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miércoles, 29 de agosto de 2007

EL PRINCIPADO DE ASTURIAS


El PRINCIPADO DE ASTURIAS

En el siglo XIV hay una guerra de sucesión entre los partidarios del Rey de Castilla Juan I y los partidarios el Duque de Láncaster que pretendía el trono castellano por los supuestos derechos derivados de su matrimonio con doña Constanza, hija del malogrado Pedro I. ¿A qué se debe que los litigios dinásticos hayan conducido a la creación del Principado de Asturias?
Escudo de Armas del Príncipe de Asturias

No se conocía en Asturias ningún señorío de importancia hasta finales del siglo XIII. Los poderes territoriales estaban en manos de los Obispos de Oviedo y de la Iglesia de San Salvador, si bien estos últimos años del siglo vieron aparecer el primer gran señor con título nobiliario como lo fue don Rodrigo Álvarez de las Asturias, figura señera de los reinados de Fernando IV y Alfonso XI. Pero este gran personaje, al morir sin descendencia, deja como heredero de sus propiedades asturianas al bastardo don Enrique de Trastámara, a quien prácticamente había prohijado, y que, con el tiempo, llegaría a ser Rey de Castilla como Enrique II.


Escudo de armas de los Álvarez de las Asturias

Cuando Enrique II, Trastámara, llega a ser Rey de Castilla, sigue la política de la época de fortalecer a los nobles, por razones de familia o de amistad íntima, mediante la donación de tierras y títulos. Enrique II concede a su hijo bastardo, Alfonso Enríquez, (primogénito por encima del sucesor Juan), la herencia de su señorío asturiano, adicionando a esta propiedad nuevas tierras que lo engrandecen en más de las tres quintas partes. Al conjunto de tierras del señorío y a esta nueva extensión de tierras, Alfonso Enríquez lo llamará:


“mi condado e señorío de Asturias”


Al morir Enrique II Trastámara, le sucede su primogénito legítimo, Juan, que tiene que enfrentar la rebelión de su hermano bastardo, Alfonso Enríquez, desde su señorío asturiano, en una guerra civil que durará hasta 1383 en que Juan I derrota definitivamente a su hermano y le revoca los títulos de propiedad que sobre el señorío asturiano había detentado hasta entonces, pasando estas tierras a ser de realengo (terrenos pertenecientes al Rey) lo cual garantizaba el control de estas tierras y gentes asturianas, según la Crónica:


“por quanto era gente bolliciosa e la tierra era montaña”


En 1388 Juan I decide vincular estas tierras realengas al heredero de la corona, Enrique, tenido en su matrimonio con doña Leonor de Aragón, y en su testamento del 21 de Julio de 1385, concede:


“... Otrosí mandamos al dicho infante mi fijo Enrique, que la tierras de las Asturias que nos tomamos para la Corona del Regno por los yerros que el conde don Alfonso nos fizo, que nunca la dé a otra persona, salvo que sea siempre de la Corona, así como lo nos prometimos a los de dicha tierra quando para nos la recibimos”


Las negociaciones finales con el Duque de Láncaster, en 1388, le dan el carácter oficial a la constitución del Principado como vinculado íntimamente a la Corona e imposibilitando que sea cedido a nadie que no sea la Corona misma. La Crónica de Juan I, al detallar lo acaecido en su reinado, nos relata lo pactado entre él y el de Láncaster, en estos términos:


“...otrosí, pusieron e ordenaron los dichos Rey don Juan e Duque de Alencastre en sus tratos que el dicho infante don Enrique (hijo y eredero de don Juan) oviese título de se llamar Principe de Asturias, e la dicha Catalina (hija del de Lancaster) Princesa...”


El acto protocolar de la investidura del heredero, como Príncipe de Asturias, era una costumbre heredada de otros países e incluso de otros señoríos del mismo reino. Recordemos que la Castilla de los siglos XI al XIV está fuertemente influenciada por los usos y costumbres francesas, así que, una institución como el Delfinado, debió haber influenciado la institución del Principado de Asturias. En efecto, pocos años antes, Juan I, había intentado poner fin al ascenso indetenible de una minoría nobiliaria que, en los señoríos de Lara y de Vizcaya, amenazaba el poder real, y así, en el mismo testamento de 1385, Juan I ordena que:


“... todo señorío de Lara e de Vizcaya e todo el ducado de Molina, con todos los logares que eran nuestros cuando eramos infante, que nos agora tenemos, fuesen para el infante don Enrique e para los otros infantes que fueren herederos de Castilla, e que sean siempre tierras apartadas para los infantes herederos, así como es en Francia el Delfinazgo e en Aragón el Ducado de Girona”


La primera juramentación se dio ante las Cortes reunidas en Palencia en 1388 donde prestaron juramento, como lo relata la crónica, Enrique, posteriormente Enrique III (1390-1406, llamado el Doliente), y Catalina, la hija del de Láncaster.

Estatuas yacentes de Enrique II y Enrique III el Doliente
en la Capilla de los Reyes de la Catedral de Toledo


Asturias había sido una unidad geográfica perfectamente definida en documentos, crónicas y diplomas; sus habitantes perfectamente definidos y sus características sociológicas y geográficas muchas veces citadas. La pérdida del Reino de Asturias, por el traslado de la Corte a León, que pone fin a la dinastía de Reyes Asturianos, y la posterior unión de León y Castilla en 1230, hace que Asturias pierda, como región perfectamente delimitada, una personalidad jurídicamente propia. Así, a todos los efectos administrativos, dependerá siempre de la Merindad Mayor de León y el Merino lo será de las tierras “de León y Asturias” pero con unas características individuales que la separan del resto. Así vemos como existen otros Merinos que derivando su autoridad de la del Merino Mayor, ejercerán su jurisdicción separadamente de León. Incluso la asistencia a Cortes y Hermandades lo hacen como un bloque separado que denota la conciencia de ente histórico definido.

El 2 de Octubre del año de la constitución oficial del título, 1388, el primer príncipe de Asturias, don Enrique, usa tal título para conceder el título de Alcalde Mayor a don Alfonso González de Argüelles. En 1390 muere su padre y accede a la Corona como Enrique III. Se casa con Catalina de Láncaster y su primogénita María es Princesa de Asturias (segundo Príncipe de Asturias) hasta que nace el primer varón, Juan, que será tercer Príncipe de Asturias en 1405, apenas un año será Príncipe ya que su padre muere cuando él tenía un año y accede al trono de Castilla como Juan II. Este rey, en 1444, ratifica las mandas de su padre, Enrique III, en la figura del Príncipe de Asturias para su primogénito don Enrique, de este modo:


“... fago vos merced de todas las cibdades e villas e lugares de las dichas Asturias, con sus tierras e términos e fortalezas e juresdiciones, con los pechos e derechos pertenecientes al señorío dellas, para que sean vuestras para en toda su vida, e después de vuestro fijo mayor legítimo, con condición que siempre sean las dichas cibdades e villas e lugares de las dichas Asturias vuestras, e que non podades enagenar e siempre sean del Principado”


Este Príncipe de Asturias, nacido de Juan II y de María de Aragón, hace el número sexto y reinará con el nombre de Enrique IV.

Aquí comienza una larga lista del título, hasta nuestros días, en la que don Felipe de Borbón y Grecia, hace el número 35. De entre todos ellos, destacaré la curiosidad de que, Alfonso XIII, nunca fue Príncipe de Asturias debido a que nació siendo Rey. Pero esto ya es otra historia.

viernes, 24 de agosto de 2007

LA SAGA DE LOS PIZARRO

Escudo de Armas de Carlos I

Saga, mejor que historia, es el relato de las vicisitudes de los Pizarro, después de que el principal de ellos, Don Francisco González, apodado “El ropero”, conocido posteriormente como Don Francisco Pizarro González, Gobernador, Adelantado y Alguacil Mayor de Nueva Castilla (Perú) y Marqués de la Conquista, hizo entrar a esta familia extremeña en la gran historia de Castilla y de Nueva Castilla.

La vida pequeña, la vida prosaica e insignificante, la vida del día a día de los hombres y mujeres que protagonizaron la Historia nos suele ser esquiva, es más, conocemos los hechos de los hombres que hicieron la Historia pero en el tiempo puntual en que ella ocurrió, ni relantándonos las historias pretéritas que produjeron aquellos hombres en sus circunstancia de vida, ni relatándonos tampoco que fue de ellos o de sus descendientes después de haber protagonizado la historia.

La historia del tiempo antiguo es la historia del tiempo contemporáneo en la medida en que se relatan los hechos del pasado pero con los ojos del presente, los hechos de la historia no existen hasta que el historiador los “recrea”. Confieso que en mi encuentro con las culturas del Perú he vuelto a crear y a recrear la saga de los Pizarro, briznas de hierba en las turbulencias de la historia y de la transculturización que es el sino y el destino de la humanidad; pareciera que los Pizarro, como tantos hombres que hicieron la historia, estuviesen todos animados por aquel impulso interior que los griegos llamaron la fuerza que reside en el yo pasional, el “thymós” , la fuerza que es mayor que los propósitos.



Francisco Pizarro, “el ropero”

¿Quién era ese Francisco, apodado “el ropero”?.

Hacía tres años que Isabel Trastámara se proclamaba Reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, tomando como base el Tratado de los Toros de Guisando, cuando, en 1477, Hernando Alonso Pizarro, uno de los muchos “fijosdalgos” de la epoca, con tradición hidalga castellana y castellano viejo que presumía de abuelos:
“…avidos e tenidos comúnmente por personas hijosdalgo según costumbre e fuero despaña”


se casó con Isabel Rodríguez Aguilar, del linaje y casa de los Hinojosa y tuvo varios hijos, de los cuales la memoria histórica ha resaltado a Don Gonzalo, a Don Juan Pizarro y a Don Diego Pizarro.

Don Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar, apodado “El largo”, “contino” de los reyes Católicos (contino es el oficial de una guardia de cien soldados que velaban “de contino” (continuamente) por la seguridad de los monarcas y su familia) se casó con su prima Isabel de Vargas y con ella tuvo varios hijos, el primogénito Don Hernando Pizarro de Vargas nacería 23 años después que Francisco Pizarro. Muerta su mujer Isabel, tuvo varios hijos más con dos criadas de la casa, María Viedma (con quien tuvo a Don Gonzalo Pizarro, “El Mozo”, a Catalina Pizarro y a Graciana Pizarro) y María Alonso (con quien tuvo a Don Juan Pizarro). Con otra mujer de quien la historia no recuerda su nombre tuvo a Francisca Pizarro que profesó muy joven. Este Don Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar murió en 1522 en las luchas de Navarra tras su incorporación al reino de Castilla. Antes de morir testó reconociendo a todos sus hijos, legítimos e ilegítimos, menos a uno, llamado Francisco.

