XVIII por las guerras sucedidas en Europa y en América. No cabe ninguna duda que las guerras de religión en la Europa de los siglos XVI al XVIII o las guerras entre nacientes estados y consolidación de fronteras entre ellas desangró a Europa en luchas de las cuales aún se conservan consecuencias. Compárenlo con la vida apacible de la España Americana, que no otra cosa fue para nosotros, no colonia, sino extensión de la propia España como así después lo recogería la constitución gaditana de 1812.

Los árabes invaden el imperio visigodo de Rodrigo y lo derrotan y muere en la batalla del Río Guadalete en julio de 711. A partir de ahí avanzan sobre el resto de la península sin mayores enfrentamientos, ocupan todo el norte e incluso avanzan hacia el reino de los Francos atravesando los Pirineos y no se registran mayores enfrentamientos que la batalla de Covadonga, en Asturias, en el 718 que permite recuperar parte del dominio de las tierras del norte pero solo hasta León. En muchísimos casos hubo convivencia pacífica por adaptación o por sumisión con tratados como el que firmó del señor Todmir con los árabes, pacto que recibía el nombre de “adh” por el que, a través de un tributo, se respetaba la autoridad feudal del señor. Este tipo de pacto fue muy usual en los primeros siglos de la presencia árabe en la península ibérica y permitía la convivencia pacífica de ambos pueblos.

Casi trescientos años después la convivencia de ambas culturas, la astur-leonesa depositaria de la cultura visigótica y la musulmana en una convivencia mucho más honda de la que estamos acostumbrados a imaginar. Finalizando el siglo X, doscientos años después de la primera invasión árabe, los Reyes de León y de Navarra le conceden, al invicto Almanzor, a sus hijas como esposas. El Rey Alfonso VI, el Rey de quien “en buen hora ciñó espada”, Mío Sidi (Mío Cid), tuvo su único hijo varón, y descendiente legitimo, con Zaida, una princesa mora, a pesar de estar casado con Constanza de Francia. El rey de la dinastía abadita, y poeta, de Sevilla, Muhammad ibn Abbad Al Mutamid (Al Motamid) (paria de Alfonso VI) era un rubio que desmentía su pasado bereber por ser hijo de una esclava cristiana. El mestizaje árabe cristiano comenzó desde los primeros días del siglo VIII.


Alfonso VI


La cultura árabe impregnaba toda la sociedad cristiana donde era común el leer y escribir el árabe. En el siglo XIII, un mallorquín, Ramon Llull, escribe su famoso “Libro del gentil y los tres sabios” en árabe; posteriormente sería traducido al catalán, al castellano y al latín.

Toda esta transculturización se hizo de modo gradual y pacífico en su mayor parte. Los enfrentamientos y batallas tenían más que ver con disputas por tributos o por parias. La religión musulmana con su alto grado de tolerancia permitió la convivencia, más o menos pacífica, de las tres religiones, y por tanto las tres culturas, la cristiana, la árabe y la judía. Toledo será el ejemplo para la historia de la convivencia e interrelación pacífica de tres culturas, tres pueblos, tres poderes.

¿Fueron los árabes destructores de la cultura visigótica? No deja de ser una visión maniquea identificar, subjetivamente, a los malos y los buenos en las transculturizaciones por ser malas las culturas que se sobrepone a las buenas culturas que se dejan morir.

El solapamiento de las civilizaciones americanas con la cultura occidental, liderizada por Castilla, se produjo en todos los campos de la acción del hombre, creando no solo un mestizaje de razas sino un mestizaje cultural que alumbraría obras maestras en todas las artes, la música, la pintura, la arquitectura, la literatura, etc. En religión también asistimos a un mestizaje curioso que denominamos sincretismo y del cual tenemos manifestaciones en todas las ramas del arte, como las bellísimas imágenes de las vírgenes cusqueñas, pintadas por anónimas manos mestizas o indias que pintaban mantos de vírgenes como si fuesen sus adorados “apus”, las montañas que albergaban a sus dioses tutelares. O esos famosísimos Niños Jesús Incas, ataviados con mantos de inspiración cristiana, pero coronados con un inconfundible signo del poder imperial del inca como la “mascaipacha”, la corona imperial del Inca. O como el haber sustituido la fiesta inca del Inti Raimi, del equinoccio de verano austral, por la fiesta del Corpus (aunque no coincida con la fiesta europea). En el Inti Raimi los incas paseaban en procesión a sus momias sagradas y en Corpus paseaban las estatuas de los santos de la nueva religión. Puro sincretismo.



Ntra. Sra. de Belén
(Escuela cusqueña, siglo XVII)



Niño Jesús con mascaipacha inca


Otra forma gradual de adaptación es la que se da en Inglaterra a partir del siglo XVII en su camino desde una monarquía autoritaria hacia un estado democrático y social, luchas por las que batalló Oliver Cronwell pero que, en general, podemos considerar de transición gradual y pacífica.

Otro camino es el camino de la revolución. Es el camino por el que, por la vía de la fuerza, y de modo expedito, se transforman las estructuras sociales y culturales a las que se han opuesto el pequeño grupo que dirige la civilización. La Revolución Francesa de 1789 obtiene de modo sangriento los mismos resultados que obtuvo la inglesa con la adaptación gradual.



Santiago Mataindios
Retablo Cusqueño

El otro camino es el de la monstruosidad social por el cual la misma minoría dominante ha perdido su poder creador y además impide cualquier tipo de cambio social. Al perder el encanto de su poder creador, la minoría dirigente, no le queda más remedio que imponer el poder por métodos militares y policíacos. A este poder se le puede oponer una nueva minoría que al no poder dirigir sus esfuerzos a la sociedad general se dedica a la creación de salvadores de las sociedades, en forma de espadones, por ejemplo, o en forma de nuevos dioses encarnados.

Podemos creer que estamos en presencia del crecimiento o del auge de una civilización, pero difícilmente visualizamos su etapa de decadencia. Suele manifestarse la decadencia por la presencia de limes, límites fronterizos, o fronteras. En estos limes de bulliciosa actividad social y económica en que, si del otro lado había una sociedad amistosa, se favorecía el intercambio de todo tipo, social, económico, etc. Pero, si del otro lado había otra civilización competitiva, o no amistosa, esta va tomando de la civilización más avanzada todo lo bueno que ella tenga y que suma a su potencial creador, con lo cual del contacto de las dos se contribuye al agotamiento de una de ellas, la no creadora.

Otras veces estas sociedades en decadencia producen una gran religión una religión ecuménica. Esta puede ser una consecuencia de ella que la mate como si fuese un cáncer o que trascienda de ella a un nivel superior por la que entonces las civilizaciones se consideren una regresión de estas religiones.

Así han fluido las civilizaciones sudamericanas desde la cultura más antigua de América, Caral, a la más moderna, la Inca. En esas transiciones se conjugaron todos los elementos que produjeron sus auges y sus caídas. Nos deslumbran hoy las cotas alcanzadas en desarrollo humano y social, pero apenas estamos comenzando a entender sus decadencias, apenas estamos comprendiendo los muchos factores que actuaron en cada uno de los casos, apenas estamos comenzando a entender qué factores internos y externos fueron significativos en sus destrucciones.



Ciudadela de Caral
Cultura Caral
(2600 AC-2200 AC)


Pero lo que si podemos saber con certeza es que no existen civilizaciones ejecutoras de otras civilizaciones, como diversas leyendas negras se han usado en el pasado, y se siguen usando en el precario presente para justificar incoherencias e incompetencias actuales. No se puede transferir más al pasado los errores del presente y menos para denostar transferencias culturales que hoy son la base más importante de la civilización actual.

Y así han fluido las civilizaciones de las cuales España, o las Españas, es uno de los más preclaros ejemplos. Mal podríamos hoy, a casi la misma distancia en el tiempo de la dominación árabe de Iberia, proferir barbaridades xenofóbicas por una civilización como la árabe que nos legó tantas palabras, usos, costumbres y oficios o conjuntos arquitectónicos, hitos de la humanidad, como la Alhambra de Granada.

¿Alguien podría hoy recordar con ira el paso de los árabes, por casi 800 años, por la península Ibérica? Pues de esos tiempos a los de la presencia hispana en América, sucedieron las mismas cosas y casi que por las mismas razones. Como dijo el historiador Eduardo Arcila Farías, citado por Elías Pino Iturrieta en un reciente y lúcido artículo titulado “La leyenda negra”, en su ensayo “La colonización comparada”:



“…la hegemonía de los españoles en ultramar no consistió en la ejecución de un aplastamiento sin contemplaciones sino en la adaptación de una cultura provista de recursos sobre otra que carecía de elementos para salir airosa en la confrontación”



O también, como bien escribe el arquitecto e historiador Ecuatoriano, Oswaldo Páez Barrera:



“...consideramos que entre las grandes riquezas que aportó a la humanidad el Nuevo Mundo, están los mestizajes culturales que aquí se produjeron y continúan produciéndose. Las comunidades originarias de la región andina fueron impelidas, a partir del siglo XVI, a un proceso que en lo cultural dio y recibió información, proceso que no ha terminado y va en aumento. Por encima y por debajo de las violencias y exacciones terribles del coloniaje, del neocoloniaje y el imperialismo, dicho proceso permitió en nuestro caso que lo cultural indígena sobreviviera y hoy, se asome al mundo como parte de las subjetividades de los nuevos sujetos de la multitud mestizada y por tanto, con posibilidades de alcanzar una sociedad mundializada y humanizada.

...Es claro que la matriz fundamental de la sociedad ecuatoriana moderna, son las comunidades indígenas, andinas en primer lugar, las africanas, las costeñas y amazónicas originarias. Pero también, las “indígenas” andaluzas, castellanas, gallegas, vascas…, que trajeron sus raíces árabes, celtíberas y quién sabe qué otras más, dado que por las tierras del Quijote han pasado “indígenas” de toda Europa y no digamos, del Magreb. Pero, a partir de esas matrices y luego de siglos de contacto, nuestra sociedad actual no es ninguna de ellas y es todas ellas a la vez “



La historia de las civilizaciones, la historia misma es un continuo fluir. La historia de las civilizaciones, al igual que en la filosofía de Heráclito de Éfeso:


“Panta rei"
(πάντα ρει)
“Nada es, todo fluye”



lunes 1 de septiembre de 2008

POR TIERRAS DE TRUJILLO DE NUEVA CASTILLA, WARIS Y CHIMÚS


ESCUDO DE ARMAS DE TRUXILLO DE NUEVA CASTILLA


A Diego de Almagro, el viejo, las tierras aledañas tal vez le evocasen sus natales tierras manchegas de Almagro, donde nació en 1475, si bien el apacible clima de este valle peruano debía diferir de las extremas condiciones climáticas de la lejana Mancha, pero las tierras desérticas, cercanas al valle, eran las mismas que las que recordaba de su ya lejana niñez. El valle era, evidentemente, un vergel en el que habían florecido las más hermosas culturas precolombinas anteriores a los Incas. El esplendor del oasis que produce el río Moche en todo este feraz valle lo ha hecho ser centro de varias culturas: La Cupisnique, La Salinar, la Virú, la Moche o Mochica y la Chimú.




Diego de Almagro
(Almagro 1475-Cusco 1538)

En 1532, Francisco Pizarro y Diego de Almagro, el viejo, están en Tumbes y en el mes de mayo emprenden el viaje hacia el sur, hacia las tierras que habían oído nombrar como Virú, o Pirú. El descenso al sur se realizó por la árida costa con las tropas a su mando y al de su hermano Hernando Pizarro. A su paso las comunidades indígenas les proveían de provisiones e incluso uno de los jefes indios, en Poechos, en el valle de Chira, el curaca, le entregó a Pizarro a uno de sus sobrinos, a quien Pizarro bautizó con el nombre de Martinillo de Poechos y que sería unos de los famosos intérpretes, junto con el Padre Valverde, de los sucesos posteriores en Caxamarca. El 15 de agosto Pizarro fundará la primera ciudad en Perú, San Miguel de Piura, bajo la advocación de San Miguel Arcángel y, en el cercano y pequeño pueblo costero de Colán, se edificó la primera iglesia del Perú, la de San Lucas, fundada en 1536 por los Dominicos sobre un conchal.


San Lucas de Colán (1536)
Primera Iglesia en el Perú


A partir de Piura una columna marcha hacia la Sierra, hacia los Andes, al mando de Hernando y otra, al mando de Pizarro y Almagro se dirige nuevamente hacia el sur cruzando agónicamente el más grande los desiertos peruanos, el de Sechura. Para el mes de noviembre ya están a la altura del valle de Saña, subiendo hacia Cajamarca, en un cambio de rumbo para seguir los rastros de una persona de la que oían hablar de continuo a los indígenas, Atahualpa. El 16 de Noviembre tienen lugar los sucesos de Cajamarca con el apresamiento del Inca. Pizarro y sus tropas se quedaran en Cajamarca hasta agosto de 1533 en que parte rumbo al ombligo del imperio inca, a la imperial ciudad de Qotsco (ombligo en quéchua), Cusco, El Cuzco, a través de uno de los afamados caminos incas. En abril de 1534 Pizarro sale de Cuzco, después de haber dejado en el trono al nuevo Inca, Manco Inca Yupanqui, siguiendo la ruta de Huamachuco, Callejón de Huaylas y Tarma para fundar la legendaria capital Jauja, una ciudad centrada en un rico y extenso valle, el Mantaro, feraz y frondoso, lleno de buenas perspectivas y garante de ricas encomiendas. Tanta bondad ofrecían estas ricas tierras que a la tierra que, en conjunto, ofrece tantas riquezas y felicidad y abundancia y prosperidad, se la conoce en nuestro castellano como Tierra de Jauja. Esta primera Capital del Perú, Jauja, será también la primera ciudad fundada por Pizarro con todo el ceremonial de estilo y con las disposiciones planimétricas que serían después aplicadas en Lima. Una plaza cuadrada al centro con su picota de la cual partían calles en forma de damero al estilo de las ciudades romanas mejoradas por los estudios del renacimiento.

Completada esta primera fundación Francisco Pizarro, nuevamente, se pone en camino hacia el sur que lo llevará a que el 18 de febrero de 1535 funde la ciudad de Los Reyes de Lima, alrededor del río Rímac, y en las cercanías del Valle de Lurín que acogía el sagrado sitio de culto y peregrinación de Pachacámac para varias culturas anteriores a la última, la Inca. La fundación de la Plaza Mayor se hace, curiosamente, al interior, alejada unos kilómetros de la, posiblemente inhóspita costa marina del Pacífico.



Plano de la Ciudad de Truxillo del Perú en el siglo XVIII

Y camino opuesto lleva Diego de Almagro que se dirige hacia la costa pero rumbo al norte. Al encontrarse con el fértil valle del Rio Moche descubre las bondades de la tierra y su clima y la cercanía al mar y funda una ciudad, el 6 de diciembre de 1534, a la que le pone el nombre de Ciudad de Truxillo de Nueva Castilla, en homenaje a la tierra natal de Francisco Pizarro. La ciudad se funda con la plaza mayor y un sistema en damero de distribución de solares, que aún permanece y que se debió a la hábil mano del riojano Capitán Don Martín de Estete. Se dice que, en un primer trazado, tenía 24 manzanas de casas. Como Teniente Gobernador, Martín de Estete nombró como primeros alcaldes a Rodrigo Lozano y Blas de Atienza, dos de los 31 vecinos fundadores. Francisco Pizarro, luego de fundar la ciudad de Lima, el 18 de enero de 1535, arribó para perfeccionar la fundación de Trujillo, nombre extremeño de su añorada tierra natal, bajo el patronato del apóstol Santiago, el 1 de marzo de 1535. La llevó solemnemente el 5 de marzo de 1535.



Plaza de Armas de Trujillo (foto AEB)


Como también sucedió con la ciudad de Lima, Trujillo se funda alejada de la costa unos cuatro kilómetros, lo cual no deja de llamarnos la atención ya que incluso, en este caso de Trujillo, la costa es un buen puerto natural, hoy encantador lugar llamado Huanchaco, famoso por sus pequeñas embarcaciones de pesca hechas de “totora” que reciben el nombre de “caballitos”. Tal vez fuese que en los tiempos de la Fundación de la ciudad los efectos devastadores del fenómeno climático llamado “El niño” asolasen la inmediatez de la costa.


Caballitos de Totora
Playa de Huanchaco (Trujillo) (foto AEB)

La ciudad de Trujillo se amuralló en el siglo XVII para poder ser efectivamente defendida de piratas y filibusteros. Por cierto que este amurallamiento se hizo siguiendo un diseño que Leonardo da Vinci había hecho para la ciudad de Firenze y con unos materiales que estaban a mano en un sitio cercano, como veremos posteriormente, 100.000 ladrillos de adobe.

Trujillo cobró especial importancia al estar a medio camino, en la costa, entre Lima y Piura y por el puerto de Huanchaco que recibía los barcos que venían de Panamá con escala en Piura. Fue tal el auge que cobró la ciudad que pronto fue sede de un Corregimiento que es uno de los primeros sistemas de administración, vínculo del poder real entre el Rey y las ciudades con actividades y funciones en actividades civiles y penales, obras civiles, sanidad, mercados y abastos e incluso militares.

Pero todo esto que se empezó a formar por la transculturización castellana a partir de las fundaciones del siglo XVI, desde cuando solamente eran las tierras de la Gobernación de Nueva Castilla hasta llegar a los años finales del Virreinato del Perú, no había comenzado en unas tierras yermas e infértiles, sin vestigios de una cultura anterior. En efecto, al llegar los castellanos al reino del Virú en 1532, en estas tierras trujillanas Diego Almagro debió encontrar las entonces, supongo que bien conservadas, increíbles extensiones de una ciudad hecha enteramente de barro ya que al ser toda esta zona tan seca, usar el barro como material de construcción garantizaba la longevidad de lo construido por sus especiales resistencias plásticas ante los movimientos sísmicos y la durabilidad ante la climatología.

Cuando los castellanos llegaron a estas tierras es posible que no encontrasen rastros de la presencia Inca, como no los hay hoy día. A pesar de que los Incas dominaban en su imperio hasta casi la actual Colombia no hay mayores rastros de su cultura en forma de edificios o templos. Los Incas se sobrepusieron en Pachacamac sobre los templos de las culturas Lima, Wari e Ishmay y así debieron hacer con el resto de las culturas anteriores que sojuzgaron. Atrás en el tiempo y olvidadas quedaron las antiguas ciudades o lugares de culto de Caral que existió entre los años 3000 al 1800 AC, o de Chavín de Huantar que floreció entre los años 1000 AC hasta el 300 DC y la precursora Wari que vivió entre el año 500 y el 1200 DC y que le enseñó a los incas a hacer caminos y templos en pirámide.



Cerámica Wari


los incas se superpusieron a estas milenarias culturas aprovechando lo que de ellas les era útil e introduciendo y solapando las suyas propias en una feliz amalgama que es la transculturización histórica. Los incas recibirán de los Wari el conocimiento de la producción agrícola en extensión, con el uso racional de sistemas de riego, que aún hoy reconocemos como grandes logros incas y realmente lo son de los Wari. Los Wari pusieron en uso moldes para la fabricación en serie tanto de vasos y tinajas como de bloques para la construcción.



Huaco de la cultura Wari


Pero de todas las ancestrales culturas anteriores a los Incas una de las más relumbrantes que se nos ofrece hoy, en toda su magnificencia, es la cultura Chimor o Chimú que tuvo su gran centro poblacional y de culto, en la mayor ciudad de adobes de barro del mundo, la ciudad de Chan Chan, que nació en el valle del río Moche y se desarrolló entre los años 950 y 1450 de nuestra era, más o menos la época de nuestra alta edad media casi hasta el comienzo de la edad moderna.
Dice la hermosa crónica anónima de 1604:


“Salió del mar y construyo muros eternos.
Su nombre era Tacaynamo y junto a miles de hombres
convirtió el barro en una ciudad”


Chan Chan es una palabra que nos llega por los relatos de los conquistadores, proviene de la lengua “muchik” “Na-Cham” que quiere decir “casa de la serpiente” o tal vez del “chimú” “Jang-Jang” que significa Sol-Sol. Cualquiera fuese denominaba a un conjunto de 10 ciudadelas amuralladas que eran la capital del reino de los Chimor que es la cultura que desplaza a los Wari y que viene a ocupar los espacios que antes ocupaba la cultura Mochica. El idioma que hablaban los chimú era el “quingnam” pero conservaron mucho del “muchik”.



Estancias de Chan Chan


Cuenta la leyenda que el fundador de la cultura Chimor o Chimú vino del mar, no se sabe de dónde, en una flota de balsas, con toda su corte y guerreros, llegó a la costa norte de lo que hoy es el Perú, en el valle de Moche, y fundó un reino. Su nombre era Tacaynamo y fue el primer soberano de Chan Chan, la ciudad más importante de Chimú. Tuvo un hijo llamado Guacricaur, y éste uno, al que llamó Ñancempinco. Fueron diez los reyes de esta dinastía. El último, Minchancaman fue derrotado por los Incas, quienes destruyeron la ciudad y dividieron al reino Chimú. ¿No fueron los Incas unos genocidas de los Chimú?



Pescadores chimús


Su obra más monumental es la ciudad de adobe de Chan Chan con sus bellísimos ornamentos modelados en la arcilla de las paredes frisadas con animales marinos como peces y nutrias o con bellas líneas y aves (pelícanos) siempre en altorrelieve. Hoy sabemos que tan bellos adornos de los frisos de las paredes fueron hechos con moldes la mayoría. Las líneas decorativas de peces se alargan en dos sentidos contrarios, tal vez indicando las dos corrientes marinas de la costa peruana, la fría que sube del sur y que hoy llamamos Humboldt y la que baja del norte, caliente, que llamamos El Niño; o tal vez solo representen la dualidad de la vida, el sol y la luna, lo masculino y lo femenino. Yo pienso más bien en los fenómenos del Niño y de la Niña que debieron marcar profundamente las vidas sociales por su inclemencia.



Líneas decorativas de peces en Chan Chan (foto AEB)


La forma como está organizada Chan Chan refleja que existió una fuerte estratificación, con clases sociales distintas ocupando diferentes áreas y edificios propios a su condición económica. Las ciudadelas, por ejemplo, están protegidas por altas murallas y tienen un solo acceso por el norte, facilitando el control de los que ingresaban y salían. Los muros estaban construidos con “quincha” que era la mezcla del barro con la caña. La superficie total que llegó a construirse es de casi dieciocho kilómetros cuadrados y llegó a albergar a doscientas mil personas.

La ciudad se divide en grupos de ciudadelas o enclaves, el primero de ellos denominado “las monjas”, luego siguen la “sala de los arabescos” conocida también como Palacio del Gran Chimú, la “ciudadela Velarde”, “Bandelier”, “el Laberinto”, el “Grupo Tello”, la “Ciudadela Uhle”, el “Palacio Imperial”, la “Ciudadela Tschudi” y finalmente la “Ciudadela Chayhuac”. El palacio del Gran Chimú está bellamente decorado con altorrelieves de serpientes y de pumas, representantes de mundo terrenal (el puma) y del submundo (la serpiente) y también vemos la presencia de “anzumitos” una especie de mezcla de lobo de mar y nutrias.



Anzumitos en Chan Chan (foto AEB)


Además del área nuclear, podemos distinguir en la organización de Chan Chan otras 2 zonas de importancia: Al sur y oeste de las ciudadelas, conjuntos de construcciones menores, aglutinadas, llamadas "barrios marginales" y "complejos arquitectónicos de elite", finalmente, una serie de estructuras dispersas como depósitos, caminos, pirámides, caminos, cementerios, acequias, huertos hundidos ("huachaques") y diques. Toda la construcción está cercada en forma rectangular, siempre en orientación norte-sur y se destaca el alto grado de planificación y de distribución.

En el interior de la ciudadela se pueden distinguir tres sectores: norte, central y sur. El sector norte es una plaza o patio con banquetas (muros bajos que pueden ser usados para sentarse) en su perímetro, con un acceso hacia el sur, al que se llega subiendo por una pequeña rampa. Este acceso conduce a las "audiencias" y los depósitos. Esta llamadas audiencias, son construcciones que vistas desde arriba tienen forma de "U" y que debieron albergar a un funcionario o personaje ligado a las más importantes funciones administrativas de la ciudad.

En el sector central se pueden encontrar la mayor concentración de construcciones dedicadas al almacenamiento de productos. Además se encuentra la "Plataforma Funeraria", pequeña pirámide truncada de baja altura, en el interior de la cual estuvo enterrado el Señor principal de cada una de las ciudadelas. La mayoría de estas plataformas fue saqueada en los primeros años de la conquista española (1532), aunque es posible que tal destrucción haya empezado antes, inmediatamente después de la conquista Inca.



Patio de ceremonias de Chan Chan (foto AEB)


El sector sur, por lo que se puede aún ver, es un cercado libre de construcciones, pero que, gracias a las excavaciones arqueológicas, sabemos que allí existieron estructuras hechas en materiales perecederos, con abundantes signos de actividades domésticas. Esta zona, fue el área de residencia, donde se ubicaron la cocina y los dormitorios. Seguramente por eso, es aquí donde se ubica el pozo de agua que abasteció a todos los habitantes de la ciudadela, uno de los 140 pozos existentes en la ciudad.

La cultura Chimú también tiene sus huacas. Las dos más importantes y más bellas son las huacas del Dragón o Arco Iris y la huaca de la Esmeralda. En la del Dragón o Arco Iris los frisos de sus murallas están decorados en relieve con figuras polícromas antropomorfas y representaciones estilizadas del arco iris. Este centro ceremonial chimú, es una de las huacas piramidales más antiguas del valle y en frisos con altorrelieves la más espectacular y más cargada de simbología de todas las Chimú. Se le calcula a esta huaca una antigüedad de 1.100 años. Es una edificación de adobe y barro, de forma casi cuadrangular, cuyas paredes presentan ornamentación en forma abigarrada. Su estructura presenta una sucesión de plataformas superpuestas orientadas de este a oeste.



Huaca del Dragón o del Arco Iris (foto AEB)


Se presume que originalmente debió presentar tres pisos. Una de sus funciones fue llevar a cabo celebraciones religiosas en honor al Arco Iris u otros fenómenos naturales relacionados con la lluvia y la fertilidad de los suelos. En lo decorativo, destacan en sus muros figuras en alto relieve de barro con representaciones zoomorfas y antropomorfas. La huaca ha sido denominada el Dragón por la importancia y notoriedad de una figura de alto relieve en uno de los muros principales, una serpiente bicéfala con fauces abiertas, parecida a un dragón, con un sin número de patas, a la manera de un ciempiés y en forma de arcoiris que hoy se interpreta como simbología de la fertilidad y del agua o la fecundación.



Detalle del Arco Iris o Dragón de la Huaca (foto AEB)


Una de las patas sostiene un “tumi” ceremonial y las fauces abiertas están por devorar a dos personas posiblemente un hombre y una mujer. Todos estos altorrelieves presentan imperfecciones y desigualdades lo que hace pensar que fueron hechos a mano sin el recurso de moldes.



Tumi de Lambayeque


Corría el año de 1457, aún faltaban muchos años, más de 70, para que los castellanos llegasen a estas tierras. El sol inclemente de estos eriales, los muros de Chan Chan y las Huacas cercanas serán mudos testigos del enfrentamiento de dos gigantes, dos imperios enfrentados en un momento crucial de la historia, los Chimú dirigidos por el valiente Minchancaman con sus poderosas huestes rebeldes y frente a ellos, como conquistador implacable, estaba el poderoso Tupac Inca Yupanqui (Cusco 1440-Chinceros 1493), hijo del gran Pachacutec y de la Coya Mama Anahuarque, y padre de Huayna Capac. Tupac Inca Yupanqui el exterminador de Chachapoyas, Huambos y Guayacondos, comandando uno de los ejércitos más organizados y disciplinados del nuevo mundo, y aliado con los Chinchas, estaba ya dispuesto a dar fin a una grandiosa civilización, los Chimú, y nada cambiaría ese hecho. Ante la casi inexpugnable ciudadela de Chan Chan solo los pudo vencer cuando cortó el acceso del agua del rio Moche a la ciudadela.

Este Sapa Inca continuó la construcción de llaqtas que eran ciudades o centros administrativos como Machu Pichu que era Hatun Llaqta; colcas o qollqas que eran espacios para almacenar bienes; pukaras que eran fortalezas como Puca Pukara –fortaleza roja- cerca de Cusco; callancas que eran los lugares de descanso de los arrieros y también lugares de almacenamiento de mercancías; los tambos (albergues o centros de acopio o, incluso, balneario como Tambomachay, y la ampliación del Capac Ñan que era la vía principal de comunicación con el Cusco, el camino del Inka.

El nuevo orden impuesto por los incas provocaba el descontento y rebelión de muchos curacas o señores regionales y de sus ayllus correspondientes. Los ayllus eran la institución social básica de los incas y venía a ser un conjunto de familias que descendían de un antepasado común, les unía la cultura y la religión, además de dedicarse en forma colectiva a la agricultura, la ganadería y la pesca. Estos ayllus trascendían a la nobleza, de modo que el parentesco podía establecer un linaje, llamado panaca, que atañía incluso al inca y su familia.

Túpac Yupanqui fue duro en la represión matando muchos pobladores del reino Chimú y trasladando a otros, a veces pueblos enteros, como mitimaes, es decir, como desterrados. La tradición incaica (aunque parece que la heredaron de los Wari) le atribuye la implantación del sistema de yanaconas, que eran prisioneros de guerra que, en lugar de ser ejecutados, eran llevados como personal de servicio perpétuo para la nobleza y el estado en servidumbre, institución que después los castellanos asimilarían de ellos y usarían en las encomiendas.



Mitimae recorriendo el camino del Inka


Al Sapa Inca Tupac Yupanqui se le atribuye el descubrimiento de Rapa Nui (Isla de Pascua) ya que fue un gran navegante; lo que unido a sus conquistas en el Tahuantisuyo hace que algunos autores lo llamen el Alejandro Magno de América, de hecho las tierras conquistadas por él son más extensas que las que conquistó Alejandro Magno, además de la travesía completa del Pacífico. En la actual Isla de Pascua quedan vestigios de un templo de clara influencia Inca en su construcción; y en su dialecto quedan muchas palabras quéchua incluyendo la famosa palabra “puka” que es el adorno que llevan los “moais” en forma de corona de pìedra de color rojo, precisamente el significado de la palabra quéchua “puka” que significa rojo. Evidencias de la presencia Inca en Rapa Nui se encuentra en las leyendas existentes en estas islas del Pacífico como la leyenda del Rey Tupa, presente aún en las islas Marquesas y en Rapa Nui con el nombre de Mahuna-te Ra'á, que significa el hijo del sol.

Y el agua puede haber sido una de las causas del exterminio de otras civilizaciones anteriores en la zona. Probablemente los actuales fenómenos del Niño y de la Niña también tuvieron su influencia en el colapso de las civilizaciones Chimú y parece que también en la Mochica.



El décimo Sapa Inca Tupac Yupànqui


¿Por qué unas civilizaciones sucumben? o ¿Por qué algunas civilizaciones son arrasadas por otras civilizaciones más poderosas? ¿Hay elementos externos, de la naturaleza que influyen en los auges y decadencias de las culturas?

Jared Diamond dice que cuando nos enfrentamos a la comprensión de los colapsos de algunas civilizaciones nos encontramos con una controversia principal y cuatro pequeñas complicaciones. La controversia tiene que ver con la resistencia que tenemos a la idea de que los pueblos del pasado hicieron cosas que contribuyeron a su propia destrucción. Los abusos contra el medio ambiente no son propios de nuestros tiempos, existieron en pasados remotos. Las complicaciones son los cambios climáticos (fenómenos del Niño y de la Niña) y la presencia y aumento de vecinos hostiles o la disminución de socios amistosos. Casi todos los libros de historia nos hablan de las dos últimas causas y recién ahora los historiadores, junto con los geógrafos y con los especialistas en climatología y en ecología, están comenzando a valorar las influencias de los cambios climáticos o las interacciones de las diversas culturas con su medio ambiente.

Jared Diamond asevera que las sociedades que acabaron desapareciendo se encontraban entre las más creativas, avanzadas y triunfantes de sus épocas, en lugar de ser estúpidas e ignorantes.

Una civilización sucumbe ante la fuerza de la que la continúa y la fuerza de ambas, aunada, es la que se transfiere a la siguiente y a esa transferencia continua es a lo que llamamos cultura o civilización.

Y esa es la historia de la historia, sin necesidad de escribir leyendas negras.

martes 29 de julio de 2008

BOLÍVAR, SECESIONISTA DEL PERÚ


Simón José Antonio
de la Santísima Trinidad
Bolívar y Palacios

El Virreinato del Perú fue creado por el Rey borgoñón Carlos I de Castilla y V de Alemania, por medio de la Real Cédula firmada en Barcelona el 20 de noviembre de 1542, tras la Conquista del Perú realizada por las tropas de Francisco Pizarro. Se tomó como base a los territorios de las gobernaciones de Nueva Castilla y de Nueva Toledo, otorgadas a Francisco Pizarro y a Diego de Almagro, respectivamente, con posesión desde Panamá a Chile y del Pacífico hasta Buenos Aires.

La reorganización territorial llevada a cabo a lo largo del siglo XVIII, por el Rey angevino Felipe V, mediante la cual se desmembraron dos territorios del Virreinato del Perú para conformar otros dos: el Virreinato del Río de la Plata en 1776; y el Virreinato de Nueva Granada (o Virreinato de Santa Fe) en 1717, restaurado en 1739 tras un periodo de supresión, supuso la pérdida de gran parte del espacio territorial del Virreinato del Perú.

El Virreinato del Perú comprendió, al momento de su mayor extensión, gran parte de Sudamérica y parte de Centroamérica, pero, a lo largo del siglo XVIII, y hasta la emancipación de esas zonas respecto del poder español, apenas comprendía poco más de lo que hoy en día es el Perú. A principios del siglo XIX, el Virreinato del Perú, al ser la posesión más importante de la Corona española, y su más importante fuente de riqueza, se convirtió en el último bastión y centro imperial del dominio español en la América Hispana, hasta que sucumbió, finalmente, tras las decisivas campañas guerreras de Simón Bolívar y José de San Martín y Antonio José de Sucre.

Pero el Virreinato se dividía, a su vez, en las Reales Audiencias, que eran jurisdicciones para la administración de justicia en segunda instancia. Estas demarcaciones geográficas de su jurisdicción tuvieron, incluso, gobierno propio con funciones políticas, así el Virreinato del Perú se subdividió en las Reales Audiencias de: Real Audiencia de Panamá (1538), Real Audiencia de Lima (1543), Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá (1549), Real Audiencia de La Plata de los Charcas (1559), Real Audiencia de Quito (1563), Real Audiencia de Chile (1563-1573; 1606), Real Audiencia de Buenos Aires (1661-1672; 1776) y Real Audiencia de Cuzco (1787).

Virreinato del Perú hacia 1750

La primera gran pérdida para la República Peruana será Guayaquil, zona unida siempre a Perú por lazos de cercanía, comercio y cultura. Una diversidad de Cédulas Reales documentan esta relación directa con el Perú. Es Guayaquil mucho más cercana en intereses a Lima que a Quito, y Bolívar lo que hace es anexionarla a la Gran Colombia. De acuerdo al tratado de 1809, que asignaba a las nacientes naciones americanas los territorios “uti possidetis iure”, “uti possidetis, ita posessionis”, es una expresión latina que significa: "como poseéis, así poseáis", la cual tiende a mantener las situaciones actuales hasta la decisión que corresponda en un conflicto de límites territoriales. Este importantísimo principio, que nos llega del derecho romano, será quien fije las fronteras de los nacientes países americanos por la emancipación. Guayaquil debía ser peruana ya que, en 1809, formaba parte de su territorio.

El 11 de Julio de 1822 entra Bolívar en Guayaquil y el 13 declara unilateralmente:

“Que acoge bajo la protección de la República de Colombia al pueblo de Guayaquil, encargándose del mando militar y político de esta ciudad y su provincia”
El 22 de Julio se da en Guayaquil la famosa “Conferencia de Guayaquil” entre San Martín y Bolívar. Cuando San Martín llega por el río Guayas a bordo de la goleta Macedonia, Bolívar le da la bienvenida y lo invita a desembarcar en “territorio colombiano”.

En esta conferencia tratan los dos generales sobre los cambios que estaban sucediendo en la sociedad americana y de cuales serían los rumbos de las naciones al acabar las guerras de emancipación. San Martín abogaba por permitir la supervivencia del viejo orden con una monarquía constitucional, al estilo inglés, como sistema político previamente respaldado por un referéndum popular. Por el contrario, Bolívar, no era partidario de consultar nada a la gente pues ya él tenía “el respaldo de los pueblos tras de sus decisiones”. El resto de la conferencia se uso en tratar, San Martin, de convencer a Bolívar de que ayudase en las luchas emancipadoras en Perú, cosa que Bolívar hizo con un escaso apoyo de 1800 hombres del acantonamiento de Guayaquil. Desilusionado San Martín abandona Guayaquil y se retira a Lima donde en Setiembre de 1822, una vez instalado el Congreso Constituyente, renuncia al Perú.



Monumento a la Entrevista de Guayaquil
en el Malecón de Guayaquil

La provincia de Puno, le pertenecía al Virreinato del Perú desde 1796, después de habérsela quitado a la Real Audiencia de Charcas y desde esas fechas es parte integrante del Perú. La Real Audiencia de Charcas pasa al control directo del Virrey del Perú entre 1806 y 1816 para evitar que cayese en manos de los movimientos emancipadores de Buenos Aires.

En 1821 el general español Pedro Antonio Olañeta Marquiegui (Elgueta-Vizcaya 1770-Tumusla-Bolivia 1825), conocido por sus enemigos como “el contrabandista” y furibundo absolutista partidario de Fernando VII, se opone al derrocamiento del Virrey Joaquín de la Pezuela y al nombramiento del Virrey La Serna, con lo cual mantiene un foco rebelde en el Alto Perú que fue combatido sin éxito por 5.000 soldados al mando del asturiano General Jerónimo Valdés y de Noriega. Al no tener éxito las tropas tuvieron que regresarse al norte para acabar derrotadas por Bolívar en Junín (6 agosto 1824) y por Sucre en Ayacucho (9 diciembre 1824). Olañeta, desde su posición de Charcas no acepta la Capitulación de Ayacucho de diciembre de 1824, y se retira a Potosí donde se proclamó a si mismo Virrey del Perú, aunque la corona no aceptó ese nombramiento. En Potosí resistió apropiándose de los fondos reales, los tesoros de las iglesias e incluso de las máquinas de la Ceca de Potosí donde se habían acuñado las famosas monedas llamadas “macuquinas” (de makkaikuna expresión quechua que significa golpeadas).


Macuquina de plata de Potosí, siglo XVIII
La resistencia duró hasta Enero de 1825 en que un ejército financiado por Perú, y compuesto fundamentalmente por peruanos, al mando del General Sucre, se enfrenta a Olañeta en el Alto Perú. Casi que como en un paseo triunfal, Sucre llega hasta La Paz y allí convoca a una Asamblea para que decida el futuro político del Alto Perú. Olañeta morirá en la batalla del Tumusla, el 1 de abril de 1825, donde cuentan las crónicas que solo se disparó un tiro, el que mató a Olañeta. Según algunas versiones, Olañeta morirá asesinado por alguien de la soldadesca que vengó la honra de su esposa y según otras versiones que durante el combate se despeñó con su caballo y se mató. En esta batalla fue enfrentado por el Coronel Carlos Medinaceli Lizarazu (NOTA 1) y sus valientes soldados chicheños. Este militar es el verdadero libertador de Charcas.


Coronel Carlos Medinaceli Lizarazu
(Tuctapari-Potosí 1779-Sucre 1841)

(NOTA 1)

Charcas le pertenecía enteramente al Virreinato de Buenos Aires, pero las circunstancias políticas imperantes permitieron esta curiosa segregación con la que Bolívar no estuvo para nada de acuerdo, sin tener más alternativa que acatar la voluntad de las gentes del altiplano. Consciente de lo que se venía encima, había escrito con molestia a Sucre desde Arequipa, el 15 de mayo de 1825:


"Estoy convencido de que nadie quedará conforme... y francamente puedo decirle que no me siento autorizado a dictar ese decreto y que sólo la fuerza de las circunstancias me obliga a aprobar su conducta, para apaciguar al Alto Perú, para contemporizar con el Río de la Plata, para probar los sentimientos liberales del Congreso del Perú y para mantener mi reputación de firme defensor de la soberanía popular y de la libertad de las instituciones"

Es difícil imaginar que Sucre tomase la decisión de convocar una Asamblea para decidir el futuro de esta región sin contar con la anuencia de Bolívar. En una carta de Sucre a Bolívar en abril de 1825 se puede leer:

“Los partidos están entre ser independientes o del Perú; a lo último se inclinan los hombres de más juicio”


Mariscal Antonio José de Sucre

En un principio Bolívar se oponía a la emancipación de este territorio pues temía que Quito quisiese lo mismo y con ello se desmembraría el sueño de la Gran Colombia, una sola nación sudamericana. Sucre no quería intervenir en lo que consideraba un avispero por los intereses contrapuestos de Perú y Buenos Aires. En enero de 1825 Bolívar le escribe a Sucre:

“Pero, amigo, no debemos dejar nada por hacer mientras que podamos, noble y justamente. Seamos los bienhechores y fundadores de tres grandes estados (sic), hagámonos dignos de la fortuna que nos ha cabido; mostremos a la Europa que hay hombres en América capaces de competir en gloria con los héroes del mundo antiguo. Mi querido general, llene V. su destino, ceda V. a la fortuna que le persigue, no se parezca V. a San Martín y a Itúrbide que han desechado la gloria que los buscaba. V. es capaz de todo, y no debe vacilar un momento en dejarse arrastrar por la fortuna que lo llama. V. es joven, activo y valiente, capaz de todo ¿qué más quiere V.? Una vida pasiva e inactiva es la imagen de la muerte, es el abandono a la vida; es anticipar la nada antes que llegue.”


Sucre cambia su opinión y apoya la creación de una nueva República. Sucre es elegido Presidente de la Asamblea Constituyente, cargo que asumió con vagas palabras de aceptación por las circunstancias, pero ejerció el poder de modo recio. ¿Qué lo había llevado a cambiar de opinión? Unos dicen que una ambición personal desmedida, otros dicen que fueron los halagos personales como la promesa del Congreso de decretar la construcción de una nueva ciudad a la que le darían su nombre. La ciudad no fue construida pero sí, al menos, le cambiaron el nombre a la antigua capital de Chuquisaca por el de Sucre.

El Congreso de 48 representantes fue elegido cuidadosamente para preservar los intereses de un grupo cuya cabeza visible era Jose Joaquín Casimiro Olañeta y Güemes, sobrino de Pedro Antonio Olañeta quien será el que induzca a Sucre a la emancipación de Charcas del gobierno del Perú.
José Joaquín Casimiro Olañeta
(Chuquisaca 1796, La Paz 1860)


La mayor parte de los congresistas eran terratenientes que buscaron más la defensa de sus privilegios que la visión política. Allí estaban reflejadas las tres tendencias: unos querían la anexión a Buenos Aires, otros a Perú y otros querían ser una nueva nación libre de las presiones de unos y otros.

El grupo de congresistas separatistas le pidió a Bolívar la redacción de una Constitución y le pidió también que le diese a la naciente república la ciudad de Arica, importante puerto de mar, en ese entonces perteneciente al Perú. Estos mismos representantes le comunicarían a Bolívar la decisión que ya supuestamente habían tomado de de darle el nombre a la nueva República como “República Bolívar” y otorgarle el mando supremo cuando estuviese allí residente, como así ocurrió en Chuquisaca el 6 de agosto de 1825.

Mediante un decreto se determinó que el nuevo Estado llevara el nombre de Bolívar, en homenaje al Libertador, quien a la vez es designado Padre de la República y Jefe Supremo del Estado. Un tiempo después el Congreso se reunió para cambiar el nombre de República Bolívar por el de República de Bolivia.

El pensamiento de Bolívar por estos tiempos era proclive hacía un gobierno fuerte centralizado. El más reciente biógrafo de Bolívar, John Lynch cuenta que Bolívar le comentó al Cónsul de Inglaterra en Lima:

“…que su corazón siempre latía a favor de la libertad, pero que su cabeza siempre se inclinaba hacia la aristocracia…. Si los principios de libertad se introducían con demasiada rapidez, la anarquía y la destrucción de los pobladores blancos serían las consecuencias más inevitables”

Bolívar, hasta este momento, no aceptaba de buen grado la independencia de este país, pero, lo que le conmovió profundamente fue la actitud de las masas populares. El 18 de agosto, a su llegada a La Paz hubo una verdadera manifestación de regocijo popular, jamás país alguno rindió mayor homenaje a un hombre. Esta expresión tan ferviente de la población, conmovió a Bolívar, quien, ahora de buen grado, aceptó la Presidencia de la República pero declinó la aceptación de la Presidencia de la República, para cuyo cargo insinuó el nombre del General Sucre. Bolívar llamó su "Hija Predilecta" a la nueva Nación. Demasiado para cualquier ego.

Bolívar no solamente le quiso anexar Arica a Bolivia sino también la, actualmente peruana, ciudad de Tacna y los territorios hasta la, actualmente chilena, ciudad de Tarapacá. De acuerdo al derecho esgrimido del “uti pòssidetis iure” Bolivia no tenía acceso al mar y con las actuales fronteras el acceso al mar solo era atravesando los Andes y después el desierto de Atacama, algo casi imposible por lo que Sucre consideraba anexar a la nueva República Bolívar casi 500 km. de costa peruana hasta la, actualmente, ciudad chilena de Iquique. Por un tratado de 1826 Perú le cede a Bolivia las ciudades de Tacna, Arica y Tarapacá a cambio de un pago de cinco millones de pesos y unos territorios de selva en la provincia de Apolobamba. Curioso tratado en el que el representante del Perú era un colombiano, Ortiz de Zeballos, que seguía precisas instrucciones verbales de Bolívar en esta negociación.

Es posible que para estos tiempos ya considerase Bolívar la imposibilidad de la Gran Colombia unida y que considerase que un Perú independiente de la Gran Colombia podría llegar a ser un temible adversario para sus ideales. El Presidente del Perú, General La Mar, rechazó el tratado, y al final todas las culpas recayeron en el pobre Ortiz de Zeballos cuando lo que había hecho era solo seguir las claras y precisas instrucciones verbales de Bolívar.


Secesión del Perú:
1-Separación de Guayaquil en 1822
2- Pretensión de anexar Maynas a Colombia
3- Creación de Bolivia en 1825
4-Pretensión de ceder la costa sur a Bolivia
5- Deseo de hacer dos estados del resto del Perú,
uno de ellos con capital en Arequipa

Prioridad en el pensamiento político de Bolívar era la unión de todas las naciones en una sola Federación que uniese a la Gran Colombia (Colombia y Venezuela) con Quito, con Perú y con Bolivia, pero, para un mejor control de la Federación, sería conveniente dividir al Perú en dos con la segregación de los departamentos sureños peruanos. La Constitución que había redactado para Bolivia sería la Constitución de la Federación, para lo cual necesitaba la aprobación de la Gran Colombia y la de Perú. La Federación quedaría así: La Gran Colombia con las provincias de Cundinamarca, Venezuela y Quito; Bolivia, y Perú con tres provincias, Cusco, Puno y Arequipa.
Con estas ideas Bolívar hubiese consumado la secesión del Perú, perdiendo el antiguo Virreinato las tierras de Guayaquil al norte, después, al sureste, el Alto Perú, y al sur, por la costa del Pacífico, hasta Antofagasta, además el triangulo formado por Arequipa-Puno-Cusco desgajado del Perú, y por último Iquitos y la selva amazónica entregados a Colombia.

Actualmente, el antiguo Virreinato del Perú, llega por el norte hasta Tumbes, frontera con Guayaquil, el departamento de Loreto (Capital Iquitos) que es frontera con Colombia y Brasil; por el sur hasta Tacna después de haber perdido en las guerras del pacífico (1879-1883) con Chile de Arica hasta Antofagasta; por el sureste la actual República de Bolivia.


Epílogo sobre Bolívar y el Perú


Las valoraciones en el Perú sobre la actuación de Bolívar en el antiguo Virreinato del Perú dan para todos los gustos. Hay allí, en el Perú, un Bolívar enaltecido, pero también un Bolívar escarnecido. Hay, efectivamente, un Bolívar eximio Libertador, un Bolívar cínico Dictador y un Bolívar pragmático Seccionador.

El historiador peruano Jorge Basadre Groghmann (Tacna 1903-Lima 1980) dice que Simón Bolívar fue muchos Bolívar que sucesivamente se iban muriendo:

“Bolívar, un joven romántico en 1804, diplomático en 1810, jacobino en 1813, paladín de la libertad en 1819, genio de la guerra en 1824, imperator en 1825 y 1826”

Más contundente es el historiador Herbert Morote quien lo califica así:

“Ebrio de gloria, amo de los territorios que había independizado, legislador ahora de ellos, el Libertador se lanzó a una campaña para perpetuarse en el poder que culminó con su constitución vitalicia y su intento de seguir despedazando al Perú para seguir siendo fuerte él”

Para el escritor peruano Félix C. Calderón el juicio de valor sobre Bolívar es:

“El Bolívar que aparece con la lectura de sus propias cartas disponibles es un hombre ambicioso que comete el grave error de manchar su incuestionable trayectoria libertaria con los sueños de opio de una dictadura perpetua, aun a costa de volver a hipotecar la independencia de los pueblos que había supuestamente libertado. No es el santo varón desprendido y desinteresado, ni un demiurgo consumado que solo busca sembrar paz y concordia entre los pueblos; sino un habilísimo taumaturgo del lenguaje que ha descubierto en las palabras la mejor manera de ocultar sus non sanctas intenciones”
“Inteligente sin duda, aunque menos estratega que impetuoso guerrero (si se recuerda lo que pasó en Puerto Cabello, en La Puerta y casi ocurre en Junín), nadie discute su destreza diplomática, ni su arrojo y perseverancia, tampoco su voluptuosa proclividad por el adulterio, sin por ello dejar de ser implacable con el adversario cuando quería. Autoritario, calculador, contradictorio, intrigante, vengativo, impulsivo, lenguaraz, impaciente, resuelto, cínico o estudiadamente despectivo, todo eso era Bolívar, a veces y al mismo tiempo. Vale decir, profundamente humano, con defectos que suelen magnificarse en muchos, desgraciadamente, cuando el poder es virtualmente absoluto. Y él no fue la excepción”

El ya citado biógrafo John Lynch en la parte final de su biografía de Bolívar comenta la última herejía que se quiere implantar en la interpretación de su vida política, el Bolívar socialista:

“Aprovechando las tendencias autoritarias que ciertamente existían en las acciones e ideas de Bolívar, los regímenes de Cuba y Venezuela han convertido al Libertador en el patrón de sus políticas, distorsionando sus ideas en el proceso. De este modo un régimen marxista se ha apropiado de las ideas bolivarianas de libertad e igualdad y ha encontrado en ellas un sustituto útil al fracasado modelo soviético, pese a que en realidad no tiene en muy alta estima ninguna de las dos. Y en Venezuela un régimen populista del siglo XXI ha buscado legitimarse políticamente aferrándose a Bolívar como un imán, una víctima más del hechizo del Libertador”

No es la primera ni será la última interesada interpretación de la historia.

Hoy el Perú, esa pujante nación, emblema y paradigma de la cultura hispanoamericana, cima del arte barroco colonial y ejemplo del mestizaje castellano, no vive de las glorias pasadas, ni alimenta hueros discursos patrioteros del pasado para exorcizar problemas del presente. Excepto por el laudo a unas glorias militares del siglo XIX hace mucho que le echó tierra a los sucesos del pasado.

En Venezuela, el hombre, Bolívar, despojado de todo, hasta de sus glorias, que tuvo que ir a morir en casa de un viejo hidalgo español, gaditano, Joaquín de Mier y Benítez, y con camisa prestada como cumpliendo un cruel destino al tener que hacerlo en casa de un español. Bolívar, aunque descansa en un mausoleo caraqueño, pareciera que necesitase hoy, con toda urgencia que, como en aquel famoso dicho del “regeneracionista” Joaquín Costa que se usaba en la rancia España, una de las dos que nos helaba el corazón:


“hace falta echarle doble llave al sepulcro del Cid”


(En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar)(Joaquín Costa)

Que se eche llave, que se cierre definitivamente el sepulcro del Cid significa que encerremos dentro de él todos los discursos de alabanzas al pasado glorioso que poco aportan al prosaico presente sumido en el atraso y la decadencia, sobre todo cuando se quiere reinterpretar el pasado para justificar el presente.


Hace falta que le echen no solo llave, sino candado también, al sepulcro de Bolívar y que dentro de ese broncíneo sarcófago y ebúrneo monumento marmóreo, junto con sus restos, se entierren los discursos que aún quieren reavivar las heridas del pasado. Ninguno de los venezolanos de hoy, ninguno de los españoles de hoy, ni grancolombianos, ni quiteños o guayaquileños, ni peruanos ni bolivianos, ni blancos ni mestizos ni zambos, somos responsables de los hechos de la historia del siglo XIX. No se nos convoque para el recuerdo de odios y rencillas y baldones, no se nos convoque para denostar sobre el pasado que aún sigue marcando el presente. Convóquesenos para seguir trabajando, todos unidos, los de antes y los de ahora, pardos y mantuanos, blancos y negros, españoles y canarios, godos o vascones, por un futuro mejor para todos. De las glorias pasadas, de los fastos y nefastos, de orgullos y prejuicios, viven los pueblos y las naciones que solo tienen pasado y nosotros queremos vivir en naciones y con pueblos que solo ansíen la transformación del pasado para un inmejorable futuro.


Simón Bolívar y Palacios, 1819



Simonis Bolivar

Cineres

Grata atque memor patriahic

condit et honorat


NOTA 1

La información referente al Coronel Medinaceli en cuanto a su participación en la historia de Bolivia, así como la foto, se deben al estudio e investigación histórica realizado por el potosino Don Julio Ortiz Linares quien sacó del anonimato los hechos y circunstancias y el retrato de tan insigne héroe boliviano y que plasmó en el libro "El Libertador de Charcas", publicado en la ciudad de Sucre, Bolivia, en 2005. La información escueta aparece muchas veces en Internet pero sin mencionar ni dar crédito a su autor. Considero de justicia que, tanto en las citas de internet, como en este humilde trabajo de divulgación, se dé cuenta del trabajo histórico, muchísimas veces callado y anónimo, de los historiadores como Don Julio Ortiza Linares, a quien le debemos el conocer los hechos tan importantes de la historia de Bolivia como los sucedidos en Charcas en el siglo XIX. Honor a quien honor merece.
Antonio R. Escalera B.





lunes 7 de julio de 2008

BOLÍVAR, DICTADOR DEL PERÚ


El historiador peruano Ricardo Mariátegui Oliva lo expresó así de sucinto:


Bolívar siempre actuó dubitativamente: proclamó libertad y procedió como absolutista; sostuvo la soberanía del pueblo y trató de destruirla; invocó justicia y la proscribió; dimitió tres veces una autoridad temporal y electiva, procurando, en cambio, una perpetua y hereditaria”


El historiador, también peruano, Herbert Morote autor de un exitoso libro titulado “Bolívar, Libertador y enemigo Nº 1 del Perú” dice:

“… tras independizarnos en solo 15 meses, los 21 siguientes en vez de libertad sufrimos una brutal represión y la amputación de la mitad de nuestro antiguo territorio. Ninguna nación latinoamericana ha pagado tanto por su independencia”

¿Que ocurrió en Perú para que estos historiadores emitan tal opinión de Bolívar? Si este es el dicterio de unos historiadores, podemos imaginar cual es la opinión que quedó en la gente del común. Hablando con unos y otros, en Perú, cada cual tiene su opinión histórica, pero en todos es coincidente el criterio de la trayectoria dictatorial, e incluso tiránica, de quien primero los había emancipado.


El 20 de setiembre de 1822 se inaugura el Congreso Constituyente bajo la presidencia del cura Francisco Xavier Luna Pizarro. La mayor parte de los Congresistas eran abogados, 28, curas 26, médicos 8 y solamente 5 militares. El primer día se dedican a establecer la forma de gobierno, por un lado estaba la tesis de San Martín de una monarquía constitucional y por otro la de José Faustino Sánchez Carrión de una república constitucional. Al segundo día del Congreso los diputados se decidieron por la forma republicana compuesta por ciudadanos iguales todos ante la ley. Esta Constitución establece de que el Presidente de la República era elegido, por 4 años, por el Congreso (sin ser necesariamente congresista) a quien se sometía.

Otro dato interesante de esta Constitución es sobre la participación de la sociedad. Las corrientes del pensamiento filosófico-político de la época, no eran partidarias del voto universal, como ya lo había hecho la Constitución de Cádiz de 1812 al eliminar a los pardos y a los indígenas del derecho al voto. Pero la Constitución peruana de 1823 otorga el voto a todos, indígenas incluidos, menos a las mujeres y a los menores de edad.

El 2 de Setiembre de 1823 el Congreso Constituyente Peruano nombra a Bolívar “Suprema Autoridad” y el 11 de Noviembre, un día antes de proclamar la primera Constitución de la República Peruana, el Congreso Constituyente decreta la suspensión de todos los artículos de la Constitución que se opongan a los deseos de Bolívar. No podía tener la Constitución de 1823 menos vida propia, murió el día antes de nacer.

Hasta Marzo de 1824 Bolívar se dedica a la formación del ejército patriota junto con Sucre, Córdoba y Lara, con La Mar al mando de las tropas peruanas. El 6 de Agosto, en Junín, son derrotadas por primera vez las tropas españolas, que serán definitivamente derrotadas en la Pampa de la Quínua, en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Un año y tres meses después de llegar Bolívar se termina el Virreinato del Perú.

Aquí termina, junto con el Virreinato, el Bolívar militar y Libertador sin cuyo genio militar y estratégico la emancipación peruana se hubiese alargado por sabe Dios cuantos años más, si es que acaso hubiese llegado a conseguirse. Pero a la par que termina el Bolívar militar comienza el Bolívar dictador del Perú.

Simón Bolívar y Palacios


Una vez completada la independencia peruana, Bolívar convoca de nuevo al Congreso Constituyente el 10 de febrero de 1825, al cual asisten 56 de los 79 diputados, la mayoría suplentes, de los cuales 9 era colombianos. Este Congreso nombra a Bolívar “Padre y Salvador de la Patria” y ordena que se erija la estatua ecuestre en la plaza del Congreso, donde está actualmente, así como el pago, como una “pequeña demostración de reconocimiento” de una recompensa al Libertador de 1.000.000 de pesos, cantidad que representaba, más o menos, la tercera parte del presupuesto anual del Perú de la época. Para poder entender la magnitud de esta cifra, estimen que es equivalente al monto total de todas las expropiaciones de tierras, casas, minas y haciendas hechas a todos los españoles que se habían refugiado en el Real Felipe de El Callao. Y este dato proviene de una fuente tan confiable como la del Ministro de Hacienda de Bolívar en 1826. Además de la recompensa en efectivo, que rechazó con poco ánimo varias veces para al final aceptarla “a nombre de su familia” y que fue efectivamente cobrada por sus herederos, el Congreso también le regaló una espada de oro con 1.374 piedras preciosas, diamantes, esmeraldas y rubíes

Un Congreso totalmente entregado a los encantos de Bolívar le otorga aún más poder que el militar que ya tenía. Logra para el ejército Grancolombiano, y para él mismo, recompensas desmesuradas, así como le otorga a Bolívar el poder decidir sobre la suerte del Alto Perú y, la casi exacción, de aportar el Perú 6.000 soldados peruanos al ejercito unido de la Gran Colombia.


Espada regalada por la Municipalidad de Lima
al Libertador Simón Bolívar

Satisfechas todas las peticiones de Bolívar, el Congreso Constituyente da por terminadas sus sesiones y a partir de ese momento toda la autoridad de la República recaía en Bolívar. Bolívar gobernará el Perú por tres largos años en los que se le conocieron 11 diferentes gabinetes ministeriales aunque después optó por un solo Ministro o Secretario General de los Negocios de la República, puesto que ocupó en una oportunidad el angostureño Tomás de Heres quien había sido anteriormente expulsado del Perú por San Martín.



Tomás de Heres (Angostura 1795-1842)


El poder ejecutivo lo dejó en manos de un Consejo de Gobierno y le pidió al General La Mar que lo presidiese, pero este se negó causando el disgusto de Bolívar que quería a Sucre en el Alto Perú y a La Mar en el Perú.

Las actuaciones en la sociedad peruana se consideran hoy totalmente equivocadas en algunas de ellas, tal vez por desconocimiento de la realidad social del Perú. La sociedad Peruana de comienzos del XIX era muy diferente de la de Venezuela, que Bolívar conocía tan bien. En esa época, la clase baja peruana tenía un componente indígena puro muchísimo más importante que en Venezuela donde la clase baja estaba conformada por pardos y esclavos. En Perú existía una grandísima población indígena, no totalmente integrada a la cultura e idiosincrasia hispana, y que mantenía mucha de su cultura ancestral, la quechua y la aymara. Este estamento social no era, ni bien comprendido, ni bien aceptado por Bolívar. El eminente historiador John Lynch en su biografía de Bolívar nos refiere:

Los indígenas del Perú, a diferencia de los pardos y los negros, no ocupaban un lugar central en las preocupaciones de Bolívar “


Sabemos que Bolívar, por sus correspondencias, emitía juicios racistas como este contenido en la carta que desde Pativilca le envía a Francisco de Paula Santander el 9 de enero de 1824:

“Yo creo que he dicho a usted antes de ahora que los quiteños son los peores colombianos. El hecho es que siempre lo he pensado, y que se necesita un vigor triple allí que el que se emplearía en otra parte. Los Venezolanos son unos santos en comparación de esos malvados. Los quiteños y los peruanos son la misma cosa; viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe. Los Guayaquileños son mil veces mejores”



Francisco de Paula Santander y Omaña
(Cúcuta 1792 – Bogotá 1840)


Este tipo de expresiones contrasta con el decreto de San Martin del 27 de agosto de 1821 en que se prohibía el uso de palabras como “aborigen”, “indio” o “natural” y ordenaba que, solamente, se usase para ellos el nombre de “peruanos”.

En Abril de 1825, Bolívar, en uso de sus plenos poderes, dispone la anulación de la emancipación de los esclavos que había decretado San Martín y legisla un punitivo reglamento de trabajo y de castigos en las haciendas del Perú.

No obstante, Bolívar, el 4 de julio de 1825 emite un decreto proclamando:

1º Que la igualdad entre todos los ciudadanos es la base de la Constitución de la República.
2º Que esa igualdad es incompatible con el servicio personal que se ha exigido por la fuerza a los naturales indígenas y con las exacciones y malos tratamientos que por su estado miserable han sufrido estos en todos tiempos por parte de los jefes civiles, curas, caciques y aún hacendados.

Sin embargo, el 11 de agosto de 1826, Bolívar implanta de nuevo el tributo del indígena, que ya había sido eliminado por los españoles a raíz de la Constitución de 1812, aunque después recuperado por el Fernando VII absolutista y definitivamente derogado por San Martín el 27 de agosto de 1821.

Algunos autores defienden el decreto de Bolívar por la justificación de proveer recursos a un Estado casi en estado de insolvencia. Que el Estado estaba casi en quiebra es cierto, pero no justifica que se recurriese a un tributo solo por la raza y no por la cuantía de la riqueza del ciudadano. Estos tributos indígenas llegaron a representar el 35% del presupuesto de la República.

Curiosamente este tributo durará hasta el año 1852 cuando la República, en cuya presidencia estaba Ramón Castilla y Marquesado, se vio beneficiada por las nuevas exportaciones del guano. Por las mismas fechas es abolida definitivamente la esclavitud.

Ramón Castilla y Marquesado
Presidente del Perú
(Tarapacá 1797 – Tiviliche 1867)

A pesar de eso, el ejercito Grancolombiano se vio reforzado con gran número de indígenas del Ecuador y del Perú. Las primeras tropas peruanas para el ejército unido son aportadas después de la conferencia de Guayaquil. Después, un nuevo pedido de tropas al Libertador, por parte del primer Presidente de la República del Perú, tras la salida de San Martín, José de la Riva Agüero, ante el ataque de los realistas a Lima, Bolívar concede las tropas pero bajo la condición de que todas las bajas del ejército grancolombiano fuesen suplidas por peruanos.

Esta condición de auxilio fue un gran fraude pues se le exigió al Perú que se supliesen les bajas del ejercito grancolombiano no solo por muerte en acciones de guerra, sino por cualquier otro motivo, enfermedad e incluso deserción. Y la mayor parte de las bajas fue por deserción ya que, en un solo mes, llegaron a contarse cerca de 3.000 deserciones, mientras que en batalla, entre las batallas de Junín y de Ayacucho, apenas se perdieron 345 muertos y 699 heridos.

Se supone que entre 5.000 y 6.500 peruanos fueron desplazados hacia Colombia y Venezuela por causa de este tratado, y vagaron por el norte de Sudamérica hasta mediados del siglo XIX. Hoy se piensa que el traslado de estos reemplazos al norte era para la defensa de la Gran Colombia que ya enfrentaba sus primeros problemas internos.

Podemos leer, en muchas correspondencias de Bolívar de 1825, las órdenes para llevar estos reemplazos peruanos a Panamá, Venezuela y Colombia y la discreción que pedía a sus jefes para que la tropa no supiese hacia donde iba por el temor de que desertasen. Muchos de estos soldados, procedentes de la sierra peruana se vieron desplazados a las cálidas tierras tropicales de Colombia y Venezuela donde padecieron todo tipo de penalidades. Todo esto era conocido en el alto gobierno peruano por lo que el Presidente, Jose Domingo La Mar Cortázar, inició reclamaciones para la repatriación de estas tropas, labor que no se lograría completa hasta tan tarde como 1857.


José de la Mar Cortázar
Primer Presidente del Perú
(Cuenca, Ecuador, 1778 – Cartago, Costa Rica, 1830)

Todas las campañas de guerra en el Perú fueron pagadas con tributos y con ventas de tierras del estado, en muchos de los casos hasta por un tercio de su verdadero valor, con lo que la primera gran reforma agraria devino en el acrecentamiento de nuevos latifundios. De este venta indiscriminada de tierras solo se salvaron las tierras confiscadas a los españoles y que estaban laboradas por indígenas “yanaconas” (yanaconas eran los esclavos de los incas y después los que ejercían la servidumbre a los españoles)

En otro orden de ideas suele considerarse a Bolívar el propulsor de una Ley de Imprenta. Si bien la Ley contenía importantes logros en libertad de expresión, no es menos cierto que esta Ley nunca funcionó y que Bolívar fue un celoso defensor de su imagen que lo llevaba al irrespeto no disimulado de las formas, cuando no de los fondos, y que, al mejor entendimiento de lo que ocurre actualmente en estas tierras de su heredad, se permitía escribir cosas como esta que aparece en una carta de Bolívar a Tomás de Heres:


“…bueno sería dar un artículo en la Gaceta de Gobierno combatiendo a “El Sol” a nombre de un colombiano, diciendo que los colombianos no quieren estar más tiempo sin mí; y que los señores argentinos se pueden componer como quieran sin mí, puesto que son tan ingratos, y que el Libertador no debe meterse en nada tocante a Río de la Plata. Haga Vd. que el general Salom dé el artículo para que lo firme un oficial como Alzuru….el artículo debe decir todo con moderación y gracia, a fin de que pueda entrar en la Gaceta como remitido por un colombiano”

Y para más seguridad de que los comentarios fuesen siempre halagadores, Bolívar decide fundar un periódico, El Observador de Lima, eso si, con los dineros del estado. Parece que el ejemplo de Bolívar aún permanece en nuestros días.

De la España Virreinal la República hereda las minas del Perú, que en el antiguo régimen eran propiedad del Rey quien las cedía en usufructo a españoles o criollos que diesen garantías de una explotación eficiente y de que se preservase el pago del quinto real. Para asegurarse de todo esto el Rey autorizaba el uso de las “mitas” (mita en quechua significa turno de trabajo) que era el trabajo obligatorio de los indígenas por una tercera parte del año.


El Libertador en su gloria

Bolívar, en vez de considerar que lo que está debajo de la tierra es de los peruanos y promover la explotación por parte de ellos, adopta la misma práctica española y ahora las minas son propiedad de la República, y en consecuencia, a disposición de quien mande en la República, a su bien parecer. Bolívar entrega las minas peruanas a los ingleses, haciendo valer los ofrecimientos que ya había hecho en la Carta de Jamaica:


“Los montes de la Nueva Granada son de oro y plata, un corto número de mineralogistas explorarían más minas que las de Perú y Nueva España;
¡Que inmensas esperanzas presenta esta pequeña parte del Nuevo Mundo a la industria británica!”


Las concesiones de estas minas estuvieron llenas de maniobras, ardides y corrupción en modos y maneras que nada desdice de las que aún siguen ocurriendo en nuestras repúblicas modernas. El propio Bolívar propició los proyectos de la compañía británica Cochrane, la misma compañía arrendataria de sus minas del Valle de Aroa y a quien en 1825 proponía la venta de Aroa, una propiedad de 260 mil hectáreas. Cuando esto trataba Bolívar, con John Dundas Cochrane, no sabía el pobre inglés que la propiedad de las minas de Aroa aún estaba en litigio con los señores Lazo y Estévez.

Dentro del Perú comenzó la oposición a Bolívar encabezada por el arequipeño Francisco Xavier Luna Pizarro, quien había sido primer Presidente del Congreso Constituyente y quien apoyó a La Mar para Presidente de la República. Bolívar intenta por todos los medios que Luna Pizarro no esté en el Congreso y así escribe una carta al prefecto de Arequipa, general La Fuente:


” ¡Qué malditos diputados ha mandado Arequipa!
…Si Vd. Ama a su patria debería empeñarse en que varíe esta maldita diputación. Luna Pizarro engañó a Rivera Agüero, Luna Pizarro echó a Monteagudo y a San Martín, Luna Pizarro perdió a la Junta de Gobierno, por culpa de Luna Pizarro entró Torre-Tagle, por Luna Pizarro se perdió el Perú eternamente y por Luna Pizarro se volverá a perder, pues tales son sus intenciones”

Con diputados tan poco proclives a Bolívar, Bolívar consigue que el propio Congreso General, por él convocado, suspenda sus funciones y entre en receso.

Arequipa no le era favorable al Libertador. En una carta que Bolívar le dirigió a Hipólito Unanue, eminente catedrático de anatomía de la Universidad San Marcos de Lima y Ministro de Hacienda en el gobierno de Bolívar, asevera:


“Arequipa está llena de godos y de egoístas: aseguro a Vd. que con toda prevención favorable que les tenía, no me han gustado. Es el pueblo que menos ha sufrido por la patria y el que menos la quiere”


Al no poder el gobierno eliminar a los diputados de oposición, entonces recurre a invalidar los poderes de los diputados de Cusco, Lima y Arequipa. De todos modos la mayoría bolivariana termina por anular el Congreso. Por esas mismas fechas el gobierno le retira a los municipios el derecho de elegir a sus autoridades centralizando el poder de decisión en el propio gobierno. Después de eso el gobierno decreta que los prefectos convoquen a los Colegios Electorales de las provincias y que aprueben directamente la Constitución Vitalicia y el nombramiento de Bolívar como Presidente Vitalicio

En Lima crecía el descontento contra Bolívar y Bolívar veía conspiradores por todas partes, entre los supuestos conspiradores padecieron persecución el general Mariano Necochea, a pesar de haber luchado por la Independencia de Argentina, Chile y Perú. El no ser colombiano fue el gran baldón que hizo que fuese expulsado del Perú. Antes de irse devolvió las condecoraciones al gobierno de Bolívar pues del Perú solo quería llevarse “las heridas de guerra”.

Otro perseguido fue el General Guisse, un militar con una larga tradición que lo lleva desde servir a las órdenes del almirante Nelson hasta servir a las órdenes de San Martín como contraalmirante de la escuadra peruana. Héroe de muchas batallas, participó en el sitio de El Callao. Con unas acusaciones falsas es detenido en Guayaquil. Bolívar ordena remitirlo, por tierra, a Lima para ser juzgado. Cuando iba a mitad de camino Bolívar ordena regresarlo a Cuenca, en Ecuador, así lo mantenía lejos de Lima y del contacto con el resto de los disidentes. 17 meses después de ser apresado comenzó su juicio bajo Consejo de Guerra. Este Consejo de Guerra, después de que Bolívar pierde el poder en Perú en 1827, lo declara inocente. Guisse moriría al año siguiente luchando en Guayaquil contra las fuerzas de Bolívar.

Juan Félix de Berindoaga y Palomares, vizconde de San Donás, había sido ministro de Torre-Tagle a quien siguió al refugiarse en el Real Felipe de El Callao. Apresado cuando escapaba de las malas condiciones de vida existentes en el Real Felipe, es juzgado por haber negociado secretamente la entrega del Perú a los españoles mientras fue Ministro de Guerra, y condenado a muerte y ejecutado en la Plaza de Armas de Lima, a pesar de las solicitudes que se le hicieron a Bolívar de conmutación de la pena. Al día siguiente Bolívar organizó, en su residencia de la Magdalena, una gran fiesta con numerosos invitados. Bolívar le había cobrado, al parecer, que Berindoaga hubiese firmado, junto con otras personas de Lima, un escrito de rechazo a la dictadura del Libertador.

Otros nombres se unirán a estos, cada uno con su historia de oposición o conspiración, nombres como Bernardo Monteagudo, Hipólito Unanue, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Jose María Pando y Jose Faustino Sánchez Carrión.

En Setiembre de 1826 Bolívar enfrenta problemas internos en la Gran Colombia, la delicada unión está por romperse en tantos pedazos como intereses hay en las naciones que la componen. El sueño de Bolívar está a punto de estallar y Bolívar se dirige hacia Colombia a bordo del bergantín “Congreso” mientras deja en el Perú un Consejo de Gobierno encargado de llevar adelante la imposición de la Constitución Vitalicia. Aquí comienza el principio del fin que acabará en la casa de un español en Santa Marta un triste día, el 17 de diciembre de 1830

El último bastión inexpugnable, contra la Constitución Vitalicia, fue la Corte Suprema de Justicia donde se logró que los magistrados no aprobasen la Constitución Vitalicia. Ante este hecho Bolívar presiona al Cabildo de Lima para que declare la validez de las actas de los Colegios Electorales. Esta misma presión la ejerce el gobierno contra todas las autoridades Limeñas, civiles, militares e incluso eclesiásticas para que todos juren fidelidad a la Constitución y Presidente Vitalicio.


Andrés Santa Cruz Calahumana
Presidente del Perú
(La Paz, Bolivia, 1795 – Versalles, Francia, 1865)

Las tropas de Lima se sublevan el 26 de Enero de 1827, cae el Consejo de Gobierno dejado por Bolívar y ante el descontento general y de conformidad con la solicitud presentada por el pueblo de Lima, el Presidente del Consejo de Gobierno, Andrés Santa Cruz Villavicencio, convocó el 27 de enero de 1827, un Congreso Constituyente Extraordinario, desconociendo de facto la Constitución Vitalicia de Bolívar y se convocan unas nuevas elecciones para la presidencia de la República. La dictadura de Bolívar había concluido.

Simón José Antonio Antonio

de la Santísima Trinidad

Bolívar y Palacios

(Caracas 1783, Santa Marta 1830)

lunes 23 de junio de 2008

BOLÍVAR, LIBERTADOR DEL PERÚ


Simón José Antonio
de la Santísima Trinidad
Bolìvar y Palacios

En todas las andaduras por el Perú, paseando por las bellísimas plazas de armas de las distintas ciudades peruanas, voy pensando en toda esa imaginería de exaltación de las glorias patrias y, al mismo tiempo que me llama la atención la excesiva glorificación de las figuras militares sobre las civiles, voy notando como la imaginería responde más a las renombradas figuras de la República y de las luchas con Chile que a las figuras de la emancipación americana. Y más aún, acostumbrado al culto, cercano a la latría, que existe en Venezuela a la figura de Simón Bolívar, no deja de llamarme la atención la, prácticamente, ausencia de monumentos al recuerdo del Libertador. En Venezuela ya es poco lo que no hace referencia a Bolívar y al Libertador, y en Perú casi no hay nada.

En Lima he visto dos monumentos al Libertador, uno es la estatua ecuestre en la Plaza Bolívar o del Congreso, premonitorio lugar para Bolívar ya que la Plaza se llamaba anteriormente Plaza de la Inquisición por haber estado allí el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Curioso lugar donde los limeños han puesto a Bolívar. Esta estatua ecuestre de Lima (develada en 1859) es idéntica a la que está en la plaza Bolívar de Caracas (develada el 07-11-1874) ya que la estatua caraqueña fue hecha usando el mismo molde de yeso hecho por Adán Tadolini en Italia previo permiso de las autoridades peruanas.

El otro monumento, más reciente, esté en el poco frecuentado municipio limeño de Pueblo Libre, en la encantadora Plaza Bolívar que acoge a la Municipalidad y a un muy didáctico Museo de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.

Ahondando la historia, alejado de las influencias interesadas de la historiografía venezolana y de los aún más tendenciosos discursos oficiales del papel emancipador de Bolívar, me propuse oír las versiones peruanas del común de la gente, al mismo tiempo que me documentaba con historiadores peruanos. Unos y otros coinciden en valorar de modo contradictorio los alcances de la actuación de Bolívar en la Emancipación del Virreinato del Perú y en los pasos que se dieron en la primera República Peruana.

Estatua ecuestre de Simón Bolívar en Lima


Tal vez tengan los peruanos, actualmente, una visión más correcta de los sucesos emancipadores de comienzos del siglo XIX. Estamos acostumbrados a oír las versiones del enfrentamiento entre naciones, España vs nacientes naciones americanas, cuando lo que ocurrió fue un desgajamiento en la sociedad americana, en las propias familias americanas, lo que bien puede ser hoy llamado como una “guerra civil” o como la revulsión interna destinada a corregir los males inherentes a cada sociedad en particular. Cada parte de Hispanoamérica, desde la alta California hasta el sur de la Argentina o de Chile han ido conformando, a lo largo de 300 años, sociedades o reinos, que van alcanzando la madurez y el sentido crítico, con voluntad decidida de introducir las reformas sociales y políticas que la historia evolutiva de los pueblos va haciendo necesarias.





Manuel Amat i Junyet
Virrey del Perú




En el Perú de finales del siglo XVIII sobrevive el poderío de la aristocracia colonial hispana: es la Lima frívola y mundana de Micaela Vargas, la Perricholi, y del jacarandoso Virrey Marqués Manuel Amat i Junyet, viejo rijoso y representante conspicuo del siglo dieciocho colonial, cliente de palio y jarana, jaleador en Acho de buenos toreros, paradigma de la Lima churrigueresca que goza alegremente de la servidumbre indígena. La Lima de los Marqueses de Torre-Tagle, serviles de la Revolución que pronto traicionarán. Porque, en realidad, en Lima toda o casi toda, la clase "decente" es goda o agodada. Una Lima que verá su esplendor en edificios civiles, religiosos y militares: La casa del Marqués de Torre-Tagle, el convento de las Nazarenas y el Real Felipe. La Lima virreinal, que celebra amancaes y baila en saraos con fandangos y zamacuecas, está por terminar.





Marqués de Torre-Tagle



Con la independencia o emancipación de las sociedades hispanoamericanas se fundaron, a veces artificialmente, las naciones americanas, pero las sociedades virreinales pervivieron en las nacientes repúblicas. Se cambiaron los estados nacionales, pero la sociedad tardó mucho más en adaptarse al cambio. La mayor parte de los cargos burocráticos del Virreinato permanecieron inalterados en la República. Nombres tan ilustres como Gamarra, La Mar, Vidaurre o Castilla fueron presidentes de la República del Perú habiendo sido antes oficiales del Rey de España. Incluso las leyes que rigieron la sociedad civil y militar, hasta bien entrado el siglo XIX, estuvieron fundadas en toda la legislación virreinal.

En la Emancipación se conjugaron múltiples circunstancias, unas intelectuales, otras sociales, otras políticas, y cohabitando con algunas de ellas los deseos personales, el especial “chauvinisme” de cada quién, ambiciones personales de poder o de posesiones. Una de las aproximaciones a las causas de la emancipación, y de las más importantes, es el conocimiento que cada sociedad tenía de ser una entidad geográfica, con una historia común, con unas circunstancias sociales y económicas, que la individualizan de las demás. Tal vez sea el caso peruano uno de los más claros ejemplos porque esta identidad ya es puesta de manifiesto tan temprano como en siglo XVII como para que sea recurrente en los escritos del Inca Garci Lasso de la Vega, nuestro inmortal Garcilaso de la Vega.

En el la Real Audiencia de Quito la revolución de 1809, la encabezan cuatro marqueses criollos: el Marqués de Selva Alegre, el Marqués de Solanda, el Marqués de Villa Orellana y el Marqués de Miraflores. Desconocían la autoridad local española y se revelaban para:


"la conservación de la verdadera religión, la defensa de nuestro legítimo monarca y la propiedad de la patria"




Como en otras regiones de la América Hispana, la revolución enfrentó la indiferencia y la hostilidad de la gente común. Más parecía una revolución de nombres en defensa de sus propios privilegios.

Después de conocidos en América los sucesos de Bayona (Abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando y nombramiento de José I Bonaparte como Rey de España) se forman las Juntas Americanas para defender los derechos que, sus pueblos y comunidades, tenían como depositarias de la soberanía que viene de Dios. En virtud de esa creencia tomista asumen su propio gobierno en tanto en cuanto el Rey legítimo estuviese preso en Bayona por los franceses.


La familia Real de Carlos IV por Francisco de Goya

El Cabildo de Lima mantuvo los derechos corporativos que le habían sido quitados por la corona de España y a cambio se sintió obligada a apoyar la monarquía borbónica a raíz de los sucesos en España de Mayo de 1808. Durante el lapso liberal que desemboca en las cortes de Cádiz de 1812 el Cabildo Limeño tiene que abandonar las prácticas absolutistas y plegarse al nuevo pacto social que representa la Constitución Española de 1812. El Cabildo Limeño antes que pensar en una emancipación lo que pretende es mantener una autonomía institucional respetando tanto a la monarquía como a las autoridades del Virreinato.

Estos sucesos en torno a la Constitución de 1812 nos indican cual era el ambiente en el Virreinato del Perú por los mismos años en que bullían los movimientos emancipadores, primero en Tacna en 1811, en Huánuco en 1812 y la más importante de todas, la de Cusco de 1814, que se extiende a buena parte del Virreinato por la confrontación entre el Cabildo Constitucional y la Real Audiencia de Cusco. Las luchas entre ambos se alargaron hasta 1815 con la victoria final de los realistas.

El bando proclamado por Francisco Antonio de Zela y Arizaga (Lima 1786-Panamá 1821), quien dirigió el levantamiento de Tacna en 1811, es sintomático de lo que ocurría. No tenemos documentos que demuestren el carácter político del alzamiento, ni tampoco el bando reflejó el deseo de cambio de cabildos o corporaciones ni las aspiraciones gremiales de nadie. Más bien el carácter general de la proclama es la fidelidad a la corona española. En la proclama, Zela, manifiesta ser:


“…el más fiel esclavo de nuestro señor don Fernando VII...”


Y declara en su proclama haberse levantado:


“… en virtud de la justa defensa que se hace para la conservación de estos justos dominios en beneficio de nuestro oprimido soberano, el señor don Fernando VII y de quien justo título tenga al trono español”

Es evidente la poco “emancipadora” voluntad que tenían estas insurrecciones.



Fernando VII por Francisco de Goya


La de Cusco de 1814 es una rebelión más contra el constitucionalismo nacido en Cádiz por parte de los partidarios del absolutismo de Fernando VII y el surgimiento de una tercera vía que proclamaba la restitución de las leyes naturales, abolir la autoridad real y unirse a los emancipadores de Buenos Aires.

Las pocas ambiciones emancipadoras de la sociedad peruana hacen que no sea hasta 1820 en que San Martín y O'Higgins logran organizar la expedición que sería el primer paso para la liberación del Perú de la Corona Española. Así se produce el desembarco del general José de San Martín, en la bahía de Paracas.

El 21 de agosto de 1820, se embarcó el Ejército Unido en Valparaíso a bordo de 11 barcos, bajo bandera chilena y mando de Thomas Cochrane. Contaba con un ejército de 4.118 soldados de los cuales la mitad eran negros libertos. El 7 de septiembre la expedición libertadora estuvo frente a la bahía de Paracas, en las costas de Pisco, actual región Ica en el Perú, y el día 8 de septiembre de 1820, desembarca y ocupa Pisco. Desembarcado, José de San Martín, dirigió una proclama a sus tropas y estableció un código de ética a sus tropas para el mejor comportamiento de las mismas durante la campaña que iba a iniciar.


José de San Martín y Matorras
(Yapeyú, Argentina, 1878 - Boulogne sur Mer, Francia, 1850
)


¿Representaba San Martin las ambiciones expansionistas del antiguo Virreinato de la Plata? ¿Representaba O`Higgins las ambiciones expansionistas de Chile? Sean cuales fueran las verdaderas causas que los movieron, estas operaciones militares sobre el Perú se conocen hoy como la “Corriente libertadora del Sur”

El 14 de septiembre de 1820, el virrey del Perú, Capitán General Joaquín de la Pezuela, que había jurado cumplir la Constitución Liberal de 1812, por orden de Fernando VII, envió una carta a José de San Martín ofreciéndole entrar en negociaciones. El día 15, San Martín aceptó entrar en negociaciones. A partir del día 25 de septiembre, los patriotas y realistas comienzan las primeras negociaciones en lo que se ha denominado las Conferencias de Miraflores y que concluyeron el 4 de octubre sin llegar a ninguna conclusión.


El ejército realista al mando del general José de Canterac, ya había dejado Lima, rumbo a la sierra, el 25 de junio de 1821. Álvarez de Arenales fue enviado en su persecución. El ejército patriota, estaba a punto de presentar una batalla frontal, cuando el general San Martín, lo impidió: era indudable que San Martín no deseaba un enfrentamiento frontal con las tropas españolas.

El 5 de junio de 1821, el nuevo virrey del Perú capitán general José de la Serna e Hinojosa, anunció a los limeños que abandonaba Lima para refugiarse en el Callao, al amparo de la fortaleza del Real Felipe. El sábado 28 de julio de 1821, en una ceremonia pública muy solemne, José de San Martín y Matorras, proclamó la independencia del Perú. Primero lo hizo en la Plaza de Armas, después en la plazuela de La Merced y, luego, frente al Convento de los Descalzos. Según testigos de la época, a la Plaza de Armas asistieron más de 16.000 personas. El libertador San Martín exclamó:


" el Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que dios defiende
viva la patria! ¡viva la libertad! ¡viva la independencia!"

Las fuerzas realistas abandonan Lima y se refugian en la sierra, el Virrey de la Serna y el General Canterac se encuentran en Jauja en Octubre de 1821. Este será el último bastión realista hasta la intervención de la “Corriente libertadora del Norte” la acción militar de la Gran Colombia que ya estaba libre desde Carabobo, el 24 de Junio de 1821.

Luego de la Batalla de Pichincha, la Gran Colombia había eliminado la mayoría de los contingentes realistas en su territorio y la amenaza mayor paso a ser el Perú, donde en la sierra se encontraba el último ejército realista superviviente y donde el gobierno del Protector José de San Martín había sentado las cimientos independizando Lima y el Norte Peruano.




Proclamación por San Martín de la Independencia del Perú
el 28 de julio de 1821


Simón Bolívar había logrado aprovechar la poderosa base de la Gran Colombia que le permitiría terminar con el largo proceso emancipador en el Perú que luego del impulso que significo las campañas de San Martin en Chile, lucia estancado en el Perú por los conflictos internos en que se sumergió el gobierno de la República del Perú, y más tarde por la inestabilidad del Protectorado tras la retirada de San Martín. Simón Bolívar sabía que el último reducto se encontraba en el Perú y que, si quería asegurarse la independencia, no podía ignorarse a los realistas acantonados en la sierra peruana y en el Alto Perú.

Simón Bolívar y Palacios
(Caracas1783 – San Marta 1830)

En la entrevista de Guayaquil los dos libertadores, Bolívar y San Martín, trataron el tema de a quien correspondía la soberanía sobre la Provincia Libre de Guayaquil, pero más importante aún, cual seria la solución para la independencia del Perú y cual seria el sistema político que se instalaría: uno monárquico constitucional, como deseaba San Martín, o Republicano como lo quería Bolívar. Pero siempre ambos sistemas independientes de España. Así mismo San Martín le ofrecía a Bolívar la unión de los dos ejércitos concediéndole, incluso, el mando de los ejércitos unidos.

La entrevista se saldó favorablemente para los intereses de la Gran Colombia que ratificó su anexión de Guayaquil. Ante el retiro del Protector y las desafortunadas derrotas militares durante el gobierno del presidente Riva Agüero, el congreso peruano decidió solicitar la intervención de Simón Bolívar. Bolívar ya había enviado antes al General Antonio José de Sucre, que mantuvo la autonomía de las agrupaciones militares de Colombia. Bolívar, se embarca para el Perú y arriba a Lima el 10 de septiembre. Los encuentros del año 1824 serían favorables para los grancolombianos, las tropas grancolombianas triunfaron en la Batalla de Junín a las órdenes de Bolívar, y en la Batalla de Ayacucho a las órdenes de Antonio José de Sucre. Finalizado el sitio del Callao en enero de 1826, termina el proceso independentista del Perú.


Conferencia de Guayaquil el 26 de julio de 1822
A la izquierda Bolívar, a la derecha San Martín