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viernes, 27 de julio de 2007

GLOSANDO A CIORAN



A Renzo, amigo aprendiz de lúcido

Emil Mihai Cioran Comaniciu, nació en 1911, en el pequeño pueblo de Rasnari, en plenos Cárpatos, Rumania, en el seno de una familia religiosa; su padre fue Emilian Cioran, un pope de la iglesia ortodoxa de Rasnari y su madre, Elvirei Comaniciu, una mujer depresiva. Cursó estudios en la ciudad de Sibiu en la sugestiva región de Transilvania. Desde los 22 o 23 años en que acaba sus estudios en Sibiu, padece una enfermedad que lo acompañará toda su vida y que lo hará llegar a las más altas cotas de la desesperación existencial y a las más altas cotas del pensamiento lúcido, padeció toda su vida de un insomnio que, por otro lado, fue altamente productivo en cuanto a creación intelectual. De sus primeras crisis existenciales sale a través de la escritura, a través de la interiorización de todas sus angustias al explayarlas pergeñando cuartillas. Estudió filosofía en Bucarest y poco después de licenciarse, en 1933, publica su primer libro escrito en rumano: “En las cimas de la desesperación”. En 1937, gracias a una beca del Instituto Francés de Bucarest, va a Paris para cursar el doctorado en filosofía. Allí se convierte en un consuetudinario estudiante de la Sorbona sin llegar a culminar ningún estudio. Durante estos años sigue escribiendo en rumano libros como: “El ocaso del pensamiento”, “El libro de las quimeras”, “Breviario de los vencidos”, “De lágrimas y santos”.

En 1940 se radica definitivamente en Francia y comienza a escribir sus libros en francés con la publicación de “Breviario de Podredumbre”. Libros como ,“Ese maldito yo”, “Historia y Utopía”, “Silogismos de la amargura”, “Ejercicios de admiración”, “La caída en el tiempo” van deshilvanando sus angustias vitales. En 1946 se declara oficialmente apátrida al renunciar, de modo oficial, a su nacionalidad rumana. Aunque siempre fue un solitario fue muy amigo de Samuel Beckett y de Eugene Ionesco, con quienes se codea en el uso de un lenguaje irónico y corrosivo. A través de todos sus escritos se vislumbra como un destino suicida, un suicidio al final de todo. Sin embargo, la persona que más lo ha tenido presente, es la menos dispuesta a realizarlo. Fue constante preocupación en sus escritos el deseo de morir, tanto, que renunció a todo por él, incluso a la muerte. Cioran, el profeta del suicidio que nunca realizó porque sus reflexiones sobre la inutilidad del mundo o sobre la nada de la vida no aseguran la desesperación necesaria para hacerlo y así dirá que los seres humanos nunca se suicidan por razones exteriores sino por desequilibrios internos, orgánicos. ¿Y por qué nunca se suicidó?, sencillo, porque le repugnaba tanto la muerte como la vida. Además, recreándose siempre en su tristeza y en su melancolía, refutará el suicidio con este Silogismo de la Amargura: “¿No es inelegante abandonar un mundo que tan gustosamente se ha puesto al servicio de nuestra tristeza?”.

Muere en París en 1995, a los 84 años, después de soportar unos agónicos años de padecimiento de Alzheimer.

Fernando Savater dijo de él que era: “el último de los gnósticos, un moralista al estilo de Chamfort, un budista occidentalizado, un schopenhaueriano sin pedanterías y el pesimista que monta guardia en una Europa beatificada por la autocomplacencia”. Por encima de todos los adjetivos, Cioran era un hombre lúcido. Emil M. Cioran, un hombre lúcido que generó, en infinitas noches de insomnio en las que entre momentos de enajenación y de delirio la mente, libre y clarividente, es capaz de construir ideas. Mente transparente, mente luminosa, clara, capaz de construir ideas sin la contaminación de un delirio. La lucidez es casi siempre momentánea, es un delicado y débil equilibrio inestable entre dos etapas diferentes de anormalidad. Es un destello creativo en las tinieblas de la vulgaridad, es una explosión de conocimiento que después se apaga rápidamente. Y ese conocimiento que se transmite por el lenguaje tiene, además, el encantamiento que las mismas palabras producen por su contenido y por su construcción.

Cuando divaga sobre normas de conducta, Emil M. Cioran usa el apotegma, que no es más que esa construcción literaria a través de la cual se rinde culto o se declara un principio de conducta. Y muchas de sus citas son apotegmas que visualizan la conducta humana, a veces queriéndola normar aún más, o simplemente haciéndonos recapacitar en el absurdo de muchos de los apotegmas presentes en nuestras vida. El conocimiento de que la actividad mental produce divagaciones en los campos del intelecto, en los conceptos morales, en las apreciaciones estéticas e incluso en las creencias religiosas es consecuencia de la unión de cuerpo y alma cuyos aspectos que nos ofrece la vida son abstracciones de la unidad. Alma y cuerpo indivisibles, uno no existe sin el otro, uno es consecuencia del otro sin que podamos decir cual. Destellos de lucidez nos hacen entender estas ambivalencias, pero no siempre dispondremos de las palabras justas para transmitirlas. Ya es mucho que en un relámpago de entendimiento se nos hagan transparentes. El conocimiento que tenemos del ser humano y de su trascendencia, es un conjunto de abstracciones de fenómenos de nuestro mundo físico, ese mundo que explican sociólogos y sicólogos y anatomistas. Pero el hombre como elemento único forma parte del conjunto de la idea universal de la cual él es una particularidad. El ser humano lo es en la universalidad del concepto y el individuo lo es en la particularidad de ese concepto. Si queremos entender a un hombre debemos entenderlo en el concepto unívoco de ambas concepciones. Y sin embargo cada individuo tiene la conciencia de ser único. La mayor o menor “cantidad de conciencia de unicidad” que tienen los individuos condiciona su desarrollo en la vida y lo hará un individuo en mayor medida más humano en lo universal. Emil M. Cioran, con sus dicterios nos ayuda a entender algunas de las características del sentido vital que hacen de la unicidad el anhelo del hombre. Muchos de los conceptos emitidos por Cioran son antinomias manifiestas, porque la vida es un complejo muestrario de las mismas. Pensarlas, digerirlas y asumirlas lleva muchas veces a la tragedia, lo cual constituye el centro de gravedad de la condición del hombre, el debatirse con las antinomias. Esas antinomias son el embrujo que producen las palabras que son las que presentan el dilema conceptual.

Cioran tiene la particularidad de hacernos meditar sobre nuestra conciencia, sobre la conciencia que, en el sentido hegeliano, es “la relación entre el yo y el objeto”. Cioran nos hace tomar conciencia de nuestra conciencia y a eso es a lo que llamamos lucidez, que además es uno de los atributos del ser humano ya que los seres animales “saben”, pero solamente el ser humano “sabe” que sabe”. Y una vez más la lucidez es el resplandor, el rayo de ese saber que se sabe. La lucidez es también el corrimiento del velo, el despertar, el deshacer el engaño que la vida nos crea. Paul Valery habla de “saber desmontar el mecanismo de todo, ver dentro, cesar de estar engañado”. Y así Valery valora al ser humano por su capacidad de no consentimiento de lo montado, es decir por el grado de lucidez que haya alcanzado.

Los grados de ese despertar, de ese renacer al conocimiento, se calibran cuando nos preguntamos: ¿Hasta dónde llegué en la percepción de la irrealidad?. La lucidez nos ayuda a llegar al fondo de los razonamientos teoréticos hasta el punto de que se limita al mero conocimiento sin siquiera querer remediar nada. La lucidez llega al diagnóstico, lo muestra, lo recrea, pero no lo remedia.