Este hijo no reconocido lo había tenido con Francisca González Mateos en 1478, una descendendiente de Don Juan Mateos, labrador pechero de Trujillo, aunque cristiano viejo, perteneciente a una familia apodada “Los roperos”. Francisca, estaba soltera y servía en el convento de San Francisco el Real de la Coria, donde había profesado una tía de Don Gonzalo, Doña Beatriz Pizarro. Francisca fue seducida y embarazada por Don Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar. La joven sirvienta fue expulsada del Monasterio, al ser evidente su “ pecado”, y se refugió en casa de su madre donde dio a luz a Francisco Pizarro, “el ropero”, quien sería el futuro conquistador del Perú. Su madre se casó posteriormente y tuvo un segundo hijo, de nombre Francisco Martín de Alcántara, quien sería medio hermano, por parte de madre, de Don Francisco Pizarro y a quien acompañaría en sus aventuras americanas. De los hijos legítimos y legitimados por don Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar, varios fueron protagonistas de parte de la Historia del Perú: Hernando Pizarro de Vargas, Juan Pizarro Alonso y Gonzalo Pizarro, apodado “El Mozo”, de quien daremos cuenta de su historia en su tiempo histórico.

La historia de Francisco Pizarro, comienza en la cacereña localidad de Trujillo (la antigua Turgalium romana), no sabemos ciertamente la fecha, unos autores hablan del 16 de marzo de 1476, aunque otros autores mencionan el año de 1478 e incluso el 1472. Se crió en la alquería del Berrocal de Trujillo y según el historiador Francisco López de Gómara fue porquerizo, nada extraño viviendo en una alquería, y, como también era común en la época, no fue cultivado en letras.

En su juventud participó en las guerras de Italia, enrolado en los Tercios a las órdenes del Gran Capitan Don Gonzalo Fernández de Córdoba. Su aventura americana comienza con una expedición a la Hispaniola en 1502, después Panamá y el descubrimiento del Océano Pacífico en 1503. De 1519 a 1523 fue Encomendero, Regidor y Alcalde de Panamá. De 1524 a 1525 y de 1526 a 1528, realiza dos expediciones más al mítico reino del Birú que terminan en fracasos.

En la última expedición al reino del Birú protagoniza los hechos famosos de la Isla del Gallo, frente a la costa de Ecuador, que hizo entrar en la leyenda más que en la historia a los 13 de la fama. Un día, en el otoño de 1526, un grupo de soldados cansados y harapientos marcha errante en busca de un gran imperio que no aparece. Hasta ahora no han encontrado mas que dificultades. La soldadesca desanimada quiere regresar y Francisco Pizarro desenvaina su espada, traza con ella una larga línea en la tierra, de oriente a occidente, y lanza su reto:


“Por aquí se va a Panamá a ser pobre; por allá, al Perú, a ser rico y a llevar la santa religión de Cristo, y ahora, escoja el que sea buen castellano lo que mejor estuviere”

Tras unos instantes de duda unos pocos desecharon el miedo y continuaron con aquella expedición que, verdaderamente, era descabellada. Fueron trece, los trece de la fama, aunque el escribano de la expedición Francisco de Xerez menciona 16 que podrían ser los siguientes:


Bartolomé Ruiz, volvió a Panamá con el barco.

Pedro de Candía, natural de Candía (Grecia), era el único no español.
Cristóbal de Peralta
Alonso Briceño
Nicolás de Ribera,  tesorero de la expedición; llamado el viejo.
Juan de la Torre
Francisco de Cuellar
Alonso de Molina
Domingo de Soraluce,  mencionado a veces como Soria Luce.
Pedro Alcón
García de Jarén (o Jerez)
Antón de Carrión
Martín de Paz
Diego de Trujillo,  mencionado a veces como Alonso de Trujillo.
Gerónimo (o Alonso) de Ribera
Francisco Rodríguez de Villafuerte, el primero en cruzar la línea, según Garcilaso.


Sus nombres están inmortalizados en una placa en la misma capilla donde está enterrado Francisco Pizarro en la Catedral de Lima.



Francisco Pizarro
De sus aventuras americanas regresa a Castilla en 1529 donde su fama le precede y hace que la esposa de Carlos I, Isabel de Portugal, firme, en calidad de regente, las capitulaciones para la conquista del Perú, en la ciudad de Toledo, reconociéndolo como Gobernador, Adelantado en Indias y Alguacil Mayor de Nueva Castilla y le concede escudo de armas y un sueldo anual de 725.000 maravedíes (1.933 ducados, equivalentes a unos 43.500 euros). Pero estos títulos no fueron tan importantes como, al mismo tiempo, conseguir ser reconocido como un Pizarro más, bastardo, pero Pizarro al fin, hijo del Capitán de los Tercios Don Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar. En las mismas capitulaciones se le concedió el título de hidalgo y “caballeros de la espuela dorada” a los 13 de la fama.

El 10 de octubre 1537, Carlos I, le concede el título de Marqués según consta en una carta:


«Entre tanto, os llamaréis marqués, como os lo escribo, que, por no saber el nombre que tendrá la tierra que en repartimiento se os dará, no se envía ahora dicho título»

y como hasta la llegada de Vaca de Castro la Corona de Castilla no había determinado cuales las tierras y cuales vasallos serían los que constituirían el marquesado, es claro que don Francisco Pizarro no fue sino Marqués a secas, o marqués sin marca.

No obstante utilizó los títulos, históricamente espurios, de Marqués de los. Atavillos y de las Charcas. Su mayor edad y tantos honores le dieron preeminencia entre sus hermanos legítimos e ilegítimos, tan es asi que, al organizar una nueva expedición al Perú, se lleva con él al Mayorazgo de la Casa Pizarro, a su medio hermano Don Hernando Pizarro de Vargas, Capitán de los Tercios, que había luchado junto con su padre Don Gonzalo en las guerras de Navarra y posteriormente de Italia, como el mismo Don Francisco Pizarro. Asi mismo se llevó a sus medio hermanos bastardos Juan y Gonzalo Pizarro y a su medio hermano de madre Francisco Martín de Alcántara. Y también se llevó con su fama y títulos a sus primos paternos Juan Pizarro de Orellana, a Martín Pizarro y a Pedro Pizarro. Con él tambien fueron al Perú dos tíos suyos, hermanos legítimos de su padre Don Gonzalo Pizarro “el Largo”, que se llamaban Diego y Juan Pizarro Rodríguez de Aguilar. Juan estaba casado con Aldonza de Hinojosa de quien tuvo un hijo que se llamó Diego Pizarro y que, por tanto, era primo hermano del Conquistador.

De regreso en Panamá en 1530, Pizarro preparó una nueva expedición y, en enero de 1531, se embarcó con un contingente de 181 hombres: 80 infantes, 77 de caballería, 20 ballesteros, 3 arcabuceros y 37 caballos hacia el imperio del Inca, el reino de Virú o Birú o Perú, y hacia la historia y la leyenda.

El Conquistador, Don Francisco Pizarro, fundó la primera capital del Perú en la actual Jauja, el 25 de abril de 1534. Por aquellas tierras de la sierra, por lo que hoy conocemos como el Callejón de Huaylas, conoció a una princesa inca, una “ñusta”, Quispe Sisa, cristianizada después como Doña Inés Yupanqui Huaylas, nacida en Tocas (Huaylas), era hija del Inca Huayna Capac (1493-1527) y de Contar Huacho, Señora de Huaylas. Era por, tanto hermana, de Huáscar (1527-1532) derrotado y asesinado por orden de su hermano Atau-Huallpa (1532-1533), ejecutado a su vez por orden de Don Francisco Pizarro; de Tupac Huallpa (1533), coronado por los españoles y de breve reinado debido a su repentina muerte; y de Manco Inca (1535-1545), también coronado por los españoles, contra los que se reveló en 1536 fundando un reino inca en las montañas de Vilcabamba que se mantuvo independiente hasta su reducción en 1572.


El Inca Sapa Huayna Capac
Francisco Pizarro, enamorado perdidamente de esta ñusta, comienza lo que parece ser el primer mestizaje del Perú con una ceremonia al estilo inca. Dicen los cronistas de la época que Inés era alegre, coqueta y bulliciosa. Pizarro la llamaba mi Pizpeta (que viene de pizpireta y coqueta) Esta ñusta cristianizada con el nombre de Isabel de Huaylas Yupanqui le dio a Francisco Pizarro una hija en Diciembre de 1534 a quien le pusieron por nombre Francisca Pizarro Yupanqui. Un hijo nacido a la sombra del trono del Inca reinante, habría tenido el derecho de aspirar al primer puesto de la jerarquía peruana en formación y el de contar con la implícita fidelidad de sus hermanos los americanos. Inés le dio un nuevo hijo, Don Gonzalo Pizarro Yupanqui, quien murió siendo niño. Ambos vástagos fueron legitimados por el Emperador Carlos V por Real Cédula dada en Monzón el 12 de octubre de 1537.

Sapa Inca Atahualpa
Inés Muñoz, esposa del medio hermano de Pizarro, Francisco Martín de Alcántara, quien después también protagonizará esta historia en primera persona, llevaba un diario que por aquellas fechas relataba:

1533. Cajamarca - El Inca Atahualpa, entregó en matrimonio a mi cuñado Francisco (Pizarro) a su hermana Quispe Sisa, es muy joven, no debe tener mas de 16 o 18 años, es hermosa y alegre. Francisco está muy complacido. La hemos bautizado con el nombre cristiano de Inés Huaylas Yupanqui. (Creo que en honor mío, ahora somos dos las Inés). Tenemos el problema de la alimentación resuelto, Quispe Sisa es muy amable, nos proporciona mucha información y ayuda, tiene todo un grupo de servidores, visten igual, son muy limpios, pertenecen a una tribu que se hacen llamar “Lucanas”. Todas las mañanas recibimos muchas provisiones, Catalina las revisa y pregunta por sus nombres y características, me asombra que hable tan bien el quechua, yo apenas comprendo algunas palabras. Los sirvientes no muestran ningún interés en aprender el castellano.


En Jauja se produjo el primer mestizaje y allí se quedaron madre e hija mientras Francisco Pizarro partía hacia Pachacamac a fundar, en su cercanía, la Ciudad de Los Reyes de Lima, así llamada en honor de los Reyes Carlos I y Juana de Castilla. Una vez cuadriculadas, a la moda renacentista impuesta por Vitruvio, y repartidas las tierras vecinas al Rímac, se fue formando lo que después sería Plaza de Armas, en el centro de ella se colocó una picota, una columna de piedra, donde se exponían públicamente las cabezas de los ajusticiados, o los reos, y que, por tanto, era símbolo del poder. Francisco Pizarro reserva para si unas cuadras y otras para sus hermanos así como para la catedral y para los futuros conventos de San Francisco, La Merced y Santo Domingo.

Los sucesos de Cusco tenían a Pizarro alejado de Lima y alejado de Inés de Huaylas quien es posteriormente repudiada por Pizarro. En 1538, Inés de Huaylas se casa nuevamente con Francisco Ampuero, uno de los que había apresado a su hermano Atahualpa. Se casaron por civil y religioso, cosa no muy usada por los españoles en esos tiempos, lo que hace pensar y decir que fue un castigo de Pizarro, quien habría sorprendido a Inés y Ampuero como amantes.

Y una nueva ñusta ocupa el amor de Pizarro. La ñusta Cusi Rimay, cristianizada como Doña Angelina de Huaylas Yupanqui, hermanastra de doña Inés y de Huáscar, y aún se piensa que de doña Isabel Palla Yupanqui, la amiga del capitán Garci Laso de la Vega, el conquistador, y madre de Garci Laso de la Vega Inca, el historiador, la cual doña Angelina casó años después con el conquistador y cronista Juan Díaz de Betanzos.

Doña Angelina le dio a Francisco Pizarro un tercer hijo, Don Francisco Pizarro Yupanqui, si bien este último hijo no fue legitimado por la corona de Castilla. El orden del nacimiento de estos hijos de Francisco Pizarro hicieron que la preeminencia recayese en la primogénita doña Francisca Pizarro Yupanqui.

En la casa de la Plaza de Armas pasó sus primeros años la mestiza de Pizarro, Doña Francisca Pizarro Yupanqui. Alejada del cuido de su madre que se había casado de nuevo, es confiada a un aya, Doña Inés Muñoz, esposa del medio hermano de Francisco Pizarro, Don Francisco Martín de Alcántara. Cuando Francisca contaba 7 años de edad, el 26 de Junio de 1541, los almagristas al mando de Juan de Rada y de Diego de Almagro, “El Mozo”, dan muerte en su propia casa a Francisco Pizarro y a su medio hermano Francisco Martín de Alcántara.

Asi lo relató el cronista Pedro Cieza de León:


"El Marqués de haber recibido muchas heridas, sin mostrar flaqueza ni falta de ánimo, cayó muerto en tierra; nombrando a Cristo, nuesto Dios... no fue casado, tuvo, en señoras de este reino, tres hijos y una hija; cuando murió había sesenta y tres años e dos meses"

Los hermanos de Pizarro estaban fuera de Lima, Hernando estaba en España, preso, acusado de haber dado muerte a Almagro “el Viejo” y Gonzalo estaba en el norte en busca del país de la canela. Francisca Pizarro solo contaba con su aya Doña Inés Muñoz. Doña Inés, despues de enterrar a su cuñado Francisco Pizarro secretamente en la Iglesia Mayor de Lima y ante el temor de que los almagristas atentasen contra los hijos de Pizarro, huye al norte con ellos, hacia la ciudad de Tumbes para encontrarse con Cristobal Vaca de Castro, enviado de Castilla como juez pesquisador para internvenir en las desavencias de almagristas y pizarristas y, eventualmente tras la muerte de Pizarro, hacerse cargo de la Gobernación de Nueva Castilla.




Túmulo con los restos de Don Francisco Pizarro (1985)
Capilla de la Catedral de Lima

Francisca hereda todas las posesiones de su padre en el nuevo mundo, pero dicha herencia habría de ejercerla ante la corte castellana. Se embarca hacia la península en 1551 con 17 años de edad, bajo el cuidado de Francisco de Ampuero, actual marido de su madre Doña Inés de Huaylas. En Castilla Francisca quiere reencontrarse con la tierra de su padre y con lo que queda de la familia de su padre, Don Hernando, Mayorazgo de la casa Pizarro, Don Hernando, quien esta preso en el castillo de la Mota, en Medina del Campo, el mismo castillo donde había estado encerrada la Reina de Castilla, Doña Juana, apodada “La loca”, y en los mismos aposentos en que, en un tiempo, estuvo preso el famoso Cesar Borgia después de ser vencido por el Gran Capitán. Y preso también estuvo aqui el Rey de Francia, en 1525, Francisco I, tras la batalla de Pavía. No era un lúgubre calobozo sino varios aposentos del castillo que ocupaba con sus servidores y criados y parece ser que humanizaba la prisión con los sonidos de un órgano y una vihuela que se había hecho traer junto con sus criados, ya que el alcaide eran tan tacaño que Hernando debía sufragar todos los costos de su prisión.

Curiosa cárcel la suya cuando fue autorizado a convivir en la prisión con dos damas de la sociedad de Medina del Campo, Isabel de Mercado y su tía. De esta relación nacieron dos hijos de Hernando Pizarro e Isabel Mercado, el niño murió muy joven y la niña, llamada Isabel convivió en la cárcel de la Mota. Al cabo de un tiempo Don Hernando se cansó de Isabel Mercado y la recluyó en un convento.


Castillo de la Mota en Medina del Campo
Por esas mismas fechas llega Francisca Pizarro con su padrastro Ampuero y con Inés Pizarro, una hija de su tio Don Gonzalo Pizarro “el mozo”. Allí, en los aposentos carcelarios del tío Hernando, en el castillo de la Mota, convivieron todos. El roce cotidiano entre tío y sobrina hizo que, a mediados de 1552, Francisca Pizarro Yupanqui de 18 años se casase con su tio Don Hernando Pizarro de Vargas de 52 años, previa dispensa de Roma.

Entre ambos se dedicaron a preservar el patrimonio peruano de los Pizarro y a procrear cinco hijos: Francisco, Juan, Gonzalo, Isabel e Inés Pizarro Pizarro, nombres impuestos en honor de los hermanos Pizarro y de sus hijas. El capital acumulado entre ellos dos fue acrecentado con el procedente de las herencias peruanas de los hermanos de Hernando, además de las que le habían llegado por el Mayorazgo de Pizarro y que consistía en casas, encomiendas, molinos en Merida, Trujillo, Plasencia y Medellín y un juro (especie de renta fija de la deuda pública castellana que podía ser hereditaria) de 324.000 maravedís que estaban consignados sobre el Almojarifazgo Mayor de Sevilla (tasas sobre mercaderías).

En 1561, dieciocho años después, Hernando Pizarro es puesto en libertad y junto con su mujer Francisca y con sus hijos se radica en Trujillo, exactamente en la Zarza, en las afueras de la ciudad, donde habían restaurado la vieja casa familiar. Tambien a su costa se había rehablitado el alcázar de los Vargas donde estaba enterrado Don Gonzalo Pizarro, su abuelo, y la Iglesia de Santa María la Mayor.

Fue voluntad de Don Francisco Pizarro, expresada en su testamento:


«... que es fundar y edificar una yglesia e capellanía en la cibdad de Trujillo que es en los Reynos de España de donde soy yo natural e nascido...».



En la Plaza Mayor de Trujillo, en 1562, Francisca construyó lo que se dio en llamar el Palacio de la Conquista y se dedicó a recuperar el título de Marqués de Francisco Pizarro, que se había perdido con su muerte, si bien ella usaba el título de Marquesa de Charcas; y también se dedicó a constituir un Mayorazgo que abarcase sus propiedades peruanas y todas las propiedades y heredades de Hernando. En 1577 fue autorizada a unir todas las heredades y en 1578 se decretó el Mayorazgo de Pizarro en el segundo de sus hijos, Juan, por encima de la primogenitura de Francisco. En ese mismo año, en el mes de agosto, muere Don Hernando Pizarro de Vargas.


Palacio de la Conquista en Trujillo

Inés Muñoz nos relata de nuevo por medio de su diario:




1552. La mestiza en España. Doña Francisca Pizarro, hija primogénita del marques conquistador, se casó en 1552 con su tío paterno Hernando Pizarro, con prisión domiciliaria en el austero castillo de la Mota (Medina del Campo) cumple carceleria por haber ordenado la muerte de Don Diego de Almagro. Vivieron juntos en la Mota un total de nueve años, hasta la liberación de Don Hernando el 17 de mayo de 1561. Marchó entonces el matrimonio a su casa situada en La Zarza - la actual Conquista de la Sierra. Luego se instalan en Trujillo, donde ordenaron la construcción de una magnifica residencia, monumento de la arquitectura española del siglo XVI. En su soberbio balcón de esquina, bajo el escudo de armas del Marqués Don Francisco Pizarro y flanqueando las jambas del vano, encontramos a la derecha los retratos del Marqués y Doña Inés Yupanqui Huaylas, y a la izquierda los de Don Hernando y Doña Francisca Pizarro. “



La posterior muerte de Juan en 1581, le devuelve el Mayorazgo al primogénito Francisco. De los cinco hijos de Francisca y de Hernando ya solo queda Francisco. Francisca se va de Trujillo a la corte madrileña y, un día, sin consultar con nadie y sin tener que dar explicaciones de nada, se casa con Don Pedro Arias Dávila Portocarrero, hermano de la esposa de su hijo Francisco, ambos hermanos hijos del Conde de Puñoenrostro, con lo cual pasó a ser, con respecto a su hijo Francisco, cuñada de su nuera.

Llevó una vida cortesana en los ultimos años del reinado de Felipe II y, como él mismo, murió a finales de 1598 sin más descendencia.

El hijo de Francisco Pizarro Pizarro y Francisca Sarmiento y Castro se llamará Juan Fernando Pizarro y Sarmiento y será él quien recupere el título de Marqués de la Conquista en 1631 y el Mayorazgo de la casa de Pizarro. Se casó con María de Bobadilla y tuvieron una hija de nombre Juana Agustina Pizarro de Bobadilla que muere sin descendientes en 1646 por lo que el marquesado pasó a una hermana de su padre, una hija que había tenido Francisco Pizarro Pizarro con Micaela Manrique de Lara, Doña Beatriz Jacinta Pizarro Manrique.

El marquesado pasó posteriormente, por línea indirecta, a la rama de la familia Orellana-Pizarro quien actualmente lo detenta.

Así comenzó el mestizaje que bien fue contado por el Inca Garci Laso de la Vega:




“A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él”



“Primera parte de los comentarios reales que tratan del origen de los yncas, reyes que fueron del peru, de su idolatria, leyes, y govierno en paz y en guerra: de sus vidas y conquistas, y de todo lo que fue aquel imperio y su republica antes que los españoles passaran a el. escritos por el ynca garcilasso de la vega, natural del cozco y capitan de su majestad”Libro IX, Capítulo XXXI

lunes, 6 de agosto de 2007

FUNDACIÓN HIJOS DE ESPAÑA


INFORMACIÓN GENERAL

La Fundación Benéfica Hijos de España, es una Sociedad Civil fundada el 1 de Agosto de 1988 y registrada su acta fundacional y los estatutos que la rigen el 26 de Setiembre de 1988 en la Oficina Subalterna del Segundo Circuito de Registro del Distrito Maracaibo, bajo el número 11, protocolo 1º, tomo 29.


La Fundación fue inscrita en el Ministerio de Hacienda, en el Registro de Información Fiscal, bajo el número J-0705162-6. Con fecha 7 de Abril de 1997 se le otorga por parte del Ministerio de Hacienda y según oficio GRTIRZ-DJT-138 la calificación de Exención de Impuesto Sobre la Renta de acuerdo con disposiciones de la Ley de Impuesto sobre la Renta del 27-05-94 y su reforma del 18-12-95. Con fecha del 20 de Noviembre de 1998, y en Asamblea Extraordinaria de socios, se decide el cambio de nombre a FUNDACIÓN HIJOS DE ESPAÑA, S.C.

La Fundación Hijos de España está inscrita como Fundación de Asistencia Social en el Consulado General de España en Caracas, en la Consejería Laboral y de Asuntos Sociales de la Embajada de España en Caracas y en el Instituto de Migraciones y Servicios Sociales del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales del Estado Español. La Fundación Hijos de España ha sido reconocida por la Xunta de Galicia y tiene en posesión el título de Galleguidad. La Fundación Hijos de España ha sido designada coordinadora para el estado Zulia de la SOCIEDAD ESPAÑOLA DE BENEFICENCIA.

La Fundación Hijos de España tiene por objeto a) Velar por la asistencia social de las personas españolas, aún cuando hayan adquirido otra nacionalidad, los descendientes directos y los cónyuges, aún cuando éstos no sean españoles; teniendo especial prioridad los casos de enfermedad, accidentes o defunción, así como el cuidado y atención alimentaria y médica de los ancianos; b) Realizar actividades complementarias para recabar los fondos necesarios con los cuales cumplir su cometido: c) Mantener relaciones con los Gobiernos de España y Venezuela y tramitar las solicitudes pertinentes para los fines que se persiguen; d) Mantener informados a todos los españoles de las ayudas y beneficios sociales o de recreación que provee el Estado Español para los emigrantes.

Los fondos de la Fundación son a) Ordinarios: provistos por las cuotas mensuales de sus socios patrocinantes y benefactores; b) Extraordinarios: los fondos que por otros medios como fiestas, rifas o donaciones, puedan considerarse como tales; c) Oficiales: las ayudas que el Consulado General de España en Caracas, la Consejería Laboral y de Asistencia Social de la Embajada de España en Caracas, la Xunta De Galicia y las de cualquier otro ente de gobierno asignan para este tipo de Fundaciones.

La Fundación está dirigida por una Junta Directiva que está compuesta por un Consejo de Administración y una Dirección de Asistencia Social. El Consejo de Administración está formado por un Presidente, un Vicepresidente, un Secretario, un Tesorero y cuatro Vocales. La Dirección de Asistencia Social está formada por un Presidente, un Secretario de Asistencia Social, un Tesorero y un Vocal.

La Junta Directiva es la encargada de conseguir los fondos necesarios para que el Comité de Asistencia Social pueda desarrollar su labor de campo de hacer llegar las ayudas. El Comité de Asistencia Social propondrá en las reuniones conjuntas de Junta Directiva las ayudas que son necesarias para cada período, y para cada persona, por ello la reunión conjunta de ambos organismos debe ser, como mínimo, mensual.

La Fundación Hijos de España mantiene una única cuenta bancaria en el Banco Occidental de Descuento, Sucursal Bella Vista, Maracaibo, Venezuela, bajo el número 2103-07819-1.




Ing. Antonio R. Escalera Busto
Presidente de la Fundación Hijos de España

TOLERANCIA

NuNca se ha podido hablar, en mejores términos, sobre la tolerancia como en la Edad Media española, entre los siglos X al XIII. Si bien es cierto que existía un estado de guerra por la consecución de las tierras en manos de los árabes, también es verdad que muchos de estos reinos árabes coexistían con los reinados cristianos. Recordemos que Mío Cid peleó para el emir de Zaragoza, reino árabe para esa fecha. Incluso los textos literarios conservan parte de este espíritu. Así el Infante Don Juan Manuel (1282-1438), sobrino de Alfonso X el Sabio, en su “Libro de los Estados” menciona: (se conserva la ortografía de la época)

“..Ha guerra entre los cristianos e los moros, e habrá, fasta que hayan cobrado los cristianos las tierras que los moros les tienen forzadas; ca cuanto por la ley nin por la secta que ellos tienen, non habría guerra entre ellos...”

Este régimen de tolerancia religiosa está influido por la presencia árabe en España y que emana de las disposiciones de El Corán. Este libro está impregnado de un profundo sincretismo religioso y está muy influenciado por las ideas sufís, sobre todo en las prácticas de ascética y mística. Incluso algunos autores llegan a hablar de “indiferencia dogmática” para poder explicar tanta tolerancia.

El sincretismo es, precisamente, uno de los rasgos de la tolerancia. Pero aún más importante son las citas del Corán con expresiones netamente tolerantes como:

“...Los caminos que llevan a Dios son tan numerosos como las almas de los hombres”

Esta idea fue aportada por los sufís a toda la literatura bajo la forma de que “...todos los caminos llevan a Dios” y aportaron con ella la idea de que el centro de la experiencia religiosa es el amor a Dios, el arrobamiento de Dios y no el conocimiento. Esta manera de pensar, en el ámbito religioso, fue insuflada a los cristianos. Alfonso X el Sabio en una de sus partidas dice:

“Por buenas palabras, e convenible predicaciones, deven trabajar los cristianos de convertir a los moros, para fazerles creer la nuestra fe, no por fuerza...”

Los árabes durante los primeros cuatrocientos años de conquista mantuvieron un clima de paz dentro de sus dominios pues no ejercieron ninguna violencia sobre los que en sus tierras quedaron. Tal vez durante las invasiones almorávides y almohades se intentó aplicar una cierta rigidez pero esto no tuvo acogida dentro de las poblaciones. Esta armonía reinó siempre; en las comunidades árabes en las que se quedaron cristianos estos recibieron el nombre de “mozárabes” y cuando eran los árabes los que se quedaban en tierras cristianas los llamaron “mudéjares”. Tanto unos como otros tuvieron tanta relevancia dentro de la sociedad en la que vivían que produjeron obras de arte significativas.

Teruel es un centro importantísimo de arquitectura mudéjar y en todas sus obras puede verse la presencia importante de la cultura árabe. Las iglesias mudéjares tienen campanarios que, más bien, parecen minaretes y techos artesonados que recuerdan más a los palacios nazaritas que a las místicas bóvedas góticas. Los materiales empleados en sus construcciones, como el ladrillo y el azulejo, también son típicos de la arquitectura árabe.

Nuestro famoso mallorquín Ramón Llull (en castellano Raimundo Lulio), cima de la lengua catalana en el siglo XIII, escribió en árabe su “Libro del gentil y los tres sabios” (posteriormente fue traducido al catalán, latín y castellano). En este libro un cristiano, un moro y un judío hablan a lo largo de la obra sobre sus creencias sin encontrarse en ningún momento ninguna actitud de animadversión entre ellos por causa de sus religiones. Casi pareciera que Ramón Llul aspira más a una única religión que abarcase a las tres religiones monoteístas. Este pensamiento del autor que es casi la señera del catalanismo no es más que la aplicación de las ideas de Yehudá ha-Levi, sufista defensor de la idea de que había que eliminar todas las fronteras que separaban a las tres religiones.

Las “Partidas” de Alfonso X el Sabio están llenas de citas de la doctrina musulmana y muchas de las disposiciones judiciales allí contenidas están escritas para defender los derechos de moros y de judíos. Alfonso el Sabio impuso en letra el espíritu de amplitud hacia las otras religiones al respetar todos sus derechos y creencias. Ramón Llul escribió en líricas y sonoras frases el mismo sentimiento de tolerancia hacia las otras religiones.

Esta perfectamente documentado todo el inmenso ascendiente que tuvieron los árabes y los judíos entre los cristianos al crear una sociedad de conveniencia mutua basada en la gran cultura aportada por los árabes, el pragmatismo de los judíos y el poderío de los cristianos. Otra ley de las “Partidas” establecía:

“...deven bivir los moros entre los cristianos guardando su ley, e non denostando la nuestra”

Existe una gran diferencia entre las normas escritas en el “Fuero Juzgo” provenientes de la era visigótica con las escritas quinientos años después por Alfonso X el Sabio. La dulcificación de las normas, la temperancia en el comportamiento y la tolerancia reflejadas en las normas fue imbuido por el pensamiento árabe. Y no solamente en los textos de normas legales sino en obras poéticas, como en las “Cantigas”, hay varios casos de tolerancia y amplitud religiosa. Así, en una de ellas, nos relata como un Rey de Marruecos gana una batalla con un estandarte de la Virgen, o como los moros sacan del agua, a donde habían tirado, una imagen de la Virgen, para volver a tener pesca abundante. Los quinientos años que median entre el intolerante Fuero Juzgo y las suaves y conciliadoras Partidas son los quinientos años de influencia del pensamiento árabe.

Cuando en el siglo XV se rompe esta convivencia de las tres religiones al dejar de lado todo lo que fue cultura y pensamiento árabe, se expulsa a los judíos y comienzan los tiempos de la intolerancia religiosa que harán famosos los procedimientos de la Santa Inquisición. No obstante muchos de los moros se quedaron y fueron conocidos como “moriscos” hasta su expulsión definitiva en 1609 bajo el reinado de Felipe III.

LA MEMORIA ESCRITA

Hace unos días el Defensor del Lector de “El Nacional” mostraba la preocupación que tenía referente a que no se estaba guardando una copia de las ediciones de los periódicos virtuales que se publican diariamente en Internet. Preocupación por preservar la memoria escrita, aunque en este caso sea la producida en bytes.

A través de los sistemas computarizados, todos los días, creamos textos y creamos cifras y guarismos y cálculos que vamos almacenando en el disco duro del ordenador o en diskettes. Estos archivos así obtenidos han sido elaborados por unos programas de computación que en el caso de los textos puede ser Word y en el caso de los números puede ser Excel, los mismos programas que debemos usar para poder leer estos archivos. Si almacenamos todas estas informaciones producidas bajo estos formatos en discos duros o en diskettes, no sabemos durante cuanto tiempo van a poder ser leídos o recuperados. No disponemos de datos ciertos acerca de cuanto durarán los datos que en forma de bytes están almacenados en los discos, no sabemos el efecto que el paso del tiempo va a producir en estos discos y en los datos electromagnéticamente grabados. Y, así como no disponemos de esta información sobre la durabilidad del dato grabado, tampoco sabemos si vamos a conservar por el mismo tiempo los programas de computación que sean capaces de leerlos.

Yo aún guardo diskettes de unos formatos (5.25” y 8” ) que ya no pueden ser leídos por los ordenadores porque ya no se fabrican unidades de lectura de 5.25” y de 8”. Y, además, los textos grabados allí eran, por ejemplo, textos escritos con un programa de procesamiento de textos que se llamaba Valdocs, programa que prácticamente ni existe. Lo mismo podría decir de los archivos que guardan datos obtenidos a través de hojas de cálculo como Visical. Y este problema se nos presenta con archivos que apenas tienen unos años de existencia. ¿Cómo aguantarán el paso de tres o cuatro minutos de la historia humana?, es decir, como aguantarán trescientos o cuatrocientos años de historia.

Lo mismo ocurre con los discos de música grabados en formatos de discos digitales, ¿cuánto durará ese registro?; al cabo del mismo tiempo, ¿habrá algún sistema que aún los pueda leer?. He leído que un científico ha aseverado que las grabaciones digitales no durarán cien años y que hay una bacteria que se alimenta del material de policarbonato de los CD.

Registros escritos o registros electromagnéticos. Este dilema es posible que la ciencia lo resuelva. Es posible que la ciencia cree los sofisticados sistemas que preserven los datos que estamos produciendo en la actualidad y que cree los sofisticados sistemas que los puedan leer. ¿Libros escritos o libros virtuales?. A través de la historia del hombre, éste ha creado sistemas para transferir al futuro la memoria del presente. Desde el hombre del cuaternario que pintaba en las cuevas paleolíticas escenas de caza o pintaba animales y cosas, hasta nuestros días, el hombre se ha ocupado de preservar el conocimiento y legarlo a los descendientes, el hombre se ha ocupado de legar una memoria, escrita o pintada o incluso bajo la forma de estructuras arquitectónicas.

En un primer estadio el hombre utilizó solamente los signos grabados o pintados en petroglifos, en un primer intento de hacer coincidir una forma con un signo material. El siguiente estadio fue el hacer coincidir el lenguaje con la manifestación escrita, a través del cual varias figuras intentan comunicar una frase o una vivencia. Este avance en los sistemas de escritura es el que se denomina sistema sintético (ideenschrift) y lo usan aún los esquimales y algunas tribus indígenas de Norteamérica.

Un paso más importante fue hacer coincidir una imagen con un solo símbolo en lo que conocemos ahora como sistema ideográfico o analítico (wortschrift) ya que los signos tienen un valor constante en el tiempo y además la frase puede ser descompuesta en los signos que la componen y que tienen valor propio y estable.

La escritura jeroglífica egipcia es un sistema de escritura ideográfica, su nombre deriva del griego “grámmata hierogliphiká” que se traduce como “letras sagradas grabadas”. Las unidades son ideogramas que, en este caso, son figuras estilizadas del objeto que se quiere denotar. El arqueólogo francés Jean-François de Champollión nos tradujo, en 1822, los ideogramas egipcios al haber interpretado correctamente la famosa “Piedra de Rosetta” que era una piedra de basalto de 750 Kgrs. de peso, descubierta en el delta del Nilo en 1799, en el puerto de Rashid, que los franceses llamaron Roseta, y de quien recibe el nombre. Esta piedra contenía escritura jeroglífica, demótica y griega sobre un mismo texto que, en realidad, es un compendio de normas para un canto funerario a Tolomeo V (208-180 a.c.). A partir de esos textos (dos desconocidos ya que el demótico también estaba sin traducir) fue haciendo las correlaciones entre ideogramas y palabras griegas. La primera palabra fue traducida en 1814 por Thomas Young, y fue precisamente Tolmis, el nombre de Tolomeo V. Champollión completó el trabajo en casi diez años de arduo trabajo, poniendo fin a un misterio sobre el significado de los jeroglíficos que había durado muchísimos años. Según Champollión la escritura jeroglífica había utilizado, también, un alfabeto fonético en el que los signos correspondían al sonido inicial de la palabra que representaban; esto era necesario para poder transcribir nombres extranjeros a la lengua egipcia. Champollión dedujo que este alfabeto fonético fue el modelo para los alfabetos de hebreos, caldeos y sirios. Como muchos otros objetos arqueológicos que esperan regresar a sus lugares originarios, esta piedra de Roseta se conserva en el Museo Británico de Londres.

la primera frase traducida comenzaba así:



"... durante el reinado de PTOLEMY VIVA POR SIEMPRE QUERIDO PTAH DIOS EPIPHANES EUCHARISTO hijo Rey Ptolemy y Reina Arsinoe Dios Philopatores es benefactores del templo y vive en el así como sus asuntos Dios y Diosa (como Horus hijo lsis y Osiris que vengó a su padre Osiris) y es benevolente al disponer hacia Dios...”




Este sistema ideográfico es, también, el que usan los chinos con sus ideogramas propios y los japoneses tomaron de los chinos este sistema y a sus caracteres ideográficos se les llama “kanji”. Este sistema sinojaponés es sumamente complejo ya que en la actualidad cuentan, oficialmente, con 1850 ideogramas de uso común.

No todos los textos escritos encontrados han sido traducidos. Se conservan textos de los cuales solo se sabe el nombre de la lengua y no sabemos si algún día alguien encontrará un sistema de traducción. Recordemos que en tiempos de Jesucristo, en Palestina, se hablaba arameo, pero el sumerio hacia mil años que era una lengua muerta y el hebreo bíblico lo mismo. La mayor parte del Antiguo Testamento fue escrito en lo que ahora se conoce como hebreo antiguo. Una pequeña porción fue escrita en arameo. El Nuevo Testamento fue escrito en griego koiné (la lengua del pueblo) a diferencia del griego clásico que era la lengua que usaban los escritores de ese tiempo. Aunque la Biblia todavía se leía en hebreo en las sinagogas en el tiempo de Jesús, el arameo había llegado a ser el idioma popular del pueblo judío; Jesús también habló arameo. Pero aún tenemos sin traducir los jeroglíficos hititas, la escritura cretense, la escritura de la región del Indo, las escrituras protoelamitas y los glifos mayas.


El hombre al profundizar este sistema ideográfico comienza a separar las escrituras basadas en ideografías con las escrituras basadas en las composiciones de signos o silábicas. En esa transición de las ideográficas a las silábicas podemos ubicar a la escritura cuneiforme, que empezó como una escritura de signos ideográficos y acabó adoptando símbolos silábicos. Silábico significa “articulado” y en el caso de la escritura cuneiforme (símbolos en forma de cuñas) poco a poco se va haciendo más lineales y más simétricos.


Esta escritura desembocó en la alfabética, que es el sistema de escritura del lenguaje articulado en el que un signo específico representa un sonido. El conjunto de sonidos es el lenguaje y la representación simbólica de esos sonidos es la escritura alfabética. He ahí unos de los mayores logros del ser humano en su ascenso en la complejidad consciencia. Dos mil años antes de la era cristiana, en tierras de la actual Siria, se comenzaron a escribir lo que hoy conocemos como escrituras “ugaríticas”, “seudojeroglíficas”, “protosinaíticas” y de “egeas”, las cuales, finalmente, dieron el alfabeto fenicio formado por consonantes exclusivamente y que se perfeccionó en los sistemas griegos y latinos. Los romanos utilizaron profusamente la escritura, tanto etrusca como latina, en piedras y estelas funerarias. Conservamos muchísimos epígrafes romanos que nos han dejado el testimonio escrito de usos, costumbres, familias, lugares, etc.


Epígrafe de los Cilúrnigos (Gijón, circa I-II, D.C.)

Esta lápida funeraria contiene la inscripción que la ciencia de la epigrafía ha copiado, transcrito y traducido como:



MEDVGENVS.CESAR
ONIS.SIBI.ET.F.RUT
ILIO.ANNORVM.VX
EX.GENT.(T)E.CILVR
NIGORVM



(MEDEGENUS CESAR/ONIS SIBI ET F(ILIO) RUT/ILIO ANNORUM VX EX GENTE CILUR/NIGORUM)

(Medugeno. Hijo de Cesaron, para sí y para su hijo Rutilio de 15 años, pertenecientes a la gentilidad de los Cilúrnigos)



Esta lápida funeraria nos habla de la existencia en Gijón del gentilicio de los Cilúrnigos, habitantes de esta localidad astur y de sus alrededores. De ahí la importancia del testimonio escrito para la interpretación histórica.

¿Y mas allá?. Hay experimentos con escrituras basadas en la preeminencia de las consonantes (un volver al alfabeto fenicio) superando el sistema ideográfico tal como lo usan los tibetanos y los etíopes. Un mas allá fue intentado con los sistemas de escritura alternativos como el alfabeto Morse por medio del cual las letras son “traducidas” en sonidos producidos por impulsos radioeléctricos más o menos largos (punto o raya y sus combinaciones diferentes). Este sistema tuvo una gran difusión en los tiempos del comienzo de las transmisiones vía radio y hoy está casi en desuso. Otro sistema alternativo fue el producido para los ciegos por Louis Braille por medio del cual las letras alfabéticas eran sustituidas por unos símbolos formados por puntos en relieve. Sus diferentes formas y disposiciones componen el alfabeto.

Hoy existe un sistema de escritura mucho más críptico y no visible que es la escritura en forma de bytes por medio de la cual se convierten las letras del alfabeto en bytes del sistema binario. Hoy las letras de la escritura son “1” o “0”, que es el idioma que leen los ordenadores.

Este brevísimo recorrido por los sistemas de escritura, interesante y sumamente prolijo, me lleva al tema central, que es la persistencia en el tiempo de esa memoria escrita. Ya tenemos la escritura, ya sabemos escribir, pero ¿dónde escribimos? ¿En qué material de soporte lo hacemos para que perdure?. ¿Escribimos en la actualidad de forma que ese testimonio perdure en el tiempo? ¿Estamos produciendo documentos que puedan ser leídos y comprendidos dentro de cuatro mil años?.

Un estudio de la Universidad de Berkeley de 1999 estableció que la tasa de producción anual de información se calculaba en 250 megabytes por cada habitante de la tierra. Pero, de toda esta producción de información, solamente el 0.003% se hace en formato impreso sobre papel. Pudiera parecer una cantidad insignificante pero, dados los números que se manejan, se darán cuenta que la producción escrita sobre papel es inmensa. Lógicamente es muchísimo mayor la información almacenada en discos duros y bandas magnéticas que en papel. Por lo práctico del almacenamiento y recuperación de esa información y por lo barato del costo del almacenamiento en memorias electrónicas se entiende que se lleve la mayor parte del porcentaje de almacenamiento sobre el papel.

Un estudio de Michael Lesk de la Universidad de Arizona nos indica que, por ejemplo, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos creció de 0.03 Terabytes almacenados en 1995 hasta 1.6 Terabaytes en 1997, es decir que en dos años la memoria almacenada se multiplicó por 533 (1 Terabyte = 1000 Gigabytes; 1 Gigabytes = 1000 Megabytes). Este número se calcula suponiendo un total de 20 millones de libros con un tamaño de 1 MB cada uno. Pero otros textos o archivos ocuparían mucho más espacio. Así 13 millones de fotografías (que también es memoria escrita en forma de imágenes) en formato JPG de 1 MB cada una, ocuparían 13 Terabytes. 4 millones de mapas de la División de Geografía ocuparían 200 Terabytes y cada una de las 500.000 películas ocuparían 500 Terabytes. 3.5 Millones de grabaciones de sonido, en un CD cada uno, ocuparían 2.000 Terabytes. El tamaño total requiere al menos 3.000 Terabytes de almacenamiento. Y esto es solo la Biblioteca del Congreso.

Pero, ¿cuanto nos durará esta información así almacenada?. Hoy podemos leer la estela funeraria de aquel olvidado Cilúrnigo de hace 2000 años, pero ¿alguien leerá, dentro de otros 2000 años, los que estamos escribiendo y almacenando hoy?

Los soportes de la escritura han sido muy variados en el tiempo, comenzando por las propias rocas de la cueva que habitaba el hombre del cuaternario, o los petroglifos. Los chinos, al igual que los sumerios, utilizaron las tablillas de arcilla para escribir sobre ellas con un buril sus caracteres cuneiformes. Estas tablillas se coleccionaban para formar las bibliotecas como la de Nínive que contaba con 20.000 tablillas, 700 años antes de la era cristiana. Los romanos utilizaron tablillas recubiertas con una fina capa de cera que era removida formando los caracteres con el uso de un estilete. De estos sistemas es evidente que el de arcilla es el que mejor se ha conservado en el tiempo y hoy disponemos de tablillas con escritura cuneiforme con antigüedades de casi dos mil años.

Pero el paso más importante se dio hace unos cinco mil años cuando se transcribieron a hojas de papiro preceptos religiosos y normas de conducta o asuntos de interés público. Y esto fue así ya que se consideraba que el arte de la escritura era un arte sagrado destinado solamente a sacerdotes iniciados.

Son los egipcios quienes descubren que se podían hacer unos soportes para la escritura y el dibujo de imágenes, con una hoja herbácea (Cyperus papyrus) que crecía en las orillas del Nilo, el Papiro, llamada comúnmente Junco del Nilo. Los tallos de esta planta se cortaban en tiras y estas se disponían en forma superpuesta y cruzada formando un entramado plano, se cubrían con una tela y se las machaba con un martillo o se prensaban durante varias horas para alisarlas y que el jugo que soltaban las uniese como aglutinante. Las hojas que se obtenían, “Charta papyracea”, se secaban y se almacenaban uniéndolas de veinte en veinte para formar lo que se llamaba un rollo de hasta 40 metros de largo que se llamaba “umbilicus”. Se escribía sobre ellos con un cálamo mojado en una tinta. Muchos rollos están escrito por un solo lado y reciben el nombre de “anapistógrafos” y si están escritos por los dos lados reciben el nombre de “opistógrafos” .


Papiro

Todos los textos escritos en papiro son joyas del arte tales que han hecho que a esta civilización egipcia se la conociese por ello como la “civilización del papiro”. En este soporte no sólo se escribió en jeroglífico, también se hizo en hierático, en demótico, en arameo y copto, en árabe e incluso en griego y latín. Esta técnica de fabricación fue monopolizada por los egipcios centralizando su producción y elaboración de textos en la Biblioteca de Alejandría. Para el siglo II AC el centro cultural de producción de textos se había trasladado a la ciudad de Pérgamo donde Eumenes II estaba formando la también famosa biblioteca de Pérgamo. Pero todo giraba alrededor de la producción del Papiro, el mejor elemento conocido hasta la fecha para la escritura y el dibujo de imágenes. A pesar de ser un material tan frágil se han conservado muy bien en el tiempo debido al clima seco de la zona. El más antiguo que conocemos data del tercer milenio antes de Cristo y su uso duró hasta la Edad Media ya que conservamos diplomas merovingios, documentos vaticanos del siglo XI y los famosos “papiros ravenates”.

Cuenta el historiador Plinio, en un texto recogido por Varrón, que Tolomeo Filadelfo, Rey de Egipto, de la dinastía de los Lágidas, temeroso de perder la hegemonía cultural ante Pérgamo, prohibió la exportación de Papiro hacia este reino. Eumenes II se vio obligado a buscar alternativas al papiro como sistemas de sustento de la escritura y, felizmente, se descubrió el uso de pieles de animales como ovejas, antílopes, gacelas, ciervos o vacas, que, tratadas adecuadamente mediante el curtido con cal y piedra pómez, las transforman en una materia blanquecina y flexible sobre la que se podía escribir. Los griegos y los romanos llamaron a este material “membrana”, aunque de todas las pieles prefirieron las de ternero, que llamaban “vitellus” , o de corderos nonatos ya que ambos tenía pieles muy blancas y mucho más finas para la escritura, que hecha en este medio llamaban “charta virginea” . Por ser en Pérgamo donde se descubrió y se perfeccionó esta técnica, al material de sustento así obtenido se le llamó “pergamino”. Sus especiales condiciones de resistencia y duración y el hecho de que permitía ser teñido con púrpuras hizo que sustituyese rápidamente al papiro. Sus hojas se organizaban en “quarteniones” , mucho más fáciles de manejar que los “umbilicus”. Además todos los pergaminos se podían escribir por las dos caras e incluso proveyeron el primer material de sustento reciclable ya que estos pergaminos permitían raspar la escritura anterior y escribir de nuevo. Este tipo de pergaminos reescritos, después de haber sido raspados, se conocen con el nombres de “palimpsestos”.

Este nuevo soporte va a revolucionar la escritura ya que es un soporte bueno, versátil, duradero y económico e incluso reusable. Tan es así de bueno que, en la época del Emperador Constantino en el siglo IV DC, la Iglesia comienza a escribir obras completas en este soporte y comienza a desarrollarse la técnica de la escritura de pergaminos en los “pergaminarii” de los conventos monacales con el desarrollo de las técnicas del miniado que darían origen a los libros miniados.

LA JUVENTUD DE BOVES


Uno de los tópicos más extendidos de la historiografía es el de que la historia la escriben los vencedores. A nadie se le escapa la verdad de esta afirmación pero que debe ser también entendida en su debida dimensión. Y la dimensión que hay que ponerle es el tiempo. En efecto, la historia de los hechos acaecidos puede ser relatada con la desapasionada objetividad de quien relata, pero esta objetividad está condicionada por todas las cosas que subjetivan el pensamiento humano. Considero que el tiempo y la lejanía protagónica van objetivizando los hechos históricos. Cuanto más lejos estemos de los hechos sucedidos y cuanto menos nos afecten en nuestro entorno cultural podremos tener visiones de la historias revestidas de verdadera objetividad.

La historia de los sucesos desde 1810 hasta la completa emancipación de Venezuela del reino de España tienen que decantarse aún unos cuantos años más, sobre todo de este lado de la mar océano. Hace falta que se decanten, aún más, las pasiones y hace falta que vaya perdiendo relieve la casuística subjetiva. Pareciera, incluso, que los tiempos actuales no son de decantamiento de esas ideas sino, mas bien, de exacerbación interesada, por otros motivos. Estamos asistiendo, como mudos testigos, a oír discursos que creíamos acabados por “decimonónicos”.

Dentro de este panorama actual es difícil hacer acercamientos históricos desapasionados a las figuras protagónicas de los tiempos que comento, por eso quiero referirme hoy a algunas generalidades que no están afectadas por ese discurso actual.

El asturiano más conocido, por estos lares, es José Tomás Bobes, carballón nacido en el Postigo, uno de los barrios aledaños de Oviedo, el 18 de Setiembre de 1782. Siguiendo la costumbre de la época fue bautizado el mismo día, en la emblemática iglesia de San Isidoro, con el nombre de “Thomás de Villanueva” e inscrito con los apellidos Rodríguez de Bobes por su padre y de la Iglesia por su madre. Su padre, Manuel, era un empleado de la ciudad de origen más bien modesto y su madre, Manuela, debió haber sido de la inclusa por el apellido “de la Iglesia” (también costumbre de la época). Algunos autores consideran importante señalar la ortografía del apellido Bobes, que es su modo correcto de escribirse, en su partida de nacimiento y su significativo cambio a Boves cuando llega a tierras americanas. Este hecho también ocurrió con el apellido Bolíbar (vasco) que fue cambiado al más conocido Bolívar. El apellido Bobes es un apellido asturiano que deriva del toponímico Bobes en el Concejo de Siero, actual lugar de Bobes en la parroquia San Cosme. El uso del nombre José antes de Tomás se debe al recuerdo evocador de un hermano anterior muerto al nacer que se llamaba José Benito, y con ello también desapareció el Villanueva.

Cuando José Tomás tiene cinco años muere su padre y su madre tiene que enfrentar su crianza y la de dos hermanas más con el pequeño ingreso de su pensión y lo que completaba con algunos quehaceres y empleos como el de lavandera. Al poco tiempo se trasladan a Gijón donde entra a estudiar las primeras letras. Posteriormente y gracias al auxilio de un sacerdote, y pariente cercano, D. Félix Antonio Bobes, entra a estudiar en una institución que ya tenía un cierto renombre en Gijón, el “Real Instituto Asturiano de Náutica y Meteorología”. Dicho Instituto estaba regido, en esas fechas, por Francisco de Paula Jovellanos, hermano del famosísimo polígrafo gijonés Gaspar Melchor Jovellanos fundador de esta institución en 1794. Este instituto preparaba a los alumnos en ciencias matemáticas, en ciencias cosmológicas, astronomía y, en lo que era más importante para una villa marinera como Gijón, en náutica. No se sabe mucho de su aplicación en los estudios pero en una nota de los diarios de Jovellanos se lee que en el último resultado de exámenes “todos 13 bien, menos Bobes flojo”.

Retrato de Bobes

Allí se graduaban de “Aspirante a Piloto” de la marina mercante, más o menos a los 17 años de edad. Realizará sus prácticas en el Ferrol y obtendrá allí su título de “Piloto de Segunda Clase”.

Con este título aparece embarcado, y participa, en la batalla de Trafalgar, pues así consta en la hoja de servicios que reposa en el archivo del Alcázar de Segovia. Licenciado de la Armada sale con el título de “Piloto de Primera”. Este título le permite mandar su primer barco, un bergantín de nombre “Ligero” y su primera singladura lo llevará desde la Coruña hasta Trinidad. Este barco pertenecía a unos armadores catalanes y realizaba el comercio entre España y las Antillas. Sus operaciones eran de intercambio, llevaba mercancía de España, como harinas y vinos o artículos elaborados, que eran cambiados por mercancía de las Antillas y de Venezuela, fundamentalmente productos agrícolas como el añil o el cacao. Este libre comercio o intercambio de productos existía en la época gracias a que había terminado el monopolio de la compañía Guipuzcoana y los comerciantes podían comerciar libremente de acuerdo a la oferta y a la demanda y usando las ventajas del trueque.

De las utilidades obtenidas le enviaba a su madre en Gijón cantidades en metálico para sus sustento e incluso está documentado el envío de varias fanegas de cacao. Y esta fue la vida de José Tomás Bobes como piloto. Hay un vacío de conocimientos en estos años, que van desde su puesto de piloto del “Ligero” y sus viajes a Venezuela hasta que aparece de nuevo desembarcado y al margen de la ley. Algunos autores como Masur (biógrafo de Bolívar) dicen que fue procesado en 1808 en Puerto Cabello por haber comandado un barco pirata y otro autor como Holstein en realidad lo que relata es que Bobes había sido comisionado para mandar una cañonera que guardaba las costas del contrabando y que en vez de actuar contra los contrabandistas colaboraba con ellos dándoles protección. Descubierto, fue procesado y expulsado de la institución armada después de haber pasado varios meses en la cárcel de Puerto Cabello. Es ayudado a salir de allí por un pariente gijonés, de la casa de los Jove (la casa Jove y la casa Llanos se unieron en vínculos matrimoniales para dar lugar a la casa Jovellanos) y busca nuevos horizontes en Calabozo donde aparecerá como un emigrante más, dedicado al comercio al por menor con un abasto y a la compra y venta de ganado.

En éstos últimos años podría estar la motivación que hizo, de un apacible y simple muchacho de veinte años muy encariñado con su madre y protector de ella casi hasta los últimos días de su vida, una máquina de guerra. Gómez Tabanera en su conciso estudio sobre Bobes dice de él que en estos años “tenía una escritura cuyo estudio caligráfico revelaba un Bobes sensible e inteligente con cierta instrucción”. La historia nos lo presenta, a partir de ahí, como un loco egregio, paladín de las mayores atrocidades que un hombre en guerra pueda cometer.

Pero esto ya es otra historia.

LOS HECHOS Y LA HISTORIA

La precisión de los hechos históricos es un deber y no una virtud, y nada más difícil que establecer lo que es un hecho histórico, sobre todo en el momento que se está produciendo. Suele decirse que los hechos hablan por sí solos, pero esto es evidentemente falso. Es el historiador el que va a poner secuencia en ellos y ordenará e interpretará el contexto. Un hecho es histórico cuando puede ser debidamente valorado en el presente. Un historiador norteamericano, Carl Becker, decía en 1910 que “los hechos de la historia no existen para ningún historiador hasta que él los crea” . La historia es el hecho en sí mismo y las opiniones que sobre ese hecho se puedan hacer. Así se puede decir que la historia es la historia del pensamiento y que la historia es la reproducción en la mente del historiador del pensamiento cuya historia está estudiando.

Pero esto es hilar fino en el concepto filosófico de lo que entendemos por historia o lo que entendemos por hechos históricos. Es indudable que el primer estadio del conocimiento histórico es el conocimiento cierto del hecho en sí, mucho antes de entrar a analizar su entorno y contexto histórico. No siempre es fácil establecer el contexto histórico porque el hecho histórico está insuficientemente documentado o porque tenemos un rastro sumamente pequeño de lo que acaeció. Otras veces conocemos el hecho de un modo casuístico o anecdótico y no tenemos el modo o no sabemos el método para certificar que los hechos anecdóticos son ciertos. Esta es la primera labor del historiador, certificar que el hecho es un hecho cierto es lo más elemental del estudio histórico. Después, lo más importante, el concatenarlo con el entorno y el contexto histórico.

Quería hacer esta pequeña digresión a raíz de contarles de un hecho histórico que estos días asombra a los asturianos y que tiene mucho que ver con los modos y maneras de manejar el hecho histórico y la “ciencia” histórica. Les cuento.

En el siglo XIX, el gran polígrafo gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón 1744, Puerto de Vega 1811), junto con su amigo José Agustín Ceán Bermúdez, reunió en el Real Instituto de Gijón (posteriormente Instituto Jovellanos) una colección muy importante de 797 dibujos y bocetos de más de 200 artistas relevantes como: Miguel Angel, Durero, Alonso Cano, Carreño de Miranda, Guido Reni, Zurbarán, Goya, El Greco, Rembrandt, Rafael Sanzio, Tintoretto, el Veronés y otros. Esta colección estaba considerada como la mejor colección de dibujos y bocetos de España y una de las mejores de Europa. La colección estaba en el edificio del Instituto en la calle del mismo nombre en Gijón. Después de la expulsión de los Jesuitas por parte del gobierno de la República, el 23 de Enero de 1932, se habilitó el Colegio de los Jesuitas, que había sido fundado en 1890, situado en la cuesta de Ceares, en el sitio denominado “los Reales” (por haber sido el sitio donde “asentó sus reales” Juan I, en 1382, durante el asedio de Gijón), como dependencias del Instituto así como, posteriormente, en 1935, fue lugar de acuartelamiento del Regimiento de Simancas. La sedición del 18 de Julio de 1936 hace plaza fuerte en el Simancas y resiste un asedio de 33 días al mando del coronel Antonio Pinilla. Este asedio termina el 21 de Agosto de 1936 con un feroz incendio que destruye todo el cuartel y las dependencias de lo que era Instituto.


Al fondo el Cuartel del Simancas en llamas

Entre las llamas pereció la biblioteca del Instituto, que estaba situada en lo que hoy es Capilla del Colegio, biblioteca formada por una gran donación de Jovellanos de 4.854 libros y 520 folletos y engrandecida por adquisiciones posteriores. Y también desapareció, supuestamente quemada, la colección de dibujos y bocetos reunida por Jovellanos y por Ceán Bermúdez. Conocemos los dibujos y bocetos porque el artista gijonés Pío Vigil-Escalera y Blanco había hecho un catálogo en 1878 con reproducciones de las obras, que así han llegado hasta nosotros. Pero la colección de dibujos y bocetos de Jovellanos entró en el libro de los misterios históricos sin resolver pues nadie pudo decir si la colección había sido consumida por las llamas o había sido salvada en el último momento. Se pensó, durante muchos años, que la colección no había sido destruida y que estaba oculta en alguna parte. De esta opinión fueron Bonifacio Lorenzo Somonte y José Manuel Caso y varios autores coinciden en considerar al coronel Pinilla como una persona culta que no hubiese dejado desaparecer esta valiosa colección.

Es evidente que su hallazgo sería un hecho relevantísimo por la importancia y valor de este legado artístico, así como por resolver el enigma histórico del destino de la colección. Conozco todo este relato, que es historia, porque me lo contó muchas veces uno de los más insignes historiadores astures del momento, me refiero al longevo Padre Jesuita, José María Patac de las Traviesas, S.J., mi entrañable y querido profesor de Química y Física del Colegio de la Inmaculada de Gijón, a quien le debo mi inclinación por la Química y por todos los temas históricos asturianos, que me hizo ser Ingeniero Químico pero no, lamentablemente, historiador. El Padre Patac nos contaba esta historia de la colección Jovellanos y nos contaba que la había buscado infructuosamente en todas las dependencias del Colegio, una vez recuperado por los Jesuitas el 24 de Agosto de 1942, fecha oficial del inicio de su reconstrucción. Se hicieron sondeos y perforaciones en los patios, principalmente en el patio central y en la zona de los sótanos porque se pensaba que podían haber sido enterrados allí. Labor inmensa. Cuando yo entré a estudiar en los Jesuitas, en 1955, aún las paredes del colegio-cuartel conservaban las huellas de los obuses y las minas. El suelo de los patios estaba sembrado, aún, con solo escarbar un poco, de balas de plomo y de casquillos de bala o trozos de metralla. Impensable lo que habría debajo. Cuenta el Padre Patac que, incluso, se apeló a los buenos oficios de un zahorí, pero también sin resultado.

Y ahora viene la historia que nos ocupa.

Hace unos días un escritor local, Janel Cuesta, aficionado a escribir “historias” de personajes anecdóticos de esta villa marinera, recibió una carta anónima, manuscrita, fechada en Miami, Florida, el 21 de Setiembre de 1999, de una persona quien, en los últimos alientos que le quedaban de vida, quiso descargar su conciencia contando públicamente los hechos en los que él había participado en los primeros días de la Guerra Civil Española. El relato que sigue es el relato de una persona de 87 años, exiliado en Cuba después de la guerra, y posteriormente emigrante a Miami, que dice haber sido encargado, en los últimos días del asedio del Simancas de que, en cuanto cayese el Simancas y se entrase, había que salvar dos soldados presos dentro del cuartel por no haberse sumado al alzamiento y a la vez recoger dos cajas. Cumplidos estos cometidos, son encargados de llevar estas cajas hasta la Coría, cerca de Ceares, y entregar las cajas en la cantera de Casimiro Acebal Trabanco, quien una vez recibidas las guarda en el polvorín de la cantera. Sigue contando el anónimo protagonista que, en 1937, se encontró, en San Román de Candamo, con Casimiro Acebal Alonso, hijo del anterior, presente en el momento de la entrega, quien le informó que, como su padre no quería seguir con las cajas en la cantera, las había enterrado en unos nichos pertenecientes a la familia Acebal. A Casimiro Acebal Alonso lo fusilaron en 1937 y su padre, Casimiro Acebal Trabanco, murió en 1945. Los descendientes nunca supieron nada de esta historia.

Todo el relato está salpicado de nombres de personas conocidas de Gijón, como por ejemplo su compañero en el rescate de los presos y las cajas, que fue Oscar Álvarez León, empleado de la afamada zapatería y sombrerería gijonesa “La Americana”, quien le informó, años después, lo que contenían las cajas y que lo había ocultado para que no lo involucrasen en la desaparición de tan importante legado. Razón por la que el anónimo autor de la carta también había callado hasta el día de hoy. Así se enteró de que las dos cajas, que había salvado del Simancas el 21 de Agosto de 1936 y entregado a Casimiro Acebal en la Coría, contenían los bocetos y dibujos de la colección de Jovellanos y que estas cajas estaban en alguno de los nichos de la familia Acebal en el Cementerio “El Sucu” en Ceares, Gijón.

Ante la inminente muerte de quien escribe la carta se decide a contar la historia de la que fue protagonista y se la dirige a una persona a quien conoce por ocuparse de las historias de Gijón, Janel Cuesta, pero con la advertencia de que se la entreguen a su muerte. El anónimo autor de la carta muere el 11 de Febrero de 2001 y la carta es encontrada entre sus papeles con la indicación de que fuese entregada a Janel Cuesta.

Tanto la carta manuscrita, que fue sometida a un experto calígrafo para determinar que había sido escrita por una persona de la edad que se decía, como la clase de papel utilizado, sellos de correo y matasellos de la oficina postal de Miami, así como los nombres de las personas mencionadas y las historias descritas, fueron confirmados por Janel, según su testimonio, así como las filiaciones de las personas nombradas. Este descubrimiento lo hace público en dos páginas importantes (la 2 y la 3) del diario “El Comercio”, el diario por antonomasia de los gijoneses, y se publica con toda la parafernalia del caso los días 3, 4, 5 y 6 de Agosto, días en los que se conmemora en Gijón la semana de Jovellanos, con motivo de, este año, el 190 aniversario del regreso, de quien fuera Ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV, Gaspar Melchor de Jovellanos, a Gijón, su villa natal.

Yo me conmocioné al leer la noticia porque me era cercana por mi relación y vinculación con el Colegio de los Jesuitas, antiguo Cuartel del Simancas, y con el Padre Patac quien siguió siempre de cerca todo lo relativo a la colección de Jovellanos. La ciudad se impresionó con la noticia y se asombró con el trabajo histórico de Janel Cuesta, hasta entonces tenido por un cuenta historias de pescaderas, playos, y poco más. De todos modos a mí me extrañaba que se lanzase todo esto a la calle sin que hubiese aparecido, efectivamente, la colección. Cuando un historiador relata los pormenores de un descubrimiento histórico es porque, efectivamente, se ha constatado el hecho histórico. De todos modos y a la vista de lo explicado, creí la historia narrada, bien construida, bien hilada, con datos verificables, etc..

¿ Y el resultado final del histórico hallazgo?

Pues como era de imaginar, en un Gijón con tantísimos tomadores de pelo, todo había sido una broma de algunos graciosos enemigos de Janel Cuesta que, conociendo su poco rigor histórico en el tratamiento de los hechos, lo sometieron a este ridículo “profesional” como historiador de la Villa. Los autores de la broma, al ver la relevancia que había tomado el tema, se apresuraron a comunicar, vía fax, a El Comercio los alcances de la broma. Pero sería uno de los diarios de Oviedo, la Nueva España, quien comunicaría a los asombrados gijoneses que todo había sido un montaje, una broma malvada para vengarse, tal vez, de sucesos acaecidos cuando Janel Cuesta fue Presidente del gijonés Grupo Covadonga. El Comercio tardó varios días en comunicar el engaño, tal vez abochornados por haber dedicado las mejores páginas de sus ediciones de los días jovellanistas a esta broma histórica.

Es posible que la historia estuviese muy bien montada, como así lo fue. Es posible que todos los nombres aportados estuviesen circunstancialmente vinculados al Simancas de Agosto de 1936, toda la historia es posible, pero es historia en la medida en que es constatable, que es una historia cierta y verificable. Y claro, es historia cierta si esto hubiese llevado a la apertura de los nichos de la familia Acebal y allí hubiesen aparecido las ansiadas cajas. Janel Cuesta se precipitó a contar la historia antes de que fuese historia misma. Como colofón les cuento que la familia Acebal, ignorante de toda esta historia, se vio obligada a abrir sus tumbas, ante notario, para que se verificase que dentro de ellas no había más que restos humanos, como así fue notariado.

Por eso la historia es algo más que un mero relato de hechos. Decía al principio que la historia es la historia del pensamiento y que la historia es la reproducción en la mente del historiador del pensamiento cuya historia está estudiando. La reproducción en la mente de quien escribe debe estar basada en los hechos evidentemente constatados después de un proceso de selección e interpretación de los hechos. La historia parte del hecho en sí y si este hecho no existe no es historia.

La historia de la colección Jovellanos es una bonita fábula, hasta ahora, y si mañana la colección aparece, será historia, una interesantísima y valiosísima historia que nos devolvería de la barbarie de la guerra el recuerdo de lo que la mente humana puede hacer cuando crea y no cuando destruye.
Retrato de Jovellanos
hecho por Goya

LOS PRIMEROS LIBROS EN CASTELLANO

Ya habíamos asistido al nacimiento de las primeras palabras del castellano, escritas por un oscuro fraile allá por la Cogolla, como unas notas marginales de traducción o de comentario del texto en latín sobre el que se escribieron. Esas famosas “glosas” son las primeras palabras y oraciones del idioma castellano o, como en realidad purista debiéramos decir, de ese dialecto del latín que es el castellano. Han de transcurrir muchos años hasta que pasemos de las primeras palabras, o incluso alguna oración existente en esas glosas, a un texto que podamos decir que, verdaderamente, está escrito en castellano.

La toma de Toledo en el año 1085, por Alfonso VI, marca un hito importante en nuestra historia. En efecto, el nombramiento como Arzobispo de Toledo de Bernardo, anterior Abad del Monasterio Benedictino de Sahagún, hace que se lleven a esta tierras toledanas monjes provenientes tanto de Sahagún como de Francia, ya que Bernardo era Franco. Convocado el Concilio de León en 1091 se decretó en él la reforma de la iglesia castellana abandonándose el rito mozárabe por el “cluniacense” o “romano”, como se llama desde entonces. Esta reforma, proveniente de Francia, incluyó, también, el uso de la escritura erudita (en latín por los clérigos) y el castellano literario que había comenzado a formarse. Incluso se cambió la letra llamada visigótica por la francesa que había sido desarrollada en el reino francés en tiempos de Carlomagno, por lo que a veces también se la llamaba “carolingia”.

Hasta entonces los libros se escribían en latín o en árabe. Recordemos que Ramón Lulio escribió antes en árabe que en latín o catalán. En el siglo XI se escribía sobre álgebra, astronomía y sobre medicina, pero casi todos estos libros están escritos en árabe y posteriormente, siglos después, traducidos al latín (lengua erudita de los clérigos) y al castellano (lengua vulgar del pueblo y de los juglares).

Pero volvamos a la conquista de Toledo. Al producirse ésta, se conglomeraron en la ciudad de Toledo mozárabes, moros, castellanos, francos y judíos. Los mozárabes eran los godos del siglo VIII que habían permanecido en tierras ocupadas por moros y que habían conservado su religión y sus ritos e incluso las leyes que los regían. No se habían mezclado las sangres con los moros por lo que se consideraban muy nobles y por ello Alfonso VI los tuvo en gran consideración después de la toma de Toledo y lo demostró dándoles a ellos el gobierno de la ciudad (como alcaides y jueces) y permitiéndoles, por vía de excepción, el uso del rito mozárabe en vez del romano. El resto de los habitantes de Toledo, moros y judíos, permanecieron en las “aljamas” (palabra de origen árabe “al-yahud”, que significa conjunto de personas). El resto del territorio fue colonizado por gentes venidas de Galicia, Asturias, Navarra, de la propia Castilla y de Francia, especialmente gascones, bretones y provenzales. Estos franceses mantuvieron leyes y jueces procedentes de Francia, privilegios que les fueron otorgados en fueros y que fueron tan generosos que dieron en usarse las palabras “franco”, “franquear”, “franquicia” (tan de moda hoy, pero que ya se usaba en 1102) para significar algo muy privilegiado.

Esta es la apertura que se inicia en Toledo, allí pueden convivir moros, judíos, mozárabes y francos, todos conservando sus ritos, leyes y jueces; apertura que se reflejará en la literatura producida en esa época. Variada, rica, sensual por árabe, amorosa y caballeresca por francesa, científica y erudita por judía.

Las primeras palabras (alrededor de unas 400) datan de finales del siglo X o comienzos del XI y están en el Códice de Santo Domingo de Silos (por cierto en poder del Museo Británico), aunque hay unas pocas palabras castellanas en la “Crónica de Toledo” y en el “Liber Glossarum”, ambos libros del siglo VIII.

La primera obra escrita en castellano es el Cantar de Mío Cid, obra escrita en verso de composición típicamente francesa, pero que difiere sustancialmente de la épica francesa en que la épica castellana enaltece a héroes que tuvieron que enfrentarse a reyes mientras que la francesa (Ciclo de la Chanson de Roland) exaltaba a los reyes.

Este Cantar fue escrito, aproximadamente, entre los años 1175 y 1207. Pero también podría ser posterior si interpretamos lo que nos dice la copia, de hacia 1350, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid:


“...Per Abbat le escrivió en el mes de Mayo en era de mill e CC xlv años”


Lo que quiere decir que Per Abbat lo escribió en Mayo de 1245, que equivale al año 1207 del nuevo calendario. Lo que nos deja la inquietud de saber si él escribió este libro en 1207 o simplemente era, a su vez, un copista y entonces el Cantar de Mío Cid es anterior a 1207.

Pero también conocemos alguna poesía de Judá Leví (1085-1143) famoso poeta hispanomusulmán que compuso poesías en castellano, al igual que Abencuzman (c. 1126) compuso poesías con mezcla de árabe y romance castellano. En 1266 se traducen del hebreo al castellano 70 salmos de la Biblia, y es la primera versión en castellano que tenemos de la Biblia. Casi todos los escritos que podemos mencionar se refieren siempre a traducciones al castellano de libros escritos en árabe o en hebreo y, por supuesto, latín. Los árabes y judíos comenzaron a escribir poco a poco en castellano pero con caracteres árabes en un estilo que se dio en llamar “aljamiado”. Pero la influencia francesa que entró a Castilla procedente de Cluny introdujo la épica con aquella superautopista de la información en la Edad Media para la difusión de la cultura que fue el “Camino de Santiago”. Y siempre fue versificado, tanto si lo era en la forma de “pie de romance” que usaron los del “Mester de Juglaría” como si lo era en la forma de “alejandrino” que usaron los del “Mester de Clerecía”.

Hay que esperar hasta el siglo XIII para encontrar el primer libro en prosa castellana y es el “Liber Regum” (hacia 1220), está escrito en lengua romance navarra. Posteriores serán los “Anales Toledanos” (hacia 1240) y el “Fuero Juzgo” (1241) escritos en castellano. E inmediatamente después, las obras de Alfonso X entre 1220 y 1284.



ESPAÑA, UN ENIGMA HISTÓRICO



Traigo a colación este título, tan debatido, del enigma histórico de la españolidad. debido a una aseveración del Marqués de Lozoya citada por mi buen amigo Jesús Suárez Ameneiro en su artículo sobre la Hispanidad:
“ En América, como en todo, España dio a América lo que tenía. La colonización generosa de Roma y España, tan diversas de los países sajones...” .

Quisiera hacer dos puntualizaciones que me parecen precisas a estas alturas de la historia. Ni España colonizó América ni fue la herencia romana lo aquí dejado en la colonización.

En efecto, la colonización de América fue una labor eminentemente castellana; es el reino de Castilla quien la emprende, de allí son los dineros que la costearon, de allí salió el idioma de la colonización y de allí salieron los títulos que en tratado entre el reino de Castilla y Colón fueron utilizados posteriormente. Pero no es este punto en el que quiero detenerme, en otro momento podemos escribir más extensamente sobre la españolidad, el sentimiento de nacionalismo o de estatismo que acompaña al nombre de España.

Quiero mas bien explayarme en el sentido de que si aceptamos como una generalidad la colonización española en América, como una manera de incluir dentro de esa palabra todo lo que supone el bagaje de la palabra cultura, entonces no podemos asegurar, de ninguna de las maneras, que nuestra colonización es una colonización de base cultural romana.

Se debate desde hace muchos años sobre si la España actual es más un conjunto cultural, idiomático e idiosincrásico de ascendencia romana o árabe. Dos grandes historiadores españoles fueron los abanderados de estas dos tendencias, Claudio Sánchez-Albornoz por la ascendencia romano-visigótica y Américo Castro por la ascendencia árabe-judía.

Como siempre que se conjugan posiciones extremas, y en este caso las batallas libradas sobre el papel para hacer valer las razones históricas de cada cual fueron bastante violentas, un justo medio es la combinación que más se debe ajustar a la realidad histórica.

Es mucho más conocido, está mas vulgarizado, el conocimiento de que nuestra cultura o identidad española es más una herencia romana que otra cosa, sin darnos cuenta de que a nuestro alrededor vibra un mundo de esencias arábigas que nos es mucho más cercano en el tiempo y que deviene de un encuentro de dos culturas que duró casi ochocientos años. Habría que explicar detenidamente las influencias del arabismo en nuestro idioma, en nuestra literatura, en nuestra vida diaria (oficios, profesiones, utensilios, obras civiles,...) y podríamos dedicar algún artículo a explayar estos temas para explicar, aunque sea de modo somero, lo que debemos como entidad cultural al mundo árabe.

A modo de ejemplo podemos hablar de temas tan poco conocidos como que los historiadores de esta última corriente hacen beber en fuentes arábigas las bases del ascetismo cristiano, entronizándolos con los místicos sufís. El primer poeta de nombre conocido del castellano es un tal Gonzalo, del pueblo de Berceo, muy cerca de la Cogolla, de la Calzada y de Nájera y que vive entre los siglos XII y XIII, es decir, entre doscientos y trescientos años después de haberse escrito las primeras palabras del castellano en el monasterio de Suso en la Cogolla (Montes Cogollos o Distercios). Su estilo literario fue calificado de: espontáneo, jovial, plástico, íntimo; pero es, sin embargo, el mismo de la literatura sufí. En la vida de Santo Domingo de Silos, escrita por Gonzalo, nos describe un santo con los mismos carismas de los santos sufís. Los milagros allí relatados y sus prodigios, los detalles de la vida diaria relatada son más propios de la literatura sufí que de la docta forma de la literatura francesa o de la más culta que se practicaba en Castilla en la época. Es evidente la influencia de esta literatura árabe que tiene relatos sobre los santos sufís casi iguales y casi en los mismos términos que los relatados por Gonzalo en sus obras.

Y esto sucede con nuestra gloria más española, nuestro primer poeta, de nombre conocido, en lengua castellana. Las influencias son tantas y tan profundas que es más fácil reconocer en nuestra “españolidad” rasgos arabizantes que romanizantes. Cuestión de vulgarización es el sentimiento común de lo contrario.