Y Cioran usará el silogismo como si la propia vida fuese una triple proposición en la cual la última de ellas fuese la consecuencia dramática de las otras dos. Porque vivimos, como decía George Santayana, “dramáticamente en un mundo que no es dramático”, es decir que, independientemente de cómo enfrentemos el drama de la vida, en sus anhelos básicos de subsistencia y trascendencia, el sentido de vida del espíritu es el incremento de su unicidad, el espíritu lo que quiere es ilusionarse con su propia importancia. Este anhelo de unicidad es casi una forma de locura, en el sentido de estado excepcional de la mente.

La genialidad de Cioran estriba en que es capaz de hacernos ver el desapego necesario que deberíamos tener de las ideas. Nos hace vislumbrar la cantidad de ideas que nos fascinan y que nos esclavizan; aún en el más escéptico de los hombres el cúmulo de ideas y de creencias que subyace en su personalidad es inmenso. La lucidez nos hará ver lo que de esencial tienen algunas ideas, aquellas que no permiten ser calificadas o justificadas y que nos llevan directamente al conocimiento de la inanidad, de lo fútil, de lo vacuo. Se nos revela el vacío vital cuando somos conscientes de que “la realidad es una creación de nuestros excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desvaríos”.

Emil Cioran

GLOSAS

1

“Somos todos unos farsantes: sobrevivimos a nuestros problemas”

Una de las citas que más me gustan de Cioran, en efecto, somos unos farsantes que todos los días amanecemos a un mundo nuevo en el que vamos construyendo las soluciones de nuestros problemas o simplemente los vamos olvidando, pero siempre sobreviviendo por encima de ellos o deleitándonos en ellos. Nos mantiene vivos lo azaroso que tiene la vida; si todo fuera predecible seríamos todos suicidas.

2

“La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios


“El sueño de la razón produce monstruos”, apuntaba Goya para uno de sus oníricos grabados. La mente que alberga y conserva y alimenta los sentimientos de hostilidad del lúcido palabreador sobre el mundo, es la titánica tarea de un solitario resentido. El gran pensador Luis Vives decía que “el odio nace de un temperamento frío” y que el rencor era “una enemistad antigua y una ira envejecida”. Inconformidad, enemistad antigua contra la que se construyen nuevas ideas para enterrar las viejas. Tanto lo amado como lo aborrecido son la fuente inagotable de acciones y ensoñaciones, de deseos y de sentimientos, de formulación de ideas.

3
“Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba los acontecimientos; nosotros no sabemos como escapar a los que nos acosan”

La lucidez es un estado de conocimiento entre dos estados de locura. Dicen que Don Quijote estaba loco porque se inventaba los acontecimientos y los problemas. ¡Pues que vitalidad tenia! ¡Maravillosa insania!. Nuestros tiempos nos hacen agónicos los embates de la vida y él, simplemente, los aumentaba con la creación e intento de resolución de los nuevos. Desde el punto de vista de la edad de la civilización, nosotros somos unos viejos sin fuerza.

4
“No merece la pena matarse; siempre lo hace uno demasiado tarde”

Siempre es tarde, todo sucede demasiado tarde. El conocimiento nos llega cuando el conocimiento ya no es necesario. Cuando tenemos la lucidez suficiente para entender lo que pasó, ya pasó el momento en que hubiese justificado una solución final. Buscamos el sentido de la vida y afortunadamente no lo encontramos, porque la vida no tiene un sentido práctico, si lo tuviese, si tuviese un fin o una dirección y si el suicidarse fuese un fin en si mismo le daría sentido a la finalidad de la vida lo que la haría de por sí insoportable.

5
“Quien ama su independencia debe estar dispuesto, para salvaguardarla, a cualquier infamia, a la ignominia inclusive”

La defensa de la independencia no es la defensa de las ideas ni muchísimo menos la defensa de las ideologías, Nuestra independencia nos viene por la certeza de nuestra unicidad que siempre va a ser chocante con las unicidades ajenas. De ese choque y esa lucha podemos esperar el vernos sometidos a que nos desprecien y a que nos pierdan la estimación o el respeto ajeno, a que nos humillen y a que nos avergüencen. Pero este sentimiento es bidireccional, puede que por defender nuestra independencia seamos nosotros las víctimas, pero también puede que tengamos que ser los actores para su salvaguarda.

6
“El problema de la responsabilidad sólo tendría sentido si nos hubiesen consultado antes de nuestro nacimiento y hubiésemos aceptado ser precisamente ese que somos”

En el eterno discurso del hombre entre la vida y la libertad, unos y otros se entrecruzan, se potencian, y en muchísimos casos se oponen. Los valores de la vida a veces se oponen a las libertades y el ejercicio de las libertades contrasta con los valores de la vida. No llegamos a este mundo con la escogencia pretérita de unos determinados valores para obtener determinadas libertades. No nos es permitido escoger nuestros valores éticos antes de ser creados pero sí se nos va a juzgar por los que el ejercicio de nuestras libertades nos haya adjudicado. En las civilizaciones primitivas la responsabilidad individual es responsabilidad parcial del grupo social y se considera que puede haber responsabilidad aún en actos inconscientes. En nuestra moderna cultura occidental destacamos la responsabilidad individual derivada de actos conscientes y voluntarios. Potenciar la responsabilidad individual haría cierto que nadie es responsable de lo que yo hago pero también sería cierto que no tendría responsabilidad en lo que hiciesen los demás. Kant hablaba de la asombrosa facultad del ser humano de ser una autoreferencia continua, es decir, de tener una conciencia que “Pone al hombre de testigo a favor o en contra de sí mismo”, en una compleja dualidad en la que se es juez y acusado. Y, ¿dónde aparece el sentimiento de culpa?, pues cuando aparecen en los juicios los conceptos de “responsabilidad” considerando lo que pasó y lo que pudo haber pasado derivado de lo que se esperaba de mí.

7
“En un libro gnóstico del siglo II de nuestra era se dice: <> Como sólo se reza en momentos de abatimiento se deduce que ninguna plegaria ha llegado a su destino.”

Estamos abatidos cuando de modo repentino pasamos de anhelos impulsivos o vehementes a un estado de paz y sosiego que se nos vuelve doloroso por no estar acostumbrados a él. Los anhelos de divinidad sosegados por la impotencia de no conocer o de no satisfacer la pasión de conocimiento de la divinidad y recobrar el conocimiento nos abaten. ¿Y qué hacemos?. Rezar, interceder, pedir; rezar, ese verbo egoísta que pide suplir nuestras carencias o nuestras impotencias. El gnosticismo presupone que nuestro ascenso en el conocimiento tiene como premisa nuestro reconocimiento de seres mortales. Cuando nuestras fuerzas escasean y creemos no poder completar ese ascenso en la unicidad, pedimos ayuda, intercedemos, rezamos. Sí, es cierto, solo rezamos en momentos de abatimiento, en momentos de impotencia, en momentos en que necesitamos algo.

8
“A veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o a mengano como por el de vomitarlo”

Si una de las características del amor es el aprecio, entonces uno de los mayores logros del desamor es el desprecio. Tanto el amor como el desamor es el aprecio o desprecio de algo que valoramos de alguna manera, y como el valor de las cosas y el precio que pagamos por ellas es variable en el tiempo, también nuestros amores y nuestros desamores cambian en el tiempo. Quisiéramos a veces liquidar a tal cual persona a quien no tenemos aprecio, y lo haríamos de las mil maneras con las que se pueden hacer desaparecer de nuestras vidas a quien despreciamos. Se dice que no hay mejor desprecio que no dar aprecio, pero algunos quieren llegar hasta la eliminación, si no física, sí al menos de nuestras mentes del ser despreciado. Una de ellas sería deglutirlo y en un gesto de perfecto desprecio, expulsarlo de nosotros mismos en un solo vómito que regurgite personas e ideas. ¡ Lo máximo del desprecio !

9
“¿Qué le ocurre, hombre, pero qué le ocurre?. Nada, no me ocurre nada, es sólo que he dado un salto fuera de mi destino y ahora ya no sé a donde dirigirme, hacia qué correr...”

Suele decirse que la vida no tiene sentido y a las primeras se piensa en qué se quiere decir que la vida no tiene razón de ser o no tiene una finalidad, o que no tiene una dirección determinada preestablecida. Mentalmente construimos nuestra vida con una quimérica continuidad de etapas que queremos recorrer para llegar al objetivo final. Mentalmente ese camino lo construimos día a día y casi durante toda la vida, nos mantiene vivos el anhelar seguir quemando etapas. Eso construye en nosotros un “continuum” por el que queremos que todo lo que suceda sea perfectamente previsible. Pero a veces, muchas veces, hacemos cosas en la vida que nos sacan de ese “continuum” y pegamos un salto al vacío, pegamos un salto a lo imprevisto. En ese momento, sin una dirección, sin un sentido nuevo, quedamos perplejos, quedamos como confundidos al no saber que hacer, si regresar a la seguridad del destino preconcebido y conocido o enfrentar el nuevo rumbo. Esa incertidumbre que nos deja perplejos muchas veces será el motor de cambio de nuestro destino.


10
“Los desastres demasiado recientes poseen el inconveniente de impedirnos discernir sus lados positivos”

Todas las personas sufrimos, a menudo, fracasos en las actividades que emprendemos, bien porque las cosas no salen como nosotros queremos o porque esperábamos encontrar más o menos felicidad en el hecho acaecido. El análisis de lo que ocurrió, para llegar a ese “desastre”, parte de una explicación de por qué las cosas ocurrieron así y no como esperábamos. Las explicaciones que le damos dependen de nuestra subjetividad, de lo que comúnmente se llama el análisis pesimista o el análisis optimista del suceso. El pesimista aduce motivos personales si considera que es su culpa el suceso o aduce motivos inalterables si considera que siempre el suceso terminará así o aduce exageraciones cuando piensa que el suceso lo afectará para siempre. Estas dos últimas formas de evaluar el suceso transfieren al futuro las consecuencias del presente; de esa manera el desastre es una consecuencia del pasado que va a condicionar mi futuro. Por el contrario el optimista aduce motivos totalmente contrarios, el desastre no fue por mi acción ni durará siempre y no marcará todo mi destino sino una parte de él. Pues bien, si fuésemos capaces de hacer el análisis de lo ocurrido pero diferido en el tiempo, estaríamos rompiendo el esquema de acción daño-presente, efecto-futuro. Debemos analizar nuestros desastres alejados en el tiempo y encontraremos sus bondades.

11
“Nos odiamos porque no podemos olvidarnos, porque no podemos pensar en otra cosa. Es inevitable que nos exaspere esta preferencia excesiva y que nos esforcemos por vencerla. Odiarse es, sin embargo, la estratagema menos eficaz para lograrlo”

Lo contrario del amor es el desamor, lo contrario de querer es no querer. Pero ahora hablamos de no querer pero en cantidades exageradas, no querer hasta llegar a aborrecer, es decir, tener aversión por alguien. Dicen que del amor al odio hay un paso; ¿Por qué hay una línea tan delgada entre dos antónimos?. ¿Qué provoca que lo que primero queremos, después odiamos?. Los sentimientos colaterales del amor, como agrado, afinidad, aprecio, son sustituidos rápidamente por desagrado, aversión y desprecio que nos inducen a alejarnos de la persona odiada, a liquidarla incluso. El odio viene con otros sentimientos colaterales como furia e ira. El rechazo, el alejamiento es el fin que perseguimos con el odio, queremos borrarlo de nuestras vidas y de nuestras mentes; la imposibilidad de lograrlo, su permanencia en nuestras mentes hace que el deseo de rechazo sea siempre vehemente. Debemos aprender a disolver definitivamente de nuestras mentes la presencia animada o inanimada del objeto de nuestro odio. Su ausencia definitiva hará cesar los deseos de rechazo, su ausencia definitiva cancelará el odio. Ya lo dice el saber popular: “lejos de vista, lejos de corazón”.

1 comentario:

blacksad dijo...

Cioran...
Gran artículo